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Aprendizajes informales e intermediaciones

05/05/2014
http://es.wikipedia.org/wiki/Carlos_Casalla

Viejo Vizcacha. Imagen de Carlos Casalla.






“El primer cuidado del hombre
es defender el pellejo.
Llevate de mi consejo,
Fijate bien lo que hablo:
El diablo sabe por diablo
Pero más sabe por viejo”. 


José Hernández: Martín Fierro
(Canto XV, segunda parte)










Reconocer la experiencia vital de cada uno como fuente de aprendizajes es un rasgo propio de nuestra cultura más tradicional. Dan cuenta de ello expresiones ya convertidas en lugares comunes, tales como: “el diablo sabe por diablo, pero más sabe por viejo” o “aprender se aprende en la escuela de la vida”. Desde una perspectiva cotidiana –que no profesional y mucho menos académica– suele ser especialmente valorada la persona experimentada, quizás más que la persona experta. Estos aprendizajes “experienciales” o “vitales”, a diferencia de los que convierte a alguien en “experto”, se realizan de manera espontánea y por lo general no consciente. Siguiendo la clasificación de la Comisión de las Comunidades Europeas, y para diferenciarlos de aquellos que adquirimos en las instituciones educativas o en los programas de formación, podemos designarlos como aprendizajes informales[1]

En la actualidad, muchas personas desarrollamos una parte importante de nuestra vida profesional o de relación en contextos no presenciales o virtuales: de hecho, las formas digitales de comunicación en red se han convertido en escenarios privilegiados para el desarrollo de aprendizajes informales.  Me pregunto ahora, ¿qué pueden aportar estos nuevos escenarios a esta clase de aprendizajes experienciales? Entre muchas respuestas posibles pienso especialmente en el reconocimiento autoconsciente de nuestros propios conocimientos, lo que ciertamente no es poco.

Por lo general, cuando ha sido “la vida” la que me ha enseñado algo –me refiero a que no fue la escuela o cualquier otra institución educativa formalmente reconocida–, este conocimiento se ha ido acumulando en la privacidad de mis experiencias personales; tan privado o tan íntimo que ni yo mismo lo reconocía como tal. El problema no estaba tanto en la exclusión de estos saberes de cualquier ámbito de acreditación, como en el efecto que esta exclusión tenía en la valoración que de ellos yo mismo tenía. En este sentido, si bien la importancia de las acreditaciones que otorga la educación formal viene dada por la finalidad consciente de llegar a ser idóneos para ejercer determinados oficios –los títulos nos “abren puertas”–, su efecto más profundo es legitimar como supuestamente propio un saber que en realidad es de otros.

Paradójicamente, aquel saber que no me pertenece y en el cual no he intervenido en su construcción es el que reconozco como el único significativo para la construcción de mi identidad profesional. Por el contrario, todo aquello que realmente fue por mí descubierto, y que realmente constituye la base de sentido para el resto de saberes acumulados, es devaluado como saber vulgar, no científico, cotidiano, intuitivo, asistemático, improvisado o arbitrario.

Cuando ponemos en circulación por Internet –por ejemplo, en una red social o a través de un blog– un saber o una experiencia que no pertenece al orden de las acreditaciones formales, el efecto significador[2] parece darse no tanto por la capacidad de realizar aportaciones valiosas –que también–, como por la autoconciencia de un saber que se nos retorna desde ese espejo significador que es la red. Más que poner en circulación ideas geniales –que insisto, también es posible– se trata de que ese entorno de interlocución, al responderme, acredita la existencia de esas ideas como propias. El flujo comunicativo convierte la oscuridad temerosa en la que nuestros saberes experienciales se encuentran sumergidos, en exhibición pública y acreditativa de que lo que pensamos y vivimos nos pertenece, tiene valor, vale la pena compartirlo, sintiéndonos a veces partícipes de aventuras colectivas.

Ahora bien, los efectos que puede tener sobre el aprendiz el hecho de sumergirse en formas digitales y múltiples de comunicación no se agotan en el auto-reconocimiento de los saberes y las experiencias propias, también desarrollan la conciencia del carácter prescindible y con frecuencia obturador[3] de los agentes de la intermediación educativa presentes en la educación formal, es decir, los profesores y la institución educativa.

Los alumnos tienen, en suma, la posibilidad –que no la capacidad automáticamente efectiva– de recuperar su autonomía en la gestión de sus aprendizajes; lo cual, de ocurrir, acaba poniendo en evidencia la fragilidad superestructural de la posición docente. Los jóvenes pueden encontrar en la red el reconocimiento de un discurso –un saber– que la escuela en cierta forma no permite que circule o se exprese.

Dos caras de una misma moneda: por un lado la recuperación de un protagonismo discente tradicionalmente negado y, por el otro, la crisis de la mediación ficticia de los expertos, arrollada por estas mareas comunicacionales.

Ante todo esto diría, quizá de una manera un tanto esquemática,  que a los docentes nos quedan como alternativas para escoger, o bien la defensa de la posición del experto, (sostenidos por la legalidad propia de las instituciones, que en su superestructuralidad buscan sobre todo autojustificarse y sobrevivir); o bien, sin temer al cuestionamiento permanente de las posiciones cristalizadas, reconocer, tal como hacía Joseph Jacotot [4], la igualdad de las inteligencias y su efecto emancipador.




[1] Definiciones realizadas por la Comisión de las Comunidades Europeas en: “Comunicación de la Comisión”, Bruselas: 21/11/2001 (ver Anexo 2):

  • Aprendizaje formal: ofrecido normalmente por un centro de educación o formación, con carácter estructurado (según objetivos didácticos, duración o soporte) y que concluye con una certificación. El aprendizaje formal es intencional desde la perspectiva del alumno.
  • Aprendizaje informal: se obtiene en las actividades de la vida cotidiana relacionadas con el trabajo, la familia o el ocio. No está estructurado (en objetivos didácticos, duración ni soporte) y normalmente no conduce a una certificación. El aprendizaje informal puede ser intencional pero, en la mayoría de los casos, no lo es (es fortuito o aleatorio).
  • Aprendizaje no formal: no es ofrecido por un centro de educación o formación y normalmente no conduce a una certificación. No obstante, tiene carácter estructurado (en objetivos didácticos, duración o soporte). El aprendizaje no formal es intencional desde la perspectiva del alumno.

[2] Cuando digo “efecto significador” me refiero a la mediación de aquel Otro que habita en las redes sociales y participa en la construcción de nuestra identidad digital. En Internet, como en todas las redes en las que se produce intercambio de significados (ideas, sentimientos e intenciones), el sujeto, en el mismo instante que envía un mensaje, produce su contenido teniendo en cuenta la imagen/respuesta de sí mismo que suscitará  en el interlocutor. Los individuos desarrollan su identidad a través de flujos de comunicación, siendo a la vez sujetos (“Yo”) y objetos (“Mi”) de significación. Esto nos puede llevar a reflexionar sobre otra cuestión, relacionada con una cierta “ética digital”: cada vez que escribo un comentario en la entrada de un blog, o respondo a un tuit, o pulso “me gusta” en una publicación de Facebook, no solo estoy poniendo de manifiesto mi propia identidad digital sino también estoy contribuyendo en la construcción de la identidad de otros. Aquí valdría aquello de que, en parte, somos lo que los demás dicen que somos, y creemos hacer lo que los demás perciben que hacemos, lo cual nos pone en un lugar de indudable responsabilidad.

Cfr. Hargreaves, D. H. (1977). Las relaciones interpersonales en la educación. Narcea, pp 16-18

[3] Utilizo el adjetivo “obturador” en referencia al efecto de cancelación o desautorización que los agentes de intermediación suelen provocar sobre la expresión de los sujetos que pretenden controlar. Al igual que me refiero a los agentes de la intermediación educativa, podríamos hacerlo también en relación a la intermediación sanitaria –médicos, psicólogos, psiquíatras– o la intermediación social –economistas, sociólogos, políticos– En todos los casos se trata de “especialistas” que, al apropiarse de un determinado campo del saber, excluyen del mismo a quienes no cumplieron con las exigencias corporativas de las acreditaciones formales.

[4] Rancière, J. (2003) El maestro ignorante, Barcelona: Ed. Laertes

 

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14 comentarios leave one →
  1. 12/05/2014 11:20

    Quizá cuando las badges estén más desarrolladas tendrán el mismo efecto que cualquier título de la educación formal y servirán para certificar esos aprendizajes de la vida y darles un valor público (el privado ya lo tienen, por eso lo buscamos buceando en la red). No creo que esto anule a los intermediadores, simplemente los diversifica, porque seguimos dependiendo de las informaciones y reflexiones de otros, esta vez en formato digital a través de twitter o blogs, aparte de nuestra experiencia personal.

    • 24/05/2014 18:39

      Ante todo agradezco tu comentario y te pido disculpas por mi retraso en responder.

      Ciertamente el acelerado avance en la disponibilidad de recursos tecnológicos nos obliga a repensar el concepto de evaluación de manera permanente. Solo agregaría un matiz en relación al concepto de “intermediación”.

      Estoy de acuerdo contigo que siempre, y cada vez más, la intermediación es una realidad presente en todos los procesos de aprendizaje y de construcción del conocimiento. Se trata de la activación de nodos desde y hacia los cuales se construye y se pone en funcionamiento un sistema de redes que nos conecta y hace posible la emergencia de inteligencias colectivas.

      En la entrada me refería más bien a la intermediación en el sentido tradicional, referido a la legitimación del experto como sujeto imprescindible para acceder a determinados conocimientos, y que, además justifica en ello su posición de poder.

      El desarrollo de las tecnologías digitales de la comunicación, por un lado, ha puesto en crisis la imprescindibilidad de estos mediadores (médicos, profesores, políticos, etc.) -lo cual no quiere decir que no sigan teniendo una función, eso sí, ahora resignificada– y por el otro, ha producido la aparición de nuevas funciones profesionales, como la del “curador de contenidos” que justamente consiste en orientar y facilitar el acceso democratizado a la información y a la construcción del conocimiento.

  2. Jofre 3691 permalink
    24/05/2014 15:57

    Como suele suceder, es probable que la verdad esté en algún punto intermedio entre los dos extremos que se plantean aquí. La rebelión en contra de la educación formal autoritaria no es cosa nueva; ya había comenzado cuando algunos de los que hoy somos cincuentones empezábamos la primaria, y no nos fue tan mal (ya había empezado con los románticos y con Rousseau, de hecho). La “mediación ficticia de los expertos” en una contradicción en los términos: si es ficticia, no son expertos; obviamente, los expertos seguirán haciendo falta y no hay nada de malo en que existan mecanismos de acreditación para formarlos. El problema es que el experto está ligado a una disciplina y las disciplinas son parcelas de conocimiento que no sirven como punto de vista general (de ahí que podamos dejar a otros la responsabilidad de ser médicos o ingenieros). El valor del conocimiento informal destaca en aquellos aspectos de la vida que no admiten ser estructurados como disciplinas, aquellos que dependen de contextos y valores particulares que sólo el individuo involucrado puede gestionar intelectual y prácticamente. Es lo que algunos han llamado “racionalidad acotada”, la que no puede darse el lujo de acudir a la ciencia para seguir adelante con una vida concreta. Creo que las humanidades en general y la filosofía en particular siempre se han nutrido de esos saberes vitales.

    Confío plenamente en la universalidad de la inteligencia y la sensibilidad humanas, pero no soy tan ingenuo como para subestimar el poder de la estupidez y el fanatismo, que no son meros rasgos genéticos. En las redes sociales hay de todo pero no estoy nada seguro de que lo que circula por ellas sólo entrañe sabidurías sutiles pugnando por ser reconocidas. Y me parece que la labor del educador no puede dar todo por bueno: tendrá que aplicar con toda cautela y con todo respeto ciertos criterios fundados en ciertos valores (p.e. de convivencia, de libertad, de autonomía crítica, etc.)

    Un saludo y felicitaciones por el excelente blog.

    • 24/05/2014 19:38

      Muchísimas gracias Jofre por tu rica aportación.

      Es verdad lo que dices sobre que “la rebelión en contra de la educación formal autoritaria no es cosa nueva”. Yo solo me permitiría subrayar que quizás la novedad que aparece en esta nueva época se de en la posibilidad –no me refiero a su concreción automática– de la autoconciencia o el “empoderamiento” que la población en general puede llegar a tener a partir de la aparición de las nuevas formas de conectividad digital. Insisto en la idea de posibilidad, porque creo que esa misma tecnología en lugar de empoderar también puede ser utilizada para oprimir o reforzar dependencias.

      En cuanto a la expresión “mediación ficticia de los expertos” tienes razón en cuanto a que en su literalidad manifiesta hay una contradicción . Tendría que haber puesto “expertos” entre comillas, o haber aclarado que me estaba refiriendo más a la posición del experto que a su función. Esta distinción entre posición y función (que la sociología habitualmente hace utilizando las palabras estatus y rol) creo que en esta reflexión es muy pertinente. Siempre habrá y además serán necesarias aquellas personas que por sus conocimientos y experiencias sean manifiestamente expertas en alguna materia. Otra cuestión es cuando la función está al servició de una posición determinada, lo cual consagra a la función en un espacio de poder.

      Pondré un par de ejemplos. Un docente desde una perspectiva innovadora puede distribuir su función docente sin temor a que por ello su posición se vea cuestionada. La experticia del profesor emerge de la calidad de su función. En cambio el experto deviene “artificial” cuando, por ejemplo en el caso de un docente de la “vieja escuela”, obtura la expresión del alumnado y reprime su participación crítica por temor a que su posición se vea cuestionada. Otro caso sería la del médico que traslada al enfermo (que por alguna razón se le llama “paciente”) un discurso ininteligible, y que se resiste a la participación del enfermo en la determinación de su diagnóstico o de su tratamiento. El mismo enfermo “pacientemente” acepta la autoridad del médico, que por algo es médico (posición) y sabe lo que dice.

      Volviendo a lo comentado anteriormente, las posibilidades que ofrece el acceso digital en red, en cuanto a la sobreabundancia de fuentes, de información y, sobre todo, de interconexiones, no convierten al docente o al médico en prescindibles; pero el empoderamiento que dicho acceso permite obliga a redefinir su función.

      En cuanto al último párrafo de tu comentario, estoy en un todo de acuerdo con lo que dices. (Me ha gustado la ironía: “… no estoy nada seguro de que lo que circula por ellas [las redes] solo entrañe sabidurías sutiles pugnando por ser reconocidas”]

      Cuando al final de la entrada menciono el concepto de la igualdad de las inteligencias señalado por el filósofo Rancière, estoy pensando en que, con independencia de la posición que ocupemos (maestros, alumnos, médicos, pacientes) las posibilidades de comprender la realidad, en principio nos iguala a todas las personas, haciendo que las funciones puedan ser a veces intercambiables. El efecto emancipador no está en el hecho mismo de este intercambio –el cual efectivamente no siempre es posible– sino en el reconocimiento de su posibilidad (sin el temor de que ninguna posición se vea cuestionada)

      • Jofre 3691 permalink
        24/05/2014 20:34

        Gracias, Alejandro, por tu cuidada respuesta. Pienso que lo que tiende a igualarnos a todos los seres humanos frente al conocimiento es la ignorancia. En relación con su ciencia, el físico sabe más, pero en relación con la vida debe estar más o menos igual de perplejo que el resto de nosotros. Las diferencias, en ese plano de ignorancia general, son diferencias de sensibilidad, de interés, de actitud crítica o de disposición argumentativa, esto es, diferencias en el modo de adaptarse a la existencia. En ese sentido, el experto puede ser tan indiferente al “misterio” como el que sólo se ocupa del fútbol.

        La conciencia de la ignorancia nos hermana. La búsqueda del conocimiento es una empresa solidaria.

        Un saludo. Me alegra que nos leamos.

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