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Notas desde Rosario

26/03/2014

 

rosario

Vuelvo a leer unas notas escritas durante uno de mis viajes familiares a la Argentina, en el invierno austral del 2010.

Luego de regresar de Córdoba y pasar unos días en Venado Tuerto, donde nací y reside mi familia, me dirijo a Rosario, una ciudad de un tamaño similar al de Barcelona, que se extiende a la vera del río Paraná, en una amplísima cuadrícula según el modelo urbano colonial. Ciudad en la que vivía mi abuela, y que durante mi infancia y adolescencia visitaba con frecuencia.

Reparo sorprendido, quizá por primera vez, en el contraste entre un trazado urbano cartesiano y la irregularidad del curso fluvial que lo recorta. Las calles rectas y semejantes, aunque el empedrado de su pavimento y las infaltables acacias de las aceras que se juntan frondosas en las alturas, las hagan siempre diferentes. Una “ciudad narrativa” diría, cuyo paisaje, al mismo tiempo que evoca la exigencia lógica de un discurso racional, se despliega como narración dinámica, irregular, nunca completa.

Desde el monumento a la bandera, enorme construcción cubierta de mármol, de un impresionante racionalismo autoritario – ¿masculino?­–, observo el río Paraná. Nuevamente el contraste. Anchísimo curso de aguas subtropicales, navegado por diferentes embarcaciones, desde veleros hasta barcos de gran calado, recorrido por restos vegetales que se desprenden de la selva mesopotámica, aguas marrones de oleaje suave, islas verdes que no permiten ver la otra orilla.

En una cafetería de Rosario vuelvo a leer algunos fragmentos de Verdad y Método[1]. Me detengo en un párrafo en el que Gadamer se refiere a la autoconciencia en Hegel y a la conciencia histórica en Dilthey, y se me ocurre una extrapolación al ámbito de la práctica docente. El párrafo dice así:

… Ya Kant y el idealismo habían partido de ahí: todo saber sobre sí mismo, puede convertirse en objeto de un nuevo saber. Si yo sé, puedo siempre saber que sé. Este movimiento de la reflexión no tiene fin. Tal estructura significa para la autoconciencia histórica que el espíritu que busca su autoconciencia transforma constantemente, precisamente así,  su propia realidad. Al concebirse a sí mismo se hace ya diferente de lo que era. Aclarémoslo con un ejemplo: si alguien se da cuenta de la ira que le posee, esta autoconciencia es ya un cambio o incluso una superación de esa ira. Hegel describió en su Fenomenología del espíritu este movimiento de la autoconciencia hacia sí misma. Pero mientras Hegel vio en la autoconciencia filosófica el final absoluto de este movimiento, Dilthey rechaza esta pretensión metafísica como dogmática. De ese modo se abre para él el horizonte ilimitado de la comprensión histórica. Esta significa un constante incremento de la autoconciencia, constante ampliación del horizonte vital. No hay parada ni retroceso. La universalidad de Dilthey como historiador del espíritu reside justamente en esa ampliación indefinida de la vida a través de la comprensión.

He aquí la extrapolación. Los docentes de enseñanza secundaria, durante su formación inicial, han incorporado un saber específico, el saber de su especialidad; se consideran a sí mismos “especialistas”. No pueden eludir la dinámica reflexiva: además de su saber de especialistas, son conscientes de poseerlo, y construyen una autoimagen en la que esa posesión les sitúa.

Sin embargo, el movimiento de su autoconciencia por lo general se detiene aquí. La propuesta didáctica y de formación docente, a la cual me he referido más en detalle en un artículo anterior, y que he denominado como recuperación autobiográfica y narrativa, propone expandir indefinidamente el bucle de retroalimentación entre el saber y la experiencia vital ocurrida en el momento pasado de su adquisición.

Durante los procesos de formación docente el campo de la conciencia fue ocupado por un supuesto saber objetivo y ajeno. Recordamos parte de lo aprendido, pero no cómo lo hemos aprendido –la experiencia vital de su aprendizaje– Ahora se trata de pensar en las formas en que ese saber fue adquirido, se trata de pensar en cómo fue pensado. En este segundo momento, aquel supuesto saber objetivo deja de ser el mismo, ya no es el saber del especialista el que ocupa la conciencia sino la autoconciencia de su adquisición. Los contenidos de la formación se particularizan como experiencia personal, y al mismo tiempo se expanden como saber vital y narrativo.

Mientras la tarde cae detrás de las ventanas de El Cairo, y la cafetería se llena de gente, pienso en este viaje a la Argentina, con mis visitas a las ciudades de Córdoba y Rosario, escenarios de mis recuerdos infantiles y adolescentes, como un viaje de la memoria: sus notas dominantes pertenecen al orden de los recuerdos, y al esfuerzo por leer el presente desde claves descubiertas en el pasado. Al contemplar una vez más esta ciudad a través de los cristales pienso nuevamente en sus contrastes; los cuales, al ser mirados desde una óptica de enseñante, me remiten al contraste/complementariedad entre el discurso lógico y expositivo, y la potencia narrativa de aquello que se cuenta como historia propia. La cuadrícula del entramado urbano colonial atravesada y descompuesta por una vegetación y un río fluyendo desde siempre.



[1] Gadamer, H.G. (ed. 1986) Verdad y Método, Salamanca: Ed. Sígueme, T.1, p.38


Entrada actualizada el 18/6/2014

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6 comentarios leave one →
  1. Manuel Rodríguez Guerrero permalink
    27/03/2014 11:30

    Alejandro, desde un salto inverosímil de la filosofía especulativa a la práctica docente que como pocos he visto, nos invitas a hacer arqueología de nuestros conocimientos, los saberes sobre los que se asienta nuestro quehacer en las aulas. Tu propuesta no es nueva, lo nuevo es tu pericia para tejer con hilo visible relaciones invisibles e imposibles. Nos propones explorar las olvidadas experiencias vitales en las que se incardina y se nutre la imagen profesional de la que hoy nos jactamos. Un antídoto contra la autocomplacencia de docentes que creen, a la hegeliana, que su saber y su práctica han llegado a su culminación esplendorosa y su proceso auto-reflexivo cierra la perfección de sus modos. Un simple y pequeño egotour por la memoria nos revelaría que nuestras vivencias personales determinan, tanto más que los mecanismos lógico-racionales, lo que hemos aprendido, materia de la cual están formados nuestros conocimientos y acaso también, dando la razón a Shakespeare, nuestros sueños.
    Gracias, profesor.

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