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¿Será la libertad sólo una ficción? (2)

10/04/2012

Después de dos trimestres investigando sobre temas tales como la percepción, la inteligencia simbólica, las bases lógicas del conocimiento o el método científico, al introducirnos en las cuestiones propias de la filosofía práctica compruebo que el problema de la libertad es, con mucho, el tema que más interés genera en los alumnos.

En la última clase habían quedado pendientes una serie de interrogantes. Una alumna formuló la siguiente cuestión: “Si entiendo la libertad como la capacidad de elegir, es decir, de decidir entre varias opciones, sólo podría estar segura de que mi acción es libre si ante la pregunta por la posibilidad de poder haber hecho algo diferente a lo que efectivamente hice, la respuesta fuese indudablemente afirmativa”. Asombrado por su perspicacia guarde unos instantes de silencio. Señalé luego que la cuestión, en principio, parecía no tener solución: si hice lo que hice, ahora es imposible retornar al pasado y comprobar que podría haber hecho algo diferente de lo que hice.

No nos llevó mucho tiempo darnos cuenta de que la clave del problema estaba en la palabra “comprobar”: la libertad no podía ser justificada desde un punto de vista estrictamente empírico! Ahora bien, si esto era así, si no podíamos estar seguro de la existencia real de la libertad, quizá era legítimo sospechar que todas nuestras acciones estaban determinadas por causas anteriores e independientes de nosotros mismos. Esta sospecha tendía naturalmente a confirmarse: la realidad, tal como supuestamente es, la que nos muestra el conocimiento científico, está compuesta por objetos y hechos, los cuales cada uno tiene una o más causas, es decir, cada acontecimiento no es arbitrario ni ocurre por voluntad de los dioses, ni es explicado mediante cuentos, mitos o leyendas. ¿Qué razón de peso nos podía llevar a pensar que nuestras acciones, por muy humanas que fuesen, escapaban a la determinación de causas, regularidades o leyes, tan normales de aceptar en la Naturaleza?

Desde un punto de vista empírico la libertad aparecía como una ficción. Cuando cae una piedra, y ante la imposibilidad de prever el lugar exacto donde caerá, simplemente por que no podamos establecer la enorme cantidad de factores que determinaron su recorrido, no decimos que la piedra decidió caer en ese lugar y no en otro. De la misma forma, cuando un sujeto humano actúa, por el hecho de no poder establecer todas las determinaciones de su comportamiento, no estamos autorizados a afirmar el carácter libre de su acción. En este sentido, la libertad no sería más que una ilusión fruto del desconocimiento de esos múltiples factores, los cuales, de ser conocidos, podrían explicar dicha acción tanto como se explica cualquier acontecimiento de la Naturaleza.

Llegados a este punto consideré conveniente precisar algunos términos. Los alumnos escucharon pacientemente mis definiciones. Determinismo y libertad parecían, en principio, conceptos opuestos. El determinismo, por un lado, es aquella visión del mundo que afirma que todo hecho tiene una causa. La condición de la libertad es, por otra parte, la existencia de un “agente libre”, una causa que no es efecto de ninguna otra causa, es decir, una causa incausada. Ahora bien, lo opuesto al determinismo, en sentido estricto, no sería la libertad sino el indeterminismo, es decir, sostener que los hechos ocurren sin mediar causa alguna. En este sentido, sería tan contrario a la libertad el determinismo como el indeterminismo, puesto que aceptar esta segunda posición implicaría negar al sujeto humano el ser causa de sus propias acciones, esto es, su condición de agente libre. Las consecuencias serían gravísimas: no podríamos esperar nada de nadie, ni mucho menos confiar en promesas, ni educar, ni desear que alguien cambie; al no ser causas reales de nuestros actos, éstos se tornarían imprevisibles, incluso para nosotros mismos.

De las intervenciones y preguntas posteriores pude reconocer el ranking de simpatías entre los jóvenes alumnos: el indeterminismo y la libertad se llevaban la peor parte; el indeterminismo por aburrido –no nos explica nada–, la libertad por imposible. El determinismo resultaba ganador. Una nueva manifestación, pensé entonces, de la mentalidad positivista o realista de los jóvenes de esta época: el mundo no es el producto de los seres humanos y de sus desvelos transformadores –esta posición sería más propia del idealismo de mi generación, la de los 60 y 70–sino, por el contrario, los seres humanos estamos sujetos a las normas y leyes del mundo, ya sean de la Naturaleza o de la sociedad, las cuales recortan indistintamente cualquier posibilidad de libertad.

Se plantearon entonces los siguientes interrogantes:

¿Si todo lo que hacemos ya está determinado, es necesario que hagamos algún esfuerzo por conseguir algo; puesto que, por ejemplo, si está escrito que suspenderé o aprobaré un examen, esto ocurrirá tanto si estudio como si no?
¿Para qué practicar sexo seguro, o conducir de manera prudente y nunca bajo los efectos del alcohol, si a lo que a la salud de mi cuerpo se refiere, todo ya está escrito o determinado por una serie infinita de causas ajenas a mi voluntad? (Aquello de “lo que tiene que pasar finalmente pasará”)
¿Se me puede considerar responsable o culpable de cometer un asesinato o cualuier otro tipo de tropelía, si en definitiva todo lo que yo haga será la consecuencia de una infinidad de determinantes ajenos a mi mismo?
¿Tiene sentido hacer planes para el futuro, o buscar metas que orienten mi vida, si al fin y al cabo el “hacia donde” en realidad no existe o está determinado por causas anteriores al momento presente?

En resumidas cuentas, si lo que buscábamos era un fundamento empírico de la libertad, nuestro intento estaba condenado al fracaso. Pero si por ello negábamos su existencia estábamos borrando de un plumazo cuestiones fundamentales para nuestra vida como la responsabilidad moral, la confianza en el progreso personal, o la posibilidad de encontrar un sentido para nuestras vidas.

Propuse entonces una posible pista para resolver este dilema: reconocer que podía no haber una única manera de posicionarnos frente a nuestra realidad y la del mundo. Por ejemplo, podíamos referirnos, de una manera metafórica o imaginaria, a la existencia de dos “órdenes”: uno compuesto por objetos, capturables por nuestras percepciones y por nuestra razón, explicables por relaciones causales, cuya existencia real se da en el espacio y en el tiempo, es decir, el reino de la necesidad; y otro que se nos da no en la constitución de objetos sino en la regulación de acciones; aquel reino del sentido que tensiona nuestra voluntad y nos predispone para la acción.

Cuando tenemos un proyecto o un ideal en nuestra mente, su mera representación mental, las ideas que se mueven por nuestro cerebro, –entidades presentes y de alguna forma objetivas– , no bastan para movernos a actuar. Es como si fuera necesario que estas finalidades las situásemos en un horizonte fuera del espacio y del tiempo, y desde allí tirasen de nosotros, haciéndonos mover, ya no como causas eficientes que nos empujan y determinan desde el pasado, sino como causas teleológicas (finales) que nos invitan a valorar y decidir hacia el futuro.

El reconocimiento de estos dos “reinos” como dos órdenes separados, –el reino de la necesidad, de las leyes naturales, de los objetos de conocimiento científico por un lado, y el reino de los fines, fundamento de la libertad, la responsabilidad moral y el sentido de las acciones humanas en general por el otro– , nos llevó a reformular la idea de libertad en relación a la vida en sociedad, y respecto de la sujeción a normas y convenciones sociales.

Aquí propuse detener el debate para comentar una peculiar interpretación del mito bíblico narrado en el Génesis, en parte inspirada en la lectura de Erich Fromm (1). Adán y Eva formaban parte del paisaje del Edén, como los demás animales y las plantas. Su expulsión significó la separación de los humanos del resto de la naturaleza: un precio a pagar por la rebeldía al sometimiento de sus leyes. Ciertamente que la causa de la divina expulsión fue la transgresión, pero no cualquier transgresión: el ser humano se rebeló contra la implacable necesidad del mundo natural mediante el conocimiento y su esfuerzo transformador; y, al mismo tiempo, devino sujeto humano, es decir individuo sujetado a las leyes de la sociedad, la cultura y el lenguaje. La conquista del reino de los fines, de la libertad, ciertamente significó un acto primigenio de rebeldía: dejamos de existir como seres vivos entre otros seres vivos, para pasar a ser individuos que transforman el mundo y se transforman a sí mismos, que se esfuerzan y se superan, que se aman o deciden destruirse. Pero todo esto de manera colectiva, en el intercambio y la organización social, construyendo un mundo de pactos y normas convencionales.

El desarrollo de la clase nuevamente nos llevaba al tema inicial, la relación entre libertad y sociedad. Ahora desde una nueva perspectiva: la vida en sociedad lejos de ser aquello que se ponía en el lado opuesto de la libertad, era consustancial a ella. Aquello que habíamos llamado reino de los fines encontraba su realización en la convencionalidad de las normas. Ciertamente que la norma significaba una límite para nuestra libertad, pero era precisamente en su carácter convencional –artificial, contingente, discutible y modificable– donde la libertad encontraba su espacio propio.

Esto nos condujo a las siguientes conclusiones: no todo acto de rebeldía o de transgresión social, por el hecho de serlo, se convierte necesariamente en un acto de libertad. En segundo lugar, la pérdida de la libertad suele darse cuando a alguien se le ocurre que determinadas normas sociales no son el producto de un acuerdo o convención, sino que forman parte de una supuesta realidad natural, o de un corpus ideológico iluminador, o son la emanación de una voluntad divina. Esta es, con frecuencia, la base para la imposición de los pensamientos dogmáticos y las doctrinas autoritarias.

Somos libres gracias a la sociedad, pero también dejamos de serlo por su culpa. Sus normas son imprescindibles para la convivencia humana, pero también nos invitan continuamente a que las modifiquemos, o nos provocan que nos rebelemos. Ellas no son los auténticos enemigos de la libertad sino quienes las pretenden eternas e inmutables.

No se muy bien cuánto de todo esto flotaba en el pensamiento de los participantes de la clase. De todas formas estaba claro que era necesario detenernos en este puerto para repostar, y otro día continuar el viaje. Los minutos restantes fueron dedicados a la risa y el desorden: un poco de libertad antes del próximo timbre.

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2 comentarios leave one →
  1. 10/04/2012 18:32

    Gracias, Alejandro! Mi pequeña aportación al debate: “Hacer que la gente sea libre es la finalidad del arte, por lo tanto, para mí, el arte es la ciencia de la libertad”. Joseph Beuys via @andreagiraldez

  2. Ivan Ricardo Garavito Santamaria permalink
    10/05/2012 17:28

    Como bien lo anotas en el artículo, el problema del determinismo y el indeterminismo es un dilema sin solución por medio de la demostración. Resalto el argumento compatibilista de los dos “ordenes”. Y comparto con vos la posibilidad de entender el mundo de maneras diferentes a las que plantea el conocimiento científico.

    Para hacer un aporte me gustaría plantear que la libertad es incompatible desde la perspectiva individualista. Un individuo cerrado a su propia existencia no puede saber si es libre o no, pues siempre estará en el dilema de optar por lo que le dicta su capricho o voluntad o lo que dictan las disposiciones externas.
    En este punto vale la pena hacer una diferencia importante entre la MORAL y la ÉTICA.

    Los planteamientos morales son acuerdos o imposiciones externas a las personas, las leyes las normas y los dogmas religiosos. Se puede hablar de moral cristiana por citar un ejemplo, pero no se puede hablar correctamente de ética cristiana, porque estamos hablando de preceptos morales impuestos a la persona.

    Por su parte la ética es un proceso de desarrollo interno en la persona, que tiene que ver con la apropiación e identificación interior de principios universales. Solo es posible el desarrollo de la ética en un estado de reconocimiento social. Por esto se habla por ejemplo, de ética médica, pues el estudio y el proceso que los médicos tienen que realizar con el cuerpo humano y con la vida los va comprometiendo internamente con su labor. Así mismo su juramento hipocrático es mas una consecuencia de su experiencia, estudio y conocimiento que una obligación o una imposición externa.

    En el proceso de desarrollo humano la moral es necesaria para entender el sentido de los acuerdos y las normas. Pero la persona debe dejarla a un lado cuando se desarrolla la ética. Tal vez suene un poco temerario, pero podemos hacer un paralelo con la labor del maestro:

    Los maestros son indispensables no para tenernos como eternos alumnos, sino para que en algún momento podamos convertirnos en maestros de nosotros mismos.

    Aqui podemos revisar críticamente el concepto de autonomía. La autonomía, la tratan de identificar con la libertad. Los planteamientos Kantianos de la mayoría de edad, la asumen como el culmen del proceso de desarrollo moral. Y asi es, es el punto más alto para el desarrollo moral pero no lo es para la ética. En un mundo individualista, el discurso funciona, pero la libertad queda en el limbo… no es completa.

    El individuo sólo existe en la abstracción. No podemos pensar en un hombre solo en el mundo, no podemos estudiar al hombre diferenciandolo o aislandolo de su relacion y necesidad con los otros hombres. No podemos considerar un ser humano sin su relación y necesidad social. ” la autoconciencia es en sí y para si, en cuanto que y porque es en si y para si para otra autoconciencia, es decir, sólo es en cuanto se le reconoce” (fenomenología del espíritu, Hegel) Por tanto la libertad solo puede ser posible para el hombre que se convierte en un “niño de verdad”. Para un hombre que interioriza por medio de la ética los fundamentos de la organización social y que rige y determina sus acciones. Una especie de “auto gobierno” más que un “auto desplazamiento”.

    LIBERTAD ES A AUTONOMÍA COMO RECONOCIMIENTO ES A TOLERANCIA.

    No son equivalentes. Al segundo término le hace falta el conocimiento del otro, el reconocimiento de la alteridad, y la conciencia de que somos alteridad para los otros.
    Los segundos términos son compatibles con el discurso individualista, Los primeros términos son términos que fundamentan la cohesión social y la realización humana, en su sociedad.

    La libertad si es una ficción desde el individualismo, pero se convierte en realidad al reconocer la necesidad que tenemos del otro y al desarrollarnos eticamente.

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