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¿Qué pensáis sobre la libertad? (1)

02/04/2012



Durante el primer curso de filosofía en bachillerato pregunté a mis alumnos sobre lo que pensaban acerca de la libertad. Antes de comenzar el ejercicio les aclaré que no se trataba de una pregunta “académica”, sino más bien de opinión personal: valoraría en su corrección sobretodo la coherencia y el rigor de las argumentaciones, más que la adecuación con los contenidos de los materiales.

Cuando acabé la lectura de las redacciones observé con sorpresa que, aunque con matices individuales, la mayoría de las opiniones giraban en torno a una misma cuestión: la confrontación entre la idea de libertad y la vida en sociedad. Los límites a la libertad humana estaban puestos principalmente por el hecho de vivir en sociedad, y si no podemos ser más libres es porque las normas y obligaciones que nos impone la convivencia con otros seres humanos nos lo impide.

No siempre es fácil reconocer en clase aquellas manifestaciones que son expresión clara de la visión que tienen los jóvenes del mundo, de la vida o de la relación con los demás; aquello que en otras oportunidades di en llamar “esquemas de referencias”. Ahora me encontraba frente a una de estas expresiones, y sentí que debía aprovechar la oportunidad para profundizar en ella. Fue así como a la clase siguiente orienté la búsqueda hacia los presupuestos que sostenían tal punto de vista. Encontramos dos: en primer lugar una concepción que entiende a la libertad como la posibilidad de hacer lo que uno quiere, y en segundo lugar la idea de que para ser libres tendríamos que recuperar un supuesto estado de naturaleza.

Aceptado el primer supuesto –ser libre es poder hacer lo que uno quiere–, enseguida reparamos que el verbo “querer” podía tener  dos significados: como sinónimo de tener ganas (indicación del deseo), o como expresión de nuestras intenciones (indicación de la voluntad). Yo puedo afirmar que quiero comer un helado y al mismo tiempo decir que no quiero, sin que por ello esté cayendo en una contradicción lógica: sencillamente puedo estar diciendo, por ejemplo, que me apetece comer un helado pero que no quiero hacerlo para mantener la línea. El “querer y no querer” no sería más que el habitual conflicto entre el deseo o los impulsos –aquella “energía” con frecuencia de raíces inconscientes–, y la voluntad consciente y racional que al menos parece ser la instancia que decide. Conflicto por otra parte indispensable para que la intención, cual arco dispuesto a disparar, se convierta finalmente en acción humana.

Los alumnos tomaban del querer el primero de sus dos significados: ser libre sería hacer lo que uno tiene ganas de hacer. En este sentido la vida en familia, las obligaciones escolares, las dificultades para conseguir un primer empleo o las durísimas exigencias de una sociedad altamente competitiva, en suma, la vida en sociedad, no significaban más que continuos recortes a la libertad.

Descubrimos que esta perspectiva nos conducía a una paradoja. Si pretendo hacer lo que quiero, antes debo elegir lo que quiero. Para poder elegir necesito contar con opciones. Estas opciones se han de dar en un número limitado de alternativas, puesto que un número infinito de opciones implica la eliminación misma de la condición de ser opciones. Y si no hay opciones no hay elección posible, y por tanto no hay libertad. Conclusión: si entiendo a la libertad como el hecho de poder hacer lo que se quiera, en el supuesto momento en que la libertad fuera conseguida, ésta se negaría en la indeterminación o ausencia de opciones posibles. Algo así como afirmar: para que mi brazo se mueva de manera realmente libre tendría que liberarse de los límites impuestos por la cavidad articular que le une al hombro. Pero un brazo sin articulación es un brazo inmóvil, o a lo sumo un brazo suspendido en el espacio que, si se mueve, lo hace por la acción de fuerzas arbitrarias, nunca como resultado de una intencionalidad consciente.

Nos quedaba el otro significado del querer: como voluntad o intencionalidad consciente. Y desde este otro significado podíamos deshacer la paradoja. La libertad se nos aparecía como aquel momento previo a la acción, que no se constituye en su resultado, sino que se da en el momento mismo de la decisión como valor ensanchable, como horizonte regulativo. Más que ser libres de hacer lo que queremos, en todo caso somos libres de decidir, desde la conciencia y la voluntad, construir o ampliar alternativas posibles, o bien luchar para eliminar aquello que se opone a la realización de nuestros deseos.

Un alumno, no conforme con el análisis del primer presupuesto, puso el ejemplo de las aves. ¿Habría una imagen más adecuada para ser utilizada como metáfora de la libertad que el vuelo de un pájaro a través del inconmensurable espacio? Esto nos llevó al análisis del segundo presupuesto: ser libres significaría alcanzar un  supuesto “estado de naturaleza” cuya pérdida fue el precio que los seres humanos debimos pagar por vivir en sociedad.

Después de la reflexión anterior ahora el camino parecía más fácil de recorrer. Estábamos de acuerdo en que, a la hora de pensar sobre la posibilidad de ser libres, resultaba menos problemático poner el acento en la capacidad de decidir que en la capacidad de hacer. Todo el mundo estaba de acuerdo en que somos libres, más que por lo que podemos hacer, por el hecho de poder elegir entre las cosas que podemos hacer; –naturalmente que cuantas más cosas podamos elegir más amplio sería nuestro horizonte de libertad–. Y por otra parte, la pérdida real de libertad estaría dada más por la imposibilidad de decidir, –por ejemplo en el caso de la coacción (libertad externa) o las adicciones (libertad interna)– que por la imposibilidad de hacer.

Pero la decisión exige una conciencia individual. La supuesta libertad de los animales, o de aquel estado natural pre-humano, en tanto que estado indiferenciado con la naturaleza niega toda posibilidad de acción consciente alguna y se confunde en la maravillosa dinámica de la evolución biológica, de los programas instintivos, fijos y heredados. Curiosamente, la especie humana consigue trascender esta dinámica, construyéndose a sí misma como especie, produciendo una realidad que se enfrenta al mundo natural, a través de la cultura y la vida en sociedad. De esta forma regresábamos al punto de partida: aquello que era puesto en posición antagónica a la libertad, esto es, la vida en sociedad, lo terminamos reconociéndolo como su propia condición.

La utilidad de la reflexión conjunta en clase consistió en el hecho de ver que, por una parte, el punto de vista sostenido mayoritariamente por los alumnos –antagonismo “libertad vs. vida en sociedad”– tenía importantes consecuencias: la libertad acababa siendo un valor escaso o inexistente, siendo esta situación poco menos que irremediable. Por otra parte, también resultaba útil ver que el análisis de los presupuestos, no siempre conscientes, modificaba nuestros puntos de vista, y que en este caso en concreto podíamos pasar de la idea de la libertad como valor utópico e irrealizable, a convertirla en una idea impulsora, jamás del todo realizada, pero siempre presente como condición de transformación.

Como en todo debate filosófico las conclusiones más que para resolver interrogantes sirvieron para abrir otros nuevos. La pregunta inicial había sido sobre lo que pensábamos acerca de la libertad, y la respuesta y la reflexión posterior se centraron en su posibilidad. Quedaba abierta la discusión sobre el ser, sobre la existencia misma del valor. Se propusieron los siguientes interrogantes: ¿Podría ser la libertad quizás tan sólo un sentimiento o una ilusión producida por el desconocimiento de las múltiples causas que determinan en última instancia nuestro actuar? ¿La situación de los humanos no podría ser semejante a la de los personajes de un serial televisivo que piensan, deciden, sienten y actúan, creyendo que lo hacen por decisión propia simplemente porque desconocen la existencia del guión y del guionista? (En relación a esta segunda pregunta comentamos la historia narrada en la película “El show de Truman”)?

Estas cuestiones quedaron para una próxima clase. Se insinuó que, en todo caso, muchas veces nuestras palabras y nuestra mente otorgan valor de realidad a nuestras ideas, más que por su correspondencia con objetos del mundo, por ser condiciones de posibilidad de nuestras acciones, de nuestra felicidad, o incluso de la vida misma, humana por supuesto.

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