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Tecnología, innovación y sabiduría práctica

30/04/2012

Se suele afirmar que no es suficiente con la incorporación y el conocimiento de las nuevas tecnologías para que haya una auténtica innovación de las prácticas y del sistema educativo en general . Por ello, también se suele recomendar que primero se piense en lo que se quiere hacer en el aula y cómo se quiere hacer, es decir, en la metodología, y luego  se busquen en consecuencia los recursos tecnológicos más adecuados.

Estoy totalmente de acuerdo con esta manera de entender la integración de las TIC en el aula, esto es, subordinándolas a las exigencias de una renovación pedagógica profunda, y sin olvidar su condición de recurso y su carácter instrumental. Baso este reconocimiento en mi experiencia docente personal. Sin ir más lejos puedo citar un ejemplo de algo que me ocurrió el curso pasado. Tuve que trabajar con tres grupos de 4º de ESO después de haber pasado bastante tiempo sin tener alumnos de este nivel. Decidí pues, durante las vacaciones de verano, renovar todo el contexto de trabajo utilizando en exclusiva Internet. Sin haber realizado aún una valoración muy profunda,  puedo afirmar que la experiencia no fue demasiado afortunada; quedándome mucho menos satisfecho con sus resultados que cuando con anterioridad había utilizado “métodos más tradicionales”. Pienso que las limitaciones estuvieron dadas porque, a diferencia de veces pasadas, en las que mi preocupación se había centrado en la relación directa y humana con los alumnos, ahora la preocupación se desplazó al uso de las nuevas tecnologías. Estas se convirtieron en barreras que mediatizaron cuestiones que pienso nunca deben ser descuidadas, como el diálogo, los debates presenciales, la experiencia humana compartida, el clima de aula. Antes entraba en el aula y miraba a los ojos de mis alumnos; durante este curso lo primero que hacía era mirar el armario con los cables y los aparatos y procurar que todo funcionase correctamente. Antes los contenidos estaban en mi mente o en notas escritas una libreta, y por lo general acababan disolviéndose en situaciones que exigían de respuestas imprevistas. Ahora los contenidos, cuidadósamente ordenados en un pendrive o en mi flamante google-site, estaban atrapados en una secuencia de actividades con sus correspondientes criterios de evaluación, eficazmente automatizados en una plataforma Moodle.

Deseo que no se tome estas reflexiones como expresión de una postura rígida y detractora del uso de las TIC en el aula. Nada más lejos de lo que pienso sobre esta cuestión. Sin embargo, últimamente estoy llegando a la conclusión de que, en cuanto a establecer un orden de prioridades, ni tan siquiera la metodología debería ocupar la primera posición. Y comienzo a considera que, en cuanto a la formación docente, habría que subordinar los contenidos, los recursos tecnológicos y las orientaciones metodológicas a la construcción de una estructura o soporte personal de carácter moral o, dicho de otra manera, de aquello que a veces se da en llamar sabiduría práctica.

Si la época en la que nos ha tocado vivir ha puesto en crisis las pedagogías transmisivas, las mediaciones de los especialistas, la estabilidad de los saberes aparentemente consolidados, si todo esto está efectivamente ocurriendo, es legítimo que nos preguntemos por la función del sistema educativo, por el funcionamiento de la institución escolar y por el sentido de nuestra práctica docente. Si los aprendizajes más profundos y duraderos suelen darse en entornos no formales –suele ser la vida la que enseña, más que la escuela–, si el acceso a la información y, sobre todo, su actualización permanente se ofrece en Internet más que en las instituciones educativas, qué queda entonces para las escuelas o los institutos.

Puede ser que  no nos cuestionemos nada de esto y sigamos manteniendo obcecadamente la validez de las dinámicas y los entornos de aprendizajes formales de siempre; ya sea por una imposibilidad personal –para hacerlos necesitaríamos “recablear” marcos de referencia largamente consolidados a lo largo de nuestra carrera docente–, o bien por el vértigo y la resistencia que produce embarcarnos en aventuras que exigirán esfuerzos, sin duda poco recompensados por un entorno laboral no muy estimulante. Si esto es así, finalmente no nos quedará más salida que responsabilizar de todo aquello que no funciona a las familias, a las etapas educativas anteriores, o a estas nuevas generaciones que de manera inexplicable no son capaces de asumir una cultura del trabajo y el esfuerzo como la que tenían sus padres, o quizás mejor, sus abuelos.

Por el contrario, supongamos que reconocemos la situación de crisis del sistema y del carácter fallido de las instituciones educativas; la pregunta clave seguirá siendo: ¿qué queda para la escuela, el instituto, y para nuestra práctica como maestros o profesores de secundaria? Desde el sistema se intenta dar una respuesta que en muchos casos no traspasa el nivel formal de los discursos: hay que priorizar la dimensión competencial en los currículos. Con diferentes grados de concreción, se intenta dar a la escuela una función “meta-educativa”. Quizás sea el momento de reconocer de manera explícita que en el ámbito escolar existe también y de manera omnipresente una dimensión moral o “meta-formativa”. Su reconocimiento consistiría no tanto en transmitir valores como en vivir experiencias éticas, y reflexionar sobre el aspecto ético de las experiencias vividas.

La eficacia competencial parece no ser suficiente. La creatividad, la autonomía, o las actitudes empáticas no pueden ser reducidas a la condición de competencias instrumentales, como lo puede ser la expresión lingüística, el cálculo o la capacidad para buscar y seleccionar la información, a riesgo de distorsionar o degradar el concepto de sabiduría práctica a un mero saber técnico. La sabiduría práctica no es algo que se pueda diseccionar en objetivos o actividades. Se trata de una dimensión de los aprendizajes que se da únicamente en las experiencias personales, vividas y compartidas con otras personas.

En relación a nuestra práctica la pregunta no sería tanto por lo que deberíamos hacer como maestros o profesores, sino más bien por los procesos de formación y transformación que deberían darse en nosotros para que estemos en condiciones de responder a esta pregunta; lo cual incluye la necesidad de desarrollar un especial “carácter docente”. Esta sería la dimensión moral de dicha formación. Y, a diferencia del resto de las competencias profesionales que se pueden adquirir, este aspecto no tiene un cariz meramente instrumental: no se aprende o se procura ganar en sabiduría práctica para ser eficaz en otra cosa, como lo podría ser el conocimiento de recursos didácticos, tecnológicos o psicopedagógicas. Todos estos aspectos sirven para ser más eficaces en la enseñanza de tal o cual materia. La sabiduría práctica además de aprenderse reflexivamente sobre la propia acción, se enseña sin ser enseñada, tan sólo mostrada. Como lo hace el artesano con sus aprendices cuando se concentra en la forma de su acción y les hace partícipe de ella. Los aprendices aprenden compartiendo una experiencia, viviendo juntos formas de actuar diferentes, contrastándolas, discutiéndolas, admirándolas, imitándolas. El “carácter docente”, como el “clima de aula” o la “cultura de centro”, pertenece a esos intangibles que por su mero despliegue tienen un efecto formativo fundamental. Además de convertirse en una condición de posibilidad frecuente para que los demás aprendizajes se produzcan.

Con esta entrada abro un campo de reflexión, que aún o había abordado en este blog, sobre la dimensión ética de aquellos aspectos intangibles del mundo educativo, tales como “el carácter docente”, o el “clima de aula”, o la “cultura de centro”. Lo hago sin poder ofrecer vías concretas ni recetas prácticas. Se trata tan sólo de una preocupación por el sentido de nuestra práctica docente y de la función de los espacios formales de aprendizaje, la cual se ve interpelada por una época de cambios profundos y novedosos, pero que en definitiva responde a aquello que desde siempre se ha propuesto como prioridad: la búsqueda de la excelencia educativa.

Dejo a continuación un vídeo de una conferencia TED pronunciada por Barry Schwartz, que posiblemente muchos de vosotros ya habéis visto (podéis activar subtítulos en castellano); también un página reciente de Francisco Pérez Latre sobre “La tercera revolución digital”; y finalmente, un decálogo para un “educador 2.0” publicado también hace un tiempo por Antonio Delgado en su blog Edumorfosis. Estos tres materiales, de una forma u otra, están relacionados con las cuestiones propuestas, y espero que puedan inspirar más ideas para compartir.



La tercera revolución digital (por Francisco Pérez Latre)


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4 comentarios leave one →
  1. 01/05/2012 11:54

    Gran entrada, Alejandro.

    Yo no sé tanta filosofía, pero creo que tu dimensión ética es para mí un componente básico de la relación pedagógica entre el profesor y los estudiantes. La relación pedagógica tiene siempre una cualidad personal: el profesor no sólo pasa un corpus de conocimiento a los alumnos, sino que también personifica lo que enseña. Quizás eso también sea otra forma de ver la sabiduría práctica.

    Sobre la tecnología versus la metodología me parece un debate caduco y mal planteado. Lo importante es el aprendizaje y la tecnología no es más que parte del biotopo.
    No insisto más, creo que estamos básicamente de acuerdo. Así que agradezco mucho las reflexiones que, como las tuyas, van más allá.

    Un abrazo!

    Boris

  2. Ivan Ricardo Garavito Santamaria permalink
    25/05/2012 19:21

    Gracias por sus artículos, despiertan gratamente preguntas y respuestas…

    Ante la lectura, no me queda clara la definición que tiene de moral y ética. Seria interesante conocer la diferencia que manejas sobre estos dos conceptos…

    Gracias

    • 25/05/2012 20:29

      En esta entrada el significado de los términos “moral” y “ética” es prácticamente el mismo. Sigo un hábito extendido al utilizar ambos conceptos como sinónimos. Aunque soy consciente de que en un sentido estricto esto no es así. Una diferencia bastante aceptada suele considerar a la moral como el conjunto de valores y hábitos de comportamiento propios de una cultura determinada, y a la ética como la reflexión teórica sobre la moral. Se suele identificar también a la ética como la teoría moral. En fin, que somo suele suceder, estos matices suelen estar determinados por los contextos de uso del lenguaje.

      • Ivan Ricardo Garavito Santamaria permalink
        25/05/2012 21:52

        Les comparto una diferencia de estos conceptos que es bastante útil para la educación:

        Aunque moral y ética provienen por etimología del latín y el griego respectivamente de la misma palabra “costumbre”, se pueden diferenciar de la siguiente manera:

        MORAL
        Es el conjunto de principios, costumbres, valores y normas de conducta, adquiridos y asimilados del medio (hogar, escuela, iglesia, comunidad). Su asimilación y práctica no depende de una actitud plenamente consciente o racional, sino principalmente, de un sentimiento de respeto a la autoridad moral de la que provienen.

        ETICA
        Es el conjunto de principios, valores, costumbres y normas de conducta, adquiridos, asimilados y practicados de un modo estrictamente racional o consciente. Corresponde al ejercicio libre y consciente de la razón para justificar nuestros actos desde el punto de vista del bien y del mal.
        Visto de esta manera, podemos decir que la moral es particular y subjetiva, mientras que la ética es universal y objetiva, porque se basa en principios racionales, que trascienden los hábitos y las costumbres particulares. Por ello, si bien pueden existir diversas “morales” o costumbres morales (la moral de los costarricenses, de los chinos, etc.), sólo hay una ética, de la misma manera que una sola es la humanidad y una sola la razón humana. Desde luego, de esta ética general, conformada por principios racionales de validez universal, pueden derivarse normas especificas de conducta y conformarse así “éticas especiales”; por ejemplo: la ética profesional, la ética médica, la ética social”. [1]
        By Sakura Haruka

        En este sentido la moral es IMPUESTA y la ética DESCUBIERTA.

        Un maestro para sus alumnos es como la moral para las personas: Ambos (maestros y moral) son necesarios para que nos demos cuenta que no los necesitamos. Es decir que el fin de la labor del maestro es hacer a sus alumnos maestros de si mismos y el fin de la labor de la moral se daría cuando la persona logra desarrollar la ética y en ese momento no son las normas las que lo rigen, sino que es él mismo quien dirige sus acciones.

        gracias por tener en cuenta el comentario.

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