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  1. Dolors Alcántara permalink*
    22/07/2012 13:49

    [Este comentario ha sido enviado por Dolors vía correo electrónico. Por esta razón aparece publicado con el avatar y la dirección de Alejandro.]

    Hola Alejandro. Como siempre tus entradas animan mis reflexiones y en algunos casos coinciden con alguna de mis experiencias. Me encontré en una situación similar hace unos años, cuando cambié de centro de trabajo. Me topé con el conservadurismo de los alumnos de 2º de bachillerato, especialmente el de los más mayores, quejosos de no poder acostumbrarse al \”nuevo sistema\” que les imponía. No había más consenso posible con ellos que el de hacer lo que a ellos les iba bien y como ellos consideraban que les convenía. Con el apoyo de un tutor bastante demagogo y consentidor, su resistencia al cambio se tradujo en una antipatía militante que hacían presente en las clases. Pese a sus quejas y demandas de fotocopias, dossier para subrayar y estudiar de memoria y otros instrumentos que había desterrado de mi pasado docente, como los libros de texto, seguí impertérrita con mi blog de aula y mi curso en moodle, sin dictar, viendo vídeos, comentando textos, preguntándoles sobre esto o aquello. En fin, seguí haciendo lo que creía que tenía que hacer, aunque no me parecía ni entonces ni ahora nada revolucionario ni rupturista. El contexto profesoral en que los alumnos habían sufrido eso que llamas \”socialización escolar\”, me parecía antediluviano, autoritario, aburrido e incluso poco profesional por aquello de cumplir con las horas de clase y cuanto menos tiempo se dedicara en casa, mejor que mejor. Era corriente el comentario al respecto en la sala de profesores.

    No cambié. Pese a los meses de rechazo, ya entonces pensé que el problema no eran ellos, sino el entorno docente. Poco a poco algunos comprendieron que debían entender y no memorizar, expresarse con sus propias palabras y no repetir, participar y no copiar dictados. Y le encontraron atractivo hasta comenzar a sonreír, a mejorar, a obtener calificaciones que intentaban ser una medida de sus progresos. Con la mayoría de ellos aún mantengo relación mediante facebook, algunos desayunos compartidos y algunos mensajes de intercambio.

    El conservadurismo de los alumnos no era tal. La intensidad del rechazo inicial provenía de la costumbre y, más allá, de la convicción de que aprendían y sabían haciendo exámenes memorísticos en los que explicaban lo que fuera como el libro de texto, el dossier del profesor o sus apuntes dictados. Creían que si aprendían se demostraba obteniendo buenas notas en los exámenes. Ni siquiera tenían en cuenta otras actividades que, naturalmente, no tenían peso en la nota que recibían.

    Cada curso se confrontan con ello. Este pasado, un alumno que suele obtener buenas calificaciones, dijo en voz alta, como si pensara para sí: \”pero si saco buenas notas es que sé\”. Yo respondí que no necesariamente.

    El conservadurismo era y es mayoritario en el claustro y éste era y es el verdadero escollo. Me he pasado un curso y medio pidiendo que se abriera la conexión para poder utilizar facebook en mis clases. El claustro seguía igual de cerrado-callado. Una providencial avería que tuvo al centro sin red local ni wifi durante tres semanas, hizo que quedara abierta por los técnicos y que ya no se cerrara. Fue en esas semanas en las que el móvil se introdujo en el aula, a falta de otra conexión y movidos por la necesidad, que nadie hubiera cuestionado, de \”seguir\” dando clase.

    No creo, Alejandro, que debamos convencer a los miembros del claustro de los beneficios de utilizar ciertos instrumentos y metodologías alternativas a la clase magistral (que también utilizo, por cierto, sin prejuicios). Creo que la estrategia es conseguir la complicidad de los alumnos porque descubren que aprenden de una manera más vinculada a su manera habitual de aprender: siendo más activos, estableciendo relaciones, buscando maneras de exponer lo que saben, por ejemplo.

    Compartir con ellos los objetivos del aprendizaje es una buena manera de conseguir esta complicidad y también de contar con ellos sin abandonar el papel de guía que entiendo que les da seguridad mientras adquieren poco a poco autonomía.

    Si el profesor pierde, de golpe, la centralidad a la que están habituados, se sienten perdidos e inseguros. Aquí diría que interviene la necesidad de certezas que tiene cualquier adolescente, más sensible que un adulto a los cambios de su mundo externo y que suelen traducirse en repercusiones en su mundo interno.

    Reorganizar los esquemas desde los que aprenden no es tarea fácil ni sencilla y requiere paciencia y mucha convicción. Un enfoque que recupere la importancia del aprendiz en el aprendizaje no puede ponerle simplemente en el centro, sino que ha de invitarle a ocupar ese centro. No es un lugar deseado ese centro tradicional por la responsabilidad que supone. Sí por su protagonismo, pero suelen tener dificultades para ejercerlo, salvo los/las que ya lo hacen sin que nosotros hagamos la propuesta de cambio de lugar, y suele darnos problemas.

    Así que sugiero trabajar con ellos los cambios fomentando su comprensión de ellos, sumándoles a la apuesta por aprender de manera diferente, contando con sus ritmos y aprensiones, pero sin abandonar la convicción en el enfoque y en su práctica en el aula, aún cosechado el rechazo de entrada. Hay que persuadir, convencer y dar tiempo.

    Cuando descubren el pensamiento propio en compañía, la clase de filosofía se transforma en lugar de encuentro, de vivencia en la que la emoción juega un papel relevante y sostenido, en construcción de experiencia que reverbera días, semanas, meses y hasta años después.

    Hay que hacerlo por convicción, como vengo repitiendo. No comparto tu propuesta de que los centros sean comunidades de diálogo. Están demasiado atravesados por cuestiones de carácter organizativo y a menudo antipedagógico como el del las cotas de poder que se lucha por mantener. Es ideal, pero no sé si posible, ni siquiera deseable. Si tuviera que acordar mis prácticas, probablemente no las podría llevar a cabo.

    No creo que haya que confiar en los claustros prohibicionistas ni a efectos de votación. Suelen tener el fantasma de la pérdida de autoridad -entendida ésta como sinónimo de poder- en el trasfondo de sus acciones y también una curiosa idea de la dignidad profesional y de la distancia con los alumnos.

    Te animo a que sigas sin desfallecer haciendo lo que crees que tienes que hacer como crees que tienes que hacerlo. Los alumnos te lo agradecerán. Sólo es cuestión de tiempo.

    Un abrazo,

    Dolors

    • 22/07/2012 14:06

      Gracia Dolors por tu comentario. Siempre es importante poder contar con valoraciones basadas en experiencias personales y reales.

      En momentos difíciles, impuestos por una coyuntura política y personal, poco favorable a las actitudes de cambio e innovación, tus palabras me reconfortan y animan. Las subrayo:

      “Te animo a que sigas sin desfallecer haciendo lo que crees que tienes que hacer como crees que tienes que hacerlo. Los alumnos te lo agradecerán. Sólo es cuestión de tiempo.”

      Un abrazo agradecido.

      Alejandro

  2. Alberto permalink
    22/04/2013 0:58

    Hola, Alejandro.
    Muy interesante reflexión. No sé si has caído en la cuenta de que contra cada proceso de innovación o ruptura (en la escuela pero también en la ciencia o en el ambiente laboral) se opone el hecho de que los “líderes” naturales o artificiales del statu quo anterior son -sin connotaciones darwinistas- los mejor adaptados a él: quienes mejor saben “aprobar exámenes”, “memorizar parrafadas” o “responder preguntas como el profe quiere”… con lo que la resistencia natural al cambio se acentúa.
    De manera natural, habría que empezar buscando conscientemente la complicidad de dichos líderes o alumnos aventajados, en los casos en que se pudiera.

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  1. Jugar a aprender |

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