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Entre la libertad y la justicia, la solidaridad (3)

16/04/2012

Construir un mapa conceptual en clase suele ser un buen recurso didáctico para promover y profundizar significados y relaciones entre conceptos. Lo hacemos en dos etapas: primero definimos, de manera sintética y precisa, una serie de conceptos, y después intentamos crear una representación gráfica de todas las relaciones posibles. Se trata de escribir poco: el elementos fundamental, igual que en las cartografías, no es la palabra sino las imágenes. Es mediante ellas que debemos establecer relaciones, y también jerarquías o valores; usando flechas, cuadros, colores, y disponiendo también del espacio en blanco como un elemento significativo más.

La producción y el conocimiento de conceptos es la base del pensamiento racional; y esto es así porque no hay racionalidad posible –aunque no sea ésta una condición en exclusiva– si no podemos separarnos (abstraernos) de las particularidades inmediatas y sensoriales. De hecho vivimos inevitablemente sumergidos en un mundo de símbolos, de representaciones mentales constituidas por contenidos esenciales y comunes a una clase de objetos particulares. Pero, por otra parte, los conceptos también uniformizan y congelan una realidad que, por estar viva y en continuo cambio, difícilmente se deja apresar del todo por moldes simplificadores y abstractos. Precisamente por esto la realización de un mapa conceptual se despliega en dos momentos opuestos: definir conceptos para poder comprender, es decir, controlar el mundo; y luego, jugar a relacionarlos invirtiendo los órdenes y las jerarquías, a relativizar, percibir matices y descubrir la necesaria coexistencia de puntos de vista diferentes.

No hace mucho propuse dos conceptos fundamentales: justicia y libertad; y una serie desordenada de conceptos tales como sociedad, ética, individuo, izquierda, capitalismo, socialismo, política, derecha. Y con todo ello la consigna de realizar un mapa conceptual ordenando la serie de conceptos en torno a los dos fundamentales de justicia y libertad. Los resultados fueron diversos, pero la tónica dominante y previsible fue la siguiente: en torno a la justicia se ordenaban los conceptos de sociedad, izquierda y socialismo, y en torno a la libertad el individuo, el capitalismo y la derecha. Había llegado el momento de iniciar la parte más importante del mapa conceptual que era ofrecer hipótesis de cambios, discutir por qué proponíamos este ordenamiento y no otro, analizar las diferentes implicaciones.

Propuse hacer un breve paréntesis para recoger información de un filósofo de la antigua Grecia, la cual nos podía ser de utilidad para profundizar sobre todas estas cuestiones. Lo hicimos mediante la lectura en corro de un texto sobre Platón, y los diálogos que mantuvo con sus discípulos a propósito de la idea de Justicia y las características que debía tener el gobierno de una ciudad justa. El texto comentaba la analogía platónica entre el alma y el Estado: si conseguimos establecer la naturaleza de una alma justa, por extensión, podremos establecer la naturaleza de un Estado justo. El alma humana esta compuesta de tres partes: una racional, otra irascible y una tercera concupiscible. Lo propio de la primera es la búsqueda del conocimiento verdadero y el control de las otras dos; de la segunda es ser impulsiva y valiente, es tener coraje y también enfadarse; lo propio de la tercera es la satisfacción de las necesidades físicas y los apetitos sensuales. De la misma forma, el Estado ideal debería estar integrado por tres clases sociales: los filósofos gobernantes, que precisamente por estar en posesión del conocimiento verdadero son los más aptos para gobernar la ciudad; los guardianes, dotados del coraje y la preparación adecuada para defenderla; y los trabajadores, siempre dispuestos a proveer de los productos y servicios necesarios para su buen funcionamiento. El concepto de justicia, tanto en el individuo como en la sociedad estaba relacionado con la idea de orden (lo que los antiguos griegos llamaban cosmos –“κόσμος”–, en oposición al desorden o caos –“Χάος”–). Un individuo justo será aquel cuyas partes del alma están jerárquicamente armonizadas: su conducta está regida por la razón, y ésta controla sus emociones y apetitos sensuales. Un Estado justo es aquel que está gobernado por quienes saben, es decir por los filósofos, y las demás clases sociales cumplen con sus funciones respectivas, aceptando, sin rebelarse, el orden establecido.

La idea de justicia que se desprendía del pensamiento de Platón produjo en los alumnos un rechazo generalizado, sobre todo por aquello de tener que aceptar el gobierno de los supuestamente más sabios. Sin embargo no podíamos descartarla así como así. De hecho tenía bastante que ver con la idea cotidiana que tenemos de la justicia, entendida como aquella virtud que nos lleva a dar a cada uno lo que le corresponde. El problema surge cuando nos preguntamos qué es lo que a cada uno le corresponde, y sobretodo quién ha de decidirlo. En este sentido, no es lo mismo hablar de justicia divina, de la justicia del destino, de la justicia en un Estado de derecho, de la justa Naturaleza, o de la justicia social reivindicada en algún programa político. De todas formas, la justicia a secas, tomada como elemento principal en un determinado ordenamiento social, nos llevaba a pensar en las ideas de distribución, orden, e incluso jerarquía y autoridad: la justicia generalmente no se discute ni se elige, se imparte.

Por otra parte estaba el concepto de libertad. Era un tema sobre el que ya habíamos indagado en clases anteriores En la mayoría de los mapas conceptuales se la había vinculado más al individuo que a la sociedad. La libertad del individuo estaba en relación directa a su capacidad para autogestionar su vida, y en relación inversa a la coacción que pudiera recibir de agentes exteriores a sí mismo. Ahora bien, pensar un modelo de sociedad o de Estado, de la forma que lo hicimos respecto del platonismo y su concepción de la justicia, teniendo en cuenta ahora como elementos principal y exclusivo no a la justicia sino a la libertad, nos llevaba a una especie de perspectiva “darwineana”, en la que la teórica libertad de todos acababa convirtiéndose en la libertad práctica de los más hábiles o los más fuertes.

El panorama no podía ser más desolador. Las alternativas eran optar por el bando de la justicia y terminar aceptando sistemas aristocráticos o autoritarios, en los que la preeminencia de lo social termina ahogando la diversidad y riqueza de las diferencias individuales; o bien escoger el bando de la libertad y defender los derechos individuales a costa de legitimar las diferencias más injustas o las actitudes más insolidarias.

La pista vino dada por este último adjetivo: “insolidario”, o por el sustantivo contrario: la solidaridad. Pero antes de profundizar en este nuevo concepto intentamos realizar un pequeño cambio en el mapa conceptual y analizar sus consecuencias: quitamos la libertad del lado del individuo y lo pusimos del lado de la sociedad; y, por otra parte, lo contrario para la justicia: la separamos de la sociedad y la vinculamos con el individuo. Además borramos, por un momento, los otros conceptos (derecha, izquierda, capitalismo, socialismo): éstos habían sido útiles en un comienzo para situar la reflexión en el plano de los modelos sociales o políticos, pero ahora, debido a su esquematismo ayudaban poco a continuar avanzando.

En realidad no se trataba más que de un juego que consistía en modificar la posición de los conceptos y observar atentamente la impresión que nos producía el nuevo orden. Así pasamos de “sociedad justa” a “sociedad libre”, y de “individuos libres” a “individuos justos”. Esto no significaba renunciar a la dimensión social de la justicia, ni al componente individual de la libertad; tan solo estábamos priorizando la dimensión social de la libertad, y con ello el compromiso con la búsqueda de formas institucionales y de relaciones humanas no coactivas, tolerantes y creativas. Y por otra parte, resaltar el aspecto individual de la justicia, y con ello la importancia de los valores éticos para la convivencia social. Parecía un juego de palabras. Sin embargo las resonancias, diría casi emocionales, de expresiones tales como “una sociedad justa formada por hombres libres”, o bien, “una sociedad libre formada por hombres justos”, resultaban notables en su diferencia. No estábamos cuestionando una posición como falsa o incorrecta, ni sustituyéndola por otra verdadera; más bien, como decíamos en un comienzo, jugábamos con aquellos matices que producen diferentes combinaciones de palabras. (Señalé al pasar que existió un filósofo del siglo pasado llamado Wittgestein que había hablado de “juegos del lenguaje”).

El cambio de perspectiva nos había alejado de los modelos y nos había acercado a los valores, relativizaba la dimensión política y fortalecía la moral. Y entre estos valores destacaba el de la solidaridad, que además de disolver la dualidad justicia-libertad, planteada como par de opuestos, nos ofrecía una serie de connotaciones interesantes. La solidaridad, por definición, es aquel valor presente en las conductas de asistencia, colaboración o ayuda que se dan fundamentalmente entre iguales. Por tanto es un valor que está reñido con las jerarquías, el mando o el autoritarismo. La solidaridad exige canales de participación activa, mediante los cuales las personas pueden expresarse en toda su individualidad. La solidaridad es un valor o una virtud (en el sentido del areté –αρετή– de los antiguos griegos, del saber hacer en el difícil oficio de ser humano); por lo tanto no es un proyecto, ni una meta, ni mucho menos una utopía, es una cualidad realizable en la práctica cotidiana.

Podíamos discutir los aspectos positivos y negativos del capitalismo o del socialismo, priorizar la libertad o la justicia, sentirnos de derechas o de izquierdas, que, más allá de todas las naturales diferencias, encontrábamos un espacio de intersección o de confluencia; aquel espacio donde, por sobre todas las cosas, se defiende el derecho a la igualdad de los humanos y el respeto radical de sus diferencias.

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2 comentarios leave one →
  1. Ivan Ricardo Garavito Santamaria permalink
    25/05/2012 19:00

    La libertad solo es posible en el contexto de reconocimiento social. Al hacernos conscientes de la necesidad que tenemos de los demás, podemos actuar con absoluta libertad, pues el querer propio tendrá en cuenta al otro, que en la medida que sea reconocido por mi, no se verá afectado. Pues para el que reconoce afectar al otro, es afectarse a si mismo.

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