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Emociones y desapego

20/05/2011

Todo comenzó con un artículo que leí el domingo anterior, en la revista del diario El País: “Problemas que son oportunidades” Esta lectura, a partir de una referencia allí mencionada, me llevó a una conferencia de Anthony de Mello, un jesuita de origen indio, que parece haber hecho una fusión entre la doctrina cristiana, el budismo y, de manera no manifiesta, también creo que con el estoicismo helenista. Volví a pensar entonces en la importancia de la idea de “desapego” en relación con la felicidad: para ser felices deberíamos liberarnos  del deseo-dependencia, y con ello ganar en autonomía personal. Sería algo así como quitarse un obstáculo del ojo para recuperar la visión. La visión no se define en un sentido positivo: sencillamente es ver. Igualmente pasa con la felicidad: es una tendencia natural en la especie que consiste en tan sólo eso, ser feliz. En todo caso podemos reconocer el obstáculo que lo impide; y para De Mello lo que impide ser felices es principalmente el apego.

Estuve pensando en la relación que todo esto podía tener con nuestra práctica educativa, y en una posible contradicción entre esta idea del “desapego” y el inevitable, e incluso diría necesario vínculo afectivo que suele construirse entre el docente y los alumnos. Anthony de Mello quizá respondería que tal contradicción no tiene por qué darse: ciertamente los vínculos afectivos pueden ser eso, vínculos, es decir relaciones que atan o generan dependencias; pero también podrían ser corrientes emocionales que se canalizan positivamente para favorecer la experiencia de los aprendizajes, sin menoscabo de la autonomía del alumnado ni de los docentes.

Volviendo a la conferencia, el religioso narró la historia de un enfermo terminal de sida que aún siendo consciente de su estado, antes de morir declaró que los últimos seis meses habían sido los más felices de su vida. Parece ser que la razón de esta postrera felicidad había sido un estado de desapego profundo, y por consiguiente un bienestar espiritual que quizá sólo los místicos pueden alcanzar. Se me ocurrió entonces que podía caber otra interpretación: ¿Y si en lugar del desapego, lo que realmente produjo bienestar en el enfermo fue precisamente el amor recibido por las personas que le acompañaron en su último trayecto vital; quizá un amor que deseó toda su vida, pero que nunca fue experimentado con la intensidad de esos últimos meses?

Es posible que más que el desapego lo que nos haga feliz sea el discurso del desapego. Nos sentimos bien creyendo que no necesitamos de los demás, más que no necesitándolos realmente; cosa que, por otra parte, resulta muy difícil de conseguir. De la misma manera que nos sentimos mejores, no cuando somos mejores o hacemos mejor la cosas, sino cuando nos dicen que somos buenos o nos dicen que lo que hacemos lo hacemos bien, o mejor que antes. Lo que nos constituye no serían nuestras acciones, sino más bien el discurso que sobre ellas recibimos de aquellas personas que se constituyen como nuestros significantes. También se daría lo inverso: actuamos siguiendo la expectativa que tenemos sobre el posible discurso significante que suscitará en los demás nuestro comportamiento[1].

En una entrada anterior me había referido a la cuestión de los límites que, desde la docencia o desde la institución educativa, se debería imponer a nuestros alumnos adolescentes. Esta posición, que pone el acento en la autoridad, en los límites y en las normas, podría estar en sintonía con una cierta defensa del desapego en la experiencia educativa. Debo confesar que encuentro atractiva esta posición, quizá precisamente por mis dificultades para llevarla a la práctica.

La semana pasada participé en un hecho seguramente de importancia mínima, pero respecto del cual me sentí confuso, y quizá algo avergonzado. Estábamos en clase de Psicología, viendo un capítulo de la serie In Treatment, cuando una alumna, Amelia, me preguntó si podía salir un momento. Yo accedí, sin dejar de reparar que lo que necesitaba no era ir al lavabo sino que, por alguna razón que desconocía, estaba emocionalmente afectada. Pensé preocupado que quizá tuviera alguna relación con la historia que estábamos viendo. Faltaba poco para que terminase la clase, el capítulo ya había acabado, entonces pregunté a sus compañeros qué le podía haber pasado a Amelia. Me respondieron que seguramente estaba triste porque hacía un rato que había discutido con su pareja, que también es un alumno del instituto. Algunas compañeras salieron del aula y comprobaron que efectivamente estaba llorando. Entonces un compañero la abrazó; y yo, sin pensarlo, abracé a los dos; y, seguidamente, el resto del grupo se unió en un abrazo colectivo. En ese momento pensé que afortunadamente nadie pasaba por el pasillo, porque seguramente se hubiera sorprendido bastante al ver una escena algo extraña y poco habitual en el instituto: el profe fundido en un gran abrazo con sus alumnos. La escena concluyó con risas y aplausos cerrados. Y por lo que pude observar discretamente a la salida, con una reconciliación final entre Amelia y su amigo.

En fin, que así están mis ideas (y mis sentimientos) durante esta mañana de domingo. Desde siempre he pensado que el impulso motivacional más potente que pueden recibir nuestros alumnos adolescentes es el del reconocimiento, con todo lo que ello comporta de implicación emocional. Algo que, sin pretender ser muy original, llamé pedagogía del reconocimiento. Por otra parte, durante esta semana, he pensado mucho en lo que podría identificarse como una pedagogía del desapego. ¿Realmente serían ambas incompatibles? ¿O simplemente expresan perspectivas diversas y quizá complementarias de algo tan complejo como es la experiencia educativa? Aquí dejo estos interrogantes para continuar pensando.


Agrego unas líneas más a esta entrada, hoy viernes 20 de mayo.

Supongo que el tono de mi reflexión anterior está impregnado de sentimientos encontrados, los cuales experimento a causa de ser éstos los últimos días del curso, y por ser este curso el último que estaré en el Instituto Josep Lluís Sert. A partir de septiembre trabajaré en otro instituto, ahora en Barcelona, cerca de mi domicilio. Últimos días con las emociones a flor de piel, con una clara tendencia a pensar en el papel que éstas juegan en mi trabajo de profe.

Termino con un apunte “didáctico-tecnológico”:

En la clase de Psicología de hoy leímos y comentamos el mencionado texto del suplemento del País. No es que me identifique demasiado con este tipo de artículos, a los que quizá de una manera un tanto prejuiciosa o rígida los veo como demasiado próximos a la “auto-ayuda”. Sin embargo, este artículo en especial, me resultaba de interés por la función que otorga a los problemas o a las dificultades que se presentan en nuestra vida, como herramientas para realizar aprendizajes: los acontecimientos o las acciones que nos fastidian también pueden convertirse en nuestros maestros; sería sólo cuestión de capacidad para reconocer esta posibilidad, y de resiliencia.

Mientras los alumnos leían en silencio, uno de ellos señaló una frase del texto y dijo que se la apuntaba para ponerla en Facebook. Reconocí entonces una práctica frecuente entre mis alumnos, que consiste en poner frases de famosos, o que suenen como si lo fueran, en sus muros de la red. Es así como se me ocurrió proponer una actividad que convertiría la lectura de un texto algo extenso en una tarea que les atrajo su atención: “A medida que vayáis leyendo, subrayad aquellas frases que pondríais en vuestros muros de Facebook; luego seleccionad sólo una. Finalmente cada uno leerá la suya y las comentaremos. Cuando estéis en casa podéis poner la frase seleccionada en vuestro muro con algún comentario, y seguidamente etiquetarla con los nombres de los integrantes del grupo, yo incluido”.

Esto ocurrió esta mañana. Ahora estoy a la expectativa de ver qué pasa, no sólo con las frases etiquetadas, sino también con la lectura de esta entrada, puesto que al aparecer en mi muro será la primera vez que digo algo sobre mi partida del Instituto.


[1] HARGREAVES, D. Las relaciones interpersonales en la educación. Madrid: Narcea Ed. (1986), p.16

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9 comentarios leave one →
  1. 21/05/2011 13:58

    Apreciado Alejandro : para mí el verdadero desapego como tu dices no es el resultado de esa necesidad consciente o no de ser querido por los otros que te ofrecen . Pienso que más bien tiene que ver con la renuncia a que nada ni nadie te ate de verdad. Ese enfermo del que hablas puede que aprendiera en sus últimos días que precisamente ni la propia vida ya le servia para atarse a si mismo. El desapego efectivamente pienso que como tu dices tiene una cierta relación con la idea de ataraxia en las antiguas ideas postsocràticas. Hervé Guibert escribió un libro “Al amigo que no me salvo la vida” donde describe paso a paso el proceso de la enfermedad del SIDA y el de sus amigos más íntimos como Michel Foucault . Sin decir desapego acaba hablando de esa sensación de desprendimiento de uno mismo de la propia vida con serenidad y tranquila relación con dejar que tu dejes de ser un vínculo con los otros. B. Rusell en su libro “la conquista de la felicidad” intenta explicar que vivir feliz exige esa renuncia a la valoración constante por lo que haces o dejas de hacer , a la capacidad para olvidarte de ti para atravesar el espacio del nosotros-yo. Creo que ese desapego tiene mucho que ver con la libertad. La felicidad se alcanza cuando la libertad la consigues frente a la realidad que se nos impone. En educación pienso que exige saber adquirir cierta distancia entre tu y los otros . De hecho el propio Anthony de Mello, s.j escribe en un libro llamado “La pregària de la granota” que si queremos un mundo perfecto nos hemos de olvidar de la gente… ¿Que quiere decir eso ? Pienso que es un tema de posesión o dominio de tu realidad más inmediata y en la medida que dejas de estar interesado por esa especial relación con controlar o dominar la realidad del otro entras en ese estado de desapego por lo que te rodea. Marina habla que el desapego es como una cierta forma de desapropiarse de las cosas temporales, una cierta indiferencia , desinterés , adquiriendo cierta distancia por lo que te une a ti mismo.
    El discurso construido sobre ese desapego efectivamente nos atrapa y parece que nos acaba sometiendo a lo que creemos ser sin embargo la fuerza de las palabras choca con la verdad misma. La sinceridad con lo que representamos de nosotros mismos obliga a no una dosis de felicidad en pastillas discursivas -estilo moralina- sino a un cierta honestidad con lo que somos realmente. No es un problema de racionalización construida desde la prisión del lenguaje sino más bien una intuición emotiva que nos hace avanzar hacia la incomodidad de tener todavía respuestas que darnos a nosotros mismos. Por eso el desapego es una cierta forma de esperanza de encontrar en uno mismo el sentido de lo te hace ser feliz . Por eso el desapego no exige reconocimiento alguno no hay camino acompañado hay algo que obliga a que uno se enfrente con lo que es y nada más. Si a esto le llamamos incompatibilidad pienso que efectivamente el desapego sólo es una cierta dosis de autoreconocimiento de lo que uno intenta desatender para recuperar algo en lo que creer . Puede que este acabar con una frase para el facebook :
    ” Todo esto nos lleva a Ninguna Parte – que es un pueblo como otro cualquiera .Las vendedoras de Ninguna Parte se irán a casa al acabar el día.”

    • 21/05/2011 14:54

      Gracias Xavier por enriquecer mi entrada con tu maravilloso comentario. Me identifico con todo lo que dices y siento que confirmas mis sospechas.
      Un abrazo.
      Alejandro

  2. 22/05/2011 20:46

    Qué cosa… no me la esperaba en este blog 😉

    El desapego puede que sea tener conciencia clara de que nada ni nadie te pertenece, ni siquiera el tiempo. El ahora es lo más que podemos tener, pero se nos olvida, de ahí las grandes catástrofes personales cuando algo no va según lo que hemos previsto.

    Yo te preguntaría: ¿Por qué te alivió que nadie viera esa hermosura de abrazo? ¿No sería más bien para sacarlo en la tele en prime time?

    Y con respecto a la auto ayuda yo tenía alergia absoluta; ahora intento no etiquetar porque hay libros y pensadores y personas que han vivido experiencias (de Mello es uno de ellos) que pueden ayudar a otras personas. ¿Hay algo mejor en la vida que poderse ayudar a uno mismo y de ahí a los demás?
    Lo que habría que hacer es, como en todo lo demás, aprender a elegir bien 😉

    ¿Es autoayuda Goleman, por ejemplo? ¿O Bucay? ¿Coelho? ¿Borges? ¿benedetti? ¿Norwood? Uf, la lista es inmensa…

    • 22/05/2011 22:19

      Lola. Tienes toda la razón: esa hermosura de abrazo para la hora de mayor audiencia. Gracias por proponerlo. No sabes lo que me costó publicar esta entrada, y lo bien que me viene que me digas lo que dices.
      Una pregunta: ¿qué es lo que no te esperabas en este blog? 🙂
      Un abrazo
      Alejandro

  3. 23/05/2011 0:02

    Pues no esperaba tu despelote emocional, te leo siempre tan perfecto, tan en tu sitio, tan ordenado, que a veces me ha dado apuro leerme yo después, tan despeinada 😉
    Me has hecho replantearme muchas veces, sin tú saberlo, si yo no debería ser menos yo para quedar mejor con el público que me lea. Hasta he hecho algún tímido y fracasado intento, aprendí que no tengo remedio ;)))

    Y hoy, de repente, sacas a de Mello, la autoayuda aunque sea pa criticarla y una abrazo colectivo que te empeñas en esconder… Y me ha encantado saberte humano, tierno y veraz.

    Antes, apreciaba tu trabajo. Ahora, te aprecio a ti 😉

  4. María permalink
    25/05/2011 19:30

    Muy buenos vuestros comentarios. El tema es complicado. Por mi trabajo (no repito instituto ningún año) cultivo bastante el desapego, tanto con mis alumnos como con mis compañeros. Por otra parte es fácil Cuando llego a un centro nuevo, no conozco a nadie y depende del tipo de personas con las que me encuentre que me relacione más o menos. Como sé que no voy a volver al curso siguiente, creo distancias, me imagino que de manera inconsciente, aunque ahora reflexione conscientemente sobre ello, y eso me permite no sentirme triste ni echar de menos a aquellos que durante meses he ido tratando a diario.Alguna compañera con la que he tenido más confianza me admiraba por mi distanciamiento con respecto a los demás, sin por ello ser tildada de antisocial, antipática,etc. Y no me gustó la sensación, me ví en cierto manera fría, y a pesar de intentar que los elogios o vituperios de los demás no me afecten, no puedo evitar sentirme mal cuando el muro que pongo entre los demás y yo, impide la comunicación sincera y buena y la expresión de los afectos que también es necesaria de vez en cuando. Por otro lado, distanciarme en algunos momentos de las emociones me permite poder seguir sientiéndome bien conmigo misma a pesar de las decepciones que te producen los demás. Como por ejemplo hoy. En la última hora de la mañana y diez minutos antes de acabar la clase, una alumna de bachillerato en un acto de ira al saber que había suspendido la recuperación de la 2ª evaluación, cogió una silla yla estrelló contra el suelo delante de mí. Nos quedamos todos, imagínate. No la expulsé, le pregunté si le parecía bien lo que había hecho,etc.etc, y le dije que tendría una conversación con ella al día siguiente. Cuando salí de clase, busqué a su tutora para contarle el altercado y me derrumbé por unos minutos. Después me fui a casa pensando en lo que debía hacer mañana y no he permtido que lo que ocurrió me haga sentir mal. Lola, a mi el despelote emocional de Alejandro también me gusta, además de todo lo demás. A propósito, ¿cómo se pone la fotito?

  5. Liliana permalink
    21/06/2011 0:51

    El desapego puede verse a lo mejor como un sentirse parte de la naturaleza, sentirse en los otros y con los otros.
    Saludos,
    Liliana

  6. ana lia permalink
    11/09/2013 17:01

    Ana Lia , me sentia rara y hoy me di cuenta que lo que siento es desapego pero soy feliz es malo eso ?

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