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Concluir el curso

21/06/2011

by Achiss

Es durante los últimos días del curso cuando vivo con mayor intensidad y desasosiego la enorme distancia que hay entre por un lado lo que pienso y siento sobre cómo debería ser la educación en secundaria, y por el otro la práctica real que llevamos acabo los equipos docentes dentro de un contexto institucional que nos condiciona, pero que a su vez sostenemos y reproducimos. La fractura es exterior, recorre el pasillo que separa el aula del patio, que aísla los aprendizajes de la vida de los alumnos; pero también es interior: entre nuestras reflexiones críticas y también nuestro sentido común, y nuestra historia como docentes, aquella que nos ha formado para servir a un sistema que ahora más que nunca se muestra fallido y en crisis.

El final de curso tendría que ser el momento de mirar hacia atrás, de valorar lo que hemos hecho y sacar conclusiones. Pero esto sólo ocurre en nuestras mentes; de manera expresa, en los ámbitos institucionales, se mira poco hacia atrás, tampoco se valora demasiado lo que se ha hecho, y si se sacan conclusiones, éstas son principalmente de supervivencia. Lo que hacemos es “evaluar” a los alumnos, es decir ponerles notas, y con ello hacerles responsables de todos nuestros fallos y limitaciones. Si aprueban es porque han estudiado, han prestado atención, se han portado bien; si suspenden es por que han hecho lo contrario. La institución así lo exige y para ello pone reglas muy claras. Los profesores por supuesto que pensamos, y muchas veces estamos en desacuerdo con todo esto. Y como no todos pensamos igual, ante la posibilidad de que se susciten conflictos entre pares se suspende el diálogo o la reflexión colectiva: allí está la normativa para zanjar enfrentamientos, los cuales, a final de curso, estando el profesorado cansado y desanimado, suelen ser bastante agrios o amargos.

Ahora yo también quiero pensar en el final de curso. Pero lo haré olvidándome de la normativa, de las notas, de los aprobados y los suspensos. Lo haré pensando sólo en aquellas asignaturas, como la optativa de bachillerato Psicología y Sociología o la Educación ética y cívica en la ESO, las cuales, desde su escasa relevancia académica, son paradójicamente las únicas en las que lo importante es la “experiencia”, lo que se “vive” en ellas; si hay participación, interés o aprendizajes es por cualquier cosa menos por el aprobado, porque éste generalmente se considera conseguido de antemano. Son asignaturas que según como se las aproveche acaban convirtiéndose en “intersticios” del sistema, lugares de experimentación, espacios emocionalmente intensos.

En estos espacios alternativos a veces se prefigura un modelo que se aproxima a lo que podría considerarse como ideal. En ellos, al final de curso, uno se puede preguntar con toda tranquilidad cómo concluirlo, sin que haya notas o evaluaciones (aunque en cualquier momento, y sin que nadie le dé demasiada importancia se cumpla el trámite de pasar un número a las actas). En este contexto, ¿qué significa concluir el curso? Se podría decir que  se trata de realizar una síntesis, una suerte de insight; de conseguir que las partes que hasta ese momento parecían separadas se relacionen cobrando un sentido global y nuevo. Desde una perspectiva sintáctica, sería arribar a aquel término final que, con su aparición, da significado a todos los términos anteriores.

Esta manera de entender la conclusión del curso nos permite diferenciar entre la formalidad del fin académico  -siempre exterior al proceso real y ajeno a la participación del alumnado-, y su conclusión interna y real. Un curso muy bien puede haber finalizado y nadie sentir que ha concluido, o mejor dicho, sentir que no se ha concluido en nada. Entonces podría surgir el siguiente interrogante: ¿No puede resultar incompatible la perspectiva de que el curso es un proceso que se construye en su propio desarrollo, mediante la participación activa de todos sus participantes y con independencia de objetivos fijos y predeterminados, con la idea de que es necesario promover una determinada conclusión del mismo? La respuesta es consecuente con la distinción que origina la pregunta: una cosa es concluir un curso orientado de acuerdo a objetivos –y en este caso no habría mucha diferencia entre la conclusión con el acabado formal: los alumnos que alcanzaron los objetivos aprueban, y los que no suspenden–, y otra cosa es concluir un curso que ha priorizado la riqueza cualitativa del proceso.

De acuerdo a esta segunda posibilidad, concluir no significa nunca excluir. Como tampoco hay una única y exclusiva manera de concluir: no tiene sentido que algún alumno “suspenda” en el sentido de quedar excluido del proceso. Cada alumno (incluso aquel que para el formalismo institucional ha suspendido) participa y construye su propio proceso, y por tanto debe tener la posibilidad de auto-evaluarlo y, obviamente, de “concluirlo” a su manera. Cada alumno es el agente de su proceso educativo y nadie tendría el derecho –obviamente sí la posibilidad– de sustraérselo.

Decía que toda programación debe ser concluida; pero la conclusión debe prefigurarse en el proceso, no de manera anticipada al mismo, debe ser vivida como tal por los alumnos, a manera de síntesis que ajusta los significados de todo el curso, como el tirón final que ajusta las cuerdas de un envoltorio. Cuando la conclusión de una programación se entiende como la realización de objetivos fijos y predeterminados, la conclusión excluye a los alumnos en general, y muy en particular a aquellos que no aprueban. En las pruebas finales los alumnos escriben lo que el profesor desea leer, no lo que realmente han aprendido. Y si suspenden no es porque no hayan aprendido nada, sino porque no han aprendido bien la manera correcta de… ¡aprobar el curso!

Un proceso puede dejar vías incompletas, interrogantes abiertos, espacios para que sean ocupados por la creatividad y la imaginación de los alumnos. La conclusión puede ser sólo un momento breve, que en su parcialidad, incluso en su insignificancia, sirva como elemento proveedor de sentido para el conjunto. La conclusión no tiene que ser necesariamente única. No todos los alumnos terminan el curso de la misma forma; lo importante es que para la mayoría sí haya habido curso, es decir la posibilidad de ser recuperado como unidad orgánica.

Así como la programación, los sistemas de evaluación y los contenidos del curso en general, son propuestas que el profesor realiza a los alumnos; por el contrario, la conclusión debería ser propuesta por los alumnos, por cada alumno en particular, cada uno con su especial manera dar sentido a la experiencia global del curso. La tarea del profesor sería tan sólo generar las condiciones de posibilidad para que ello ocurra, es decir para que los alumnos recuperen reflexivamente aquello que han aprendido. Esto puede llevarse a cabo ocupando los últimos días con actividades en las que se recuerden las experiencias vividas, se realicen comparaciones entre lo vivido en un comienzo y al final, se piense en los momentos agradables y los desagradables, se recuerden contenidos junto a las emociones y sensaciones que suscitó su descubrimiento. También se pueden realizar celebraciones, juegos, despedidas. Concluir no es sólo tomar conciencia de todo lo que se ha aprendido, sino también sellar de manera festiva aquello que seguramente se recordará en el futuro. Los alumnos serán en gran medida lo que recuerden; y lo que recuerden de su vida en el Instituto no será precisamente las evaluaciones o las notas.




Después de haber terminado la redacción de esta entrada me llega, vía el grupo Didáctica de la Filosofía que administra Wilbert Tapia, un vídeo de la conferencia que dio el profesor de la Universidad de Río de Janeiro Walter Kohan en la Universidad de Chile . Una exposición breve pero de una gran riqueza de contenido, que nos invita a pensar sobre la relación entre la enseñanza y el aprendizaje de la filosofía.


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2 comentarios leave one →
  1. Mauricio Langon permalink
    22/06/2011 15:24

    Querido Alejandro:

    Muy importantes y sugestivas tus reflexiones. Me gustaría que el “concluir” no fuera sólo “cerrar” la bolsa, sino abrir; hacer un “balance”, claro; pero dejar también lugar a “perspectivas”.

    No veo razón para que el profesor no participe activamente también con sus “conclusiones”. Particularmente, si al comienzo del curso, se han hecho mutuas “presentaciones” del profesor y sus intenciones, del curso con las características específicas que éste espera de él, los alumnos con sus juicios previos y expectativas respecto a ese curso y profesor en concreto. El “cierre y apertura” debería incluirlos a todos, especialmente si el curso fue o intentó ser dialogal.

    Una sugerencia para agregar a tu excelente propuesta: incluir lo escrito. Al alumno se le pide generalmente escribir sólo en instancias de “evaluación” que sabe que será juzgada con una “nota” y que tendrá efectos posteriormente en su vida. En ese marco, la escritura se da con una dosis de angustia o al menos tensión, en función de una exigencia exterior (al estudiante y al curso), etc. Sería bueno que escribieran en un marco más descontracturado.

    Una pregunta: ¿Te refieres a esas disciplinas en concreto porque son así en el currículo de España? ¿Por qué no incluyes “Filosofía”?

    Coincido en tu apreciación de la conferencia de Walter el año pasado en Chile. En las evaluaciones habituales lo evaluado son los alumnos o los “resultados” ¿? de sus aprendizajes. Las evaluaciones de los aprendizajes (particularmente en las pruebas estandarizadas) también se refieren a esos “resultados” en un momento dado de un proceso que no ha finalizado (y que como bien dices al final, continúa teniendo efectos en el futuro). Demasiado habitualmente se “infiere” de los resultados de las evaluaciones (o se usan esos resultados) para “calificar” la enseñanza, como si los aprendizajes (por no decir los alumnos) fueran consecuencias o efectos de los contenidos, métodos, organización, gestión y hasta modo de institucionalización y legalidad de la enseñanza. Por supuesto, muy pocas veces se advierte esta falacia que opera sobre el supuesto de una relación causa-efecto entre enseñanza y aprendizaje. La conferencia de Kohan es particularmente valiosa para pensar las consecuencias de esa falacia que se vende como “proceso de enseñanza-aprendizaje”.

    Un abrazo
    Mauricio

  2. 22/06/2011 22:29

    Estoy de acuerdo Mauricio con lo que dices sobre que el profesor también debe participar en la “conclusión” del curso. Sólo subrayaba en la entrada una cuestión de cuándo y quién tiene más protagonismo: en un comienzo inevitablemente es el docente el que propone, sobre todo en un contexto institucional “transmisivo”. Luego de un proceso en el cual los aprendizajes se han entendido como experiencias, aunque participe el profesor, la conclusión o el término debería ser también una experiencia, en este caso personal e intransferible de cada alumno.

    En cuanto a tu sugerencia de “incluir la escritura” creo que es una idea fundamental. La propuesta didáctica de los “portafolios” creo que puede ir en este sentido y ser bastante enriquecedora: los alumnos van construyendo una carpeta o un dossier donde incluyen la narración escrita de todos sus trabajos, investigaciones o experiencias en general. Las nuevas tecnologías facilitan mucho esta herramienta. Por ejemplo la construcción de un sitio web personalizado utilizando Google-site donde los chicos van “colgando” su producción. Lo interesante de los “portafolios” es que permiten ir evaluando o auto-evaluando el proceso más que los resultado.

    Respecto de las asignaturas mencionadas, efectivamente es algo relacionado con el currículum de España. Se podría incluir la filosofía de 1º de Bachillerato, pero no la de 2ª (último curso antes de entrar en la universidad), porque lamentablemente la Historia de la filosofía que se da en 2º entra en los exámenes de acceso a la Universidad (PAU), lo cual condiciona en gran medida la forma de gestionar el curso. Los mismos alumnos exigen que se les prepare de la mejor forma posible para estas pruebas de acceso puesto que de las notas que saquen depende la posibilidad o no de entrar en las carreras que deseen. Una situación francamente perversa que dinamita las posibilidades de innovar de verdad: como en las academias de coches donde lo importante no es aprender a conducir, sino aprender a hacer un examen que permita conseguir un carnet.

    Gracias Mauricio por enriquecer el blog con tus comentarios.
    Un abrazo.

    Alejandro

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