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Autoridad y adolescencia (2)

09/05/2011

Experimentando capacidades nuevas

A propósito de las reflexiones propuestas en la entrada anterior, quizá no esté demás recordar las ideas que Inhelder y Piaget aportaron al estudio de la relación entre la adolescencia y las cuestiones normativas o morales, y también el pensamiento lógico o formal. Estos autores definieron la etapa adolescente como el momento en que la persona pasa a considerarse igual a los adultos, y a juzgarlos en un plano de igualdad y reciprocidad. Este comportamiento se corresponde con lo que Piaget había denominado moral autónoma, frente a la moral heterónoma de la infancia guiada por el respeto y la obediencia a los adultos. Kohlberg, desde una perspectiva evolucionista similar a la de Inhelder y Piaget, propuso seis estadios del desarrollo moral, que se agrupan en tres niveles respectivos, denominados pre-convencional (estadios 1-2), convencional (estadios 3-4) y post-convencional (5-6). En general, en el nivel pre-convencional, las reglas y expectativas sociales son externas al yo, los individuos actúan movidos por la intención de evitar los castigos y obedecer acríticamente la autoridad. En el nivel convencional, el yo se identifica con las reglas y expectativas de los demás y las interioriza. Finalmente, en el nivel post-convencional, los valores se definen según los principios escogidos por la propia persona, sin presión de la autoridad o las reglas.

Los adolescentes se situarían mayoritariamente en el segundo nivel, aunque algunos se pueden encontrar en al primer o en el último. Este hecho comporta que la mayoría de los jóvenes muestran principios morales que dependen del punto de vista de otras personas, o sea, actúan teniendo en cuenta su propio beneficio (estadio 3) o, en un gran porcentaje, la aprobación de las demás personas (estadio 4), especialmente, su grupo de compañeros. No hemos de olvidar, por otra parte, que una misma persona puede elaborar razonamientos morales clasificables en diferentes estadios y niveles y que, en adolescentes de más de dieciséis años, las investigaciones encuentran juicios que mezclan rasgos de los estadios 4 y 5 (final del nivel convencional y comienzo del post-convencional).

Es propio del período adolescente la puesta a prueba de las nuevas habilidades cognitivas que se van adquiriendo. Esto hace que la adquisición de habilidades formales o lógicas, característica de este período, puedan ser utilizadas de manera desmesurada o contradictorias. Si a esto se suma una difícil relación con el ejercicio del poder, y sobre todo con la arbitrariedad adulta, se podrá explicar en parte el especial valor que se suele dar a las manifestaciones irracionales, desconcertantes, imprevisibles; también a la presencia continuada del juego, del humor (aquel momento en el que el lenguaje se quiebra al desplazarse el significante y los significados quedan suspendidos, en el sentido de hacerse provisionales, pero también  carentes de sostén, descalificados). Estas formas constituyen sólidos parapetos, códigos secretos que cohesionan el grupo de amigos. Y cuando se manifiestan, ponen en cuestión, a veces de manera insolente o  abrumadora, la autoridad, hasta ese momento imbatible, del interlocutor adulto.

A diferencia del niño, cuyas valoraciones estaban determinadas por las acciones propias y de los demás, en los adolescentes comienzan a contar principalmente los pensamientos y las intenciones; los adolescentes desarrollan una compleja “vida interior”. Toman conciencia de la multiplicidad de aspectos que integran el Yo, y de la posible existencia de conflictos, ambivalencias, contradicciones.  Reflexionan sobre diferentes maneras posibles de ser o comportarse, y dibujan un Yo ideal. Se proyectan hacia el futuro.

Todo esto tiene un efecto fundamental que influirá en su manera de actuar, en sus sentimientos y actitudes, también en la manera de plantearse la actividad escolar: perciben que pueden actuar de diferentes maneras, que tienen alternativas y que pueden escoger por ellos mismos. (En aquellas sociedades o culturas en las que las posibilidades de elección están reducidas al mínimo para el conjunto de la población, y los itinerarios vitales se encuentran fuertemente determinados por las normas sociales, el período de la adolescencia se reduce a un rápido tránsito de la infancia a la edad adulta, tal como lo explica Mead a partir de sus investigaciones en la isla de Samoa.)

Con frecuencia los padres o los profesores nos quedamos asombrados ante un adolescente que durante su trayectoria en la primaria se había mostrado como un alumno aplicado y con excelentes resultados, y que ahora, en el bachillerato, su rendimiento escolar ha caído en picado y que incluso presenta serios “problemas de comportamiento”. En muchos casos, esta situación puede ser explicada porque para este joven el mundo ha dejado de tener una única vía —aquella trazada por sus padres, y que resultaba fácil de transitar—, para convertirse en un enjambre de itinerarios posibles, respecto del cual es él mismo quien debe decidir el rumbo a seguir. El cuadro se completa si tenemos en cuenta que en cada decisión el adolescente tendrá que poner en juego aquello que sabe o reconoce, mal o bien, de sí mismos y de sus capacidades. Se da la paradoja de ser consciente que puede escoger entre varias posibilidades, justamente en el momento en el cual se encuentra más confundido respecto de su capacidad para realizar una cosa u otra, en definitiva, cuando tiene menos claro quién es él y qué es lo que puede llegar a ser.

Seguramente que no siempre se da un cuadro tan extremo. En el mejor de los casos se produce un acoplamiento gradual entre lo que él piensa que es y puede hacer, y todo aquello que los además esperan que sea y haga. Cuando el mundo adulto que le rodea tiene una actitud positiva y de apoyo, la autoestima se ve favorecida, aumenta la confianza en sí mismo y se atreve a experimentar sin miedo a equivocarse, aprendiendo de sus propios errores. Por el contrario, cuando la autoestima es baja se suele presentar un cuadro de inseguridad, autocrítica exacerbada y ansiedad. En su relación con los demás pueden darse situaciones de sumisión y dependencia a su grupo de referencia, o por el contrario, actitudes autoritarias o de dominación (respecto de esto último se debe tener en cuenta que, en muchos casos, la baja autoestima puede manifestarse de modos engañosos, mediante una aparente seguridad o con actitudes agresivas). En relación con el cumplimiento de las metas educativas, el rendimiento suele ser por lo general bajo. En muchos casos se suele dar el llamado “efecto Pigmalión” o de las “profecías auto-cumplidas”: los alumnos acaban dando de sí aquello que los profesores pensamos y esperamos que den…, y no pocas veces es menos de lo que podrían realmente dar.


Autoridad y respeto

Regresando al tema de la autoridad y las normas en relación con la forma de ser de nuestros alumnos adolescentes, mencionaré una perspectiva sumamente interesante propuesta por Donald Finkel. Y, para finalizar esta entrada, agregaré una precisión conceptual sobre la relación entre las ideas de autoridad y de respeto, que nos puede dar pié para continuar reflexionando sobre todas estas cuestiones.

Finkel afirma que si el profesorado quiere ejercer la función que le es propia no puede renunciar al ejercicio de su autoridad. Lo que sí puede, y convendría que hiciera, es separar la autoridad del ejercicio del poder. La autoridad docente permite delimitar el campo en el que se desarrollan determinadas actividades de aprendizaje —no todas, ni necesariamente las más importantes en la vida de los adolescentes—, tomar la iniciativa y establecer las reglas del juego. Sin embargo, esta iniciativa y estas reglas pueden tener por finalidad el empoderamiento de los alumnos, esto es, no decidir lo que ellos deben decidir ni hacer lo que a ellos corresponde hacer.

Es habitual que los docentes no podamos separar la autoridad del poder. Por el contrario, utilicemos el poder para sostener y justificar el ejercicio de la autoridad. Somos quienes tomamos la iniciativa, establecemos las reglas del juego, pero también los únicos que realmente jugamos, relegando a los alumnos a una posición de espectadores. En estas condiciones, tal como decía Paulo Freire, sólo puede haber una “educación bancaria”. Es decir, una educación que sólo promueve aprendizajes ficticios o efímeros, además de desinterés y aburrimiento.

En cuanto a la idea de respeto, entiendo que se trata de una actitud que nos lleva a tomar en consideración a una persona, ya sea por el valor que le otorgamos, o por la previsión de su capacidad para infringirnos algún daño; y, conforme se de un motivo u otro, actuar en consecuencia. Si lo que cuenta es el valor, los sentimientos que sostienen al respeto serán la admiración, el afecto y la confianza.  Si, por el contrario, el origen está en el poder, los sentimientos serán de precaución, desconfianza y miedo.

No nos resultará difícil juzgar qué tipo de autoridad y de respeto es la más idónea para desarrollar nuestra actividad docente.




Dos documentos para seguir pensando la relación que tenemos con nuestros alumnos adolescentes:

Credo de los Estudiantes en riesgo de Bill Page

Chicos que molestan de Víctor Cuevas

De este mismo blog:

Filosofía, una materia adolescente

Identidad y reconocimiento

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6 comentarios leave one →
  1. 09/05/2011 18:25

    Alejandro, muchas gracias por incluirme como recomendación de tu excelente artículo. ¡Enhorabuena por el mismo!

  2. 10/05/2011 13:30

    Excelente post Alejandro, tb grácias por el link. Efectivamente la autoridad y el respeto no se imponen, se ganan. El autoritarismo es la versión mala de la autoridad, en el que esta se ejerce por medio del abuso del poder. Nos queda mucho en general para entender todo lo que es el “factor humano”, la complejidad inherente al mismo, cómo y porqué actuamos como actuamos. Curiosamente la biología y tb la física nos dan un espejo excelente en el que reflejarnos, los descubrimientos en neurociencia, y tb el entender cómo funcionan los sistemas de redes en general, nos están aportando mucha luz para poder entender los cambios necesarios en el campo de la educación. Creo que los cambio vendrán cuando nos persuadamos de que para cambiar la realidad primero tenemos que cambiar nuestros modelos mentales sobre ella, nuestros modelos mentales conforman la realidad, y esta a su vez alimenta los modelso que vamos construyendo al crecer. Cuando algo queda fuera de esos modelos somos incapaces de entenderlo, y así estamos con esto del cambio educativo.

    Un abrazo

  3. 17/05/2011 12:21

    Me parece muy útil este blog, desde luego uno de los mejores de blogprofesores ;)que conozco, bueno si soy sincera eres mi preferido. Supongo que conecto mucho con la parte tuya de filósofo…pues también amo está disciplina…

    Quería compartir un post…hoy escribí sobre el patrón de la obediencia,desde mi visión de alumna de 5º de Psicopedagogía en el Practicum II y también como madre…

    Espero que no te importe, ya que no tengo segundas intenciones…es por seguir sumando 😄

    Felicidades por tu gran aportación a la blogosfera

  4. 18/05/2011 23:13

    Hola Alejandro. Hoy he tenido un tiempo para investigar en tu blog y me parece excelente, de verdad. Muchas felicidades.
    El problema de la autoridad y el respeto son efectivamente los temas claves, tanto en la institución escolar como en la familia. ¿ Como poner límites sin amenazas ? ¿ como hacerse respetar sin basarse en el miedo ? Como profesor y como padre es el desafío diario, la batalla cotidiana. La familia patriarcal construia un Gran Otro, el Padre, que era la referencia en lo doméstico y en lo institucional. Podría transgredirse, per allá estaba. Con el declive de la familia patriarcal todo se complica, aunque vale la pena asumirlo por supuesto por lo que se ha ganado perdiéndolo. pero no podemos renunciar al ejercicio de la autoridad porque si no no nos queda nada, perdemos la función. Yo no veo claro que haya que renunciar al ejercicio del poder porque existe y cualquier limitación, cualquier regla que impongamos es desde el poder porque decidimos lo que puede y no puede hacer el otro. Me parece que no hay que ocultarlo. Prefiero pensar con Foucault que si finalmente el poder está presente en todo lo que hay que hacer es impedir que se transforme en jerarquía, en un estructura de dominio rígida y vertical. Establecemos una relación de poder pero que posibilite el desarrollo de sus capacidades. Aquí también me parece importante recordar lo que decía Rancière, de que no es un poder sobre la inteligencia porque si no siempre somos los que sabemos más que ellos. Es sobre la voluntad, en el sentido de motivar y canalizar su voluntad. Entonces los escuchamos y podemos aceptar que nos enseñan, que nos equivocamos. Lo que me desanima es que muchas veces compruebo que el profesor que mantiene el orden es el que más miedo les da, el autoritario. Me anima que a veces hablando con ellos me digan que no es a él al que más respetan, que el respeto es otra cosa que sí tiene que ver con lo anterior.
    En todo caso bienvenido el debate, ya que a veces parece que nuestro colectivo sigue funcionando con el modelo de profesor-policía: el mejor profesor es el que emjor mantiene el orden.
    Un abrazo
    Luis

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