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Hacer preguntas y escuchar

16/03/2014
Cordoba-argentina

La Cañada, ciudad de Córdoba, Argentina

El silencio y la ausencia mueven el pensamiento; son los actos propios de la escucha. Callar y sólo mostrar el misterio, aquello que falta completar.

Quizás algunos lectores de este blog ya habrán notado que algunas de las últimas entradas son  reescrituras de artículos anteriores. En estos momentos siento estar finalizando una etapa vital y comenzando otra, marcada por el alejamiento de la docencia directa con alumnos adolescentes. No obstante, recupero la proximidad a la vida del aula al repasar y corregir antiguos materiales y continuar en contacto con compañeros de profesión, intercambiando impresiones y experiencias.

Releo ahora unos apuntes escritos hace unos años, durante un viaje a la Argentina.

Corría el mes de agosto de 2009. Durante estos soleados días del invierno austral viajo por la provincia argentina de Córdoba en compañía de mi madre. Parte de su juventud y también de mi infancia transcurrieron entre montañas bajas y de vegetación mediterránea, que ahora me recuerdan Cataluña. Las imágenes del pasado aparecen suscitadas por testimonios buscados, otras veces por su ausencia o por la mera indicación del paso del tiempo.

Apunto la siguiente idea:

El silencio y la ausencia mueven el pensamiento; son los actos propios de la escucha. Callar y sólo mostrar el misterio, aquello que falta completar. De los recuerdos a la didáctica. A pesar de la distancia y el cambio radical de escenario vuelvo a pensar en mis clases. Ahora para volver a reflexionar sobre el papel de la escucha –del silencio y de la ausencia– en una pedagogía abierta y no obturadora del pensamiento de los alumnos.

Dejo a un lado la libreta y pienso en una charla con mi colega y amigo Emilio Urbina, mientras almorzábamos en el aeropuerto de Barcelona antes de mi partida. Me explicaba entonces lo ocurrido en una clase de “Educación para la Ciudadanía” con uno de sus grupos de la educación secundaria obligatoria. Habían debatido animadamente sobre la pena de muerte. Para asombro y estupor de Emilio, la mayoría de sus alumnos defendieron la pena capital, utilizando como argumento lisa y llanamente la “ley del Talión“.

Me cuenta cómo, mediante preguntas intentó reconducir el debate hacia la reflexión sobre la dignidad de la persona humana, el valor y el sentido de la rehabilitación, la capacidad de las personas para construir y reconstruirse a sí mismo. Siempre mediante el diálogo y formulando preguntas. El resultado fue una creciente polarización entre la mayoría defensora de la pena de muerte y la minoría crítica, la cual, de manera no manifiesta pero sí evidente, incluía al propio Emilio.

Me quedo un momento en silencio, y luego le pregunto:

–¿Entre las preguntas que hiciste a tus alumnos, había alguna que te sintieras incapaz de responder? ¿Alguna pregunta pudo haber producido en ellos la impresión de que necesitabas de su ayuda para responderla? ¿O, por el contrario, se trataba de preguntas que tenían por finalidad que reconocieran la equivocación de sus creencias?

Emilio pensativo guarda silencio. Agrego entonces:

–Estos mismos interrogantes me surgen cuando leo los diálogos de Platón (con todos mis respetos por la venerable mayéutica), o cuando veo los vídeos de los talleres del profesor Óscar Brenifier, (especialista en “filosofía práctica” y en hacer sentir incómodo a su auditorio.)

Con estos comentarios no intentaba hacer una crítica a Emilio (ni tampoco, válgame Dios, a Platón o a Brenifier), sino más bien me estaba refiriendo a mi propia experiencia en el aula. Las pocas veces que había conseguido promover algo que pudiera ser considerado una “investigación filosófica”, sin utilizar recursos “dirigistas” con apariencias participativas, me encontré al final del debate con esta pregunta: “¿Y tú profe qué piensas?” Síntoma claro de que las cosas habían ido un poco mejor, al menos en lo que se refiere al respeto por el pensamiento propio de los alumnos, y el efecto no obturador de mi propia práctica. Algunas veces he respondido diciendo lo que efectivamente pensaba, otras he sustituido la respuesta con nuevas preguntas. En realidad esto ahora poco importa. Lo interesante era que el “¿tú que piensas”? había desplazado al “¡no estoy de acuerdo!”, y la polarización había quedado disuelta –aunque no necesariamente el disenso– en un clima de búsqueda compartida.

Recuerdo ahora unas notas escritas hace un tiempo sobre las condiciones previas para que el intercambio dialógico realmente estimule en los estudiantes la expresión y la reflexión crítica de su pensamiento:

  • El convencimiento claro y honesto de que siempre hay algo que sólo los alumnos pueden decir.
  • Que ese algo no es sabido por el docente, al menos en la forma como ellos lo pueden pensar y expresar.
  • Que, además, realmente vale la pena escucharles. De alguna forma, aquello que dicen puede transformar o enriquecer lo que piense el docente.

La actitud contraria, esto es, la convicción de que los alumnos no tienen nada importante para aportar, y que lo importante sólo lo sabe y puede expresar el profesor o la profesora, únicamente genera pseudodiálogos, preguntas retóricas o evaluadoras, y el cierre expresivo del pensamiento de los jóvenes.

Regresé de Córdoba con la percepción interior, no tanto de que esta hermosa ciudad había cambiado mucho desde mi infancia, como que, después de revisitarla, lo que comenzaba a cambiar era el recuerdo de mi propio pasado. Comprobaba una vez más que al explicar(nos) experiencias ya vividas las reconstruimos y también nos modificamos. Si aceptamos que el aprendizaje es en definitiva modificación del comportamiento, podemos concluir que para aprender, muchas veces solo se necesita de alguien que haga preguntas de verdad y, además, sepa escuchar realmente las respuestas.

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3 comentarios leave one →
  1. 16/03/2014 16:43

    Reblogueó esto en Didáctica de la Filosofía.

  2. 19/03/2014 16:05

    Muy interesante este post. Me ha hecho pensar mucho. Gracias!

Trackbacks

  1. Hacer preguntas y escuchar | EDUCACION,TIC,INNO...

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