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Autoridad y adolescencia (1)

03/05/2011

Las normas




Durante una de las reuniones de las juntas de evaluación del segundo trimestre, un profesor de bachillerato hizo el siguiente comentario: —No estoy dispuesto a seguir tratando el tema de la indisciplina de este grupo— se trataba de una clase especialmente “movida”, poco frecuentes en bachillerato y comparable con los grupos más “complicados” de la ESO. —Considero que ya son adultos —añadió—, y que deben ser tratados como corresponde, es decir aplicando las sanciones establecidas, sin más contemplaciones.

En ese momento hice un esfuerzo de empatía para comprender el enfado de mi compañero, y guardé silencio. Pero hubo algo de su comentario que me resultaba difícil de digerir: los alumnos de primero de bachillerato, con una media de edad de entre 16 y 17 años, debían ser considerado como adultos.  La condición adolescente quedaba definitivamente excluida como variable a tener en cuenta en nuestras relaciones con el alumnado.

Dicho así suena distante, diría casi técnico. Sin embargo, mi enfado en ese momento no tenía nada de distante ni de técnico: sencillamente sentía que se estaba cometiendo una dejación de nuestra obligación profesional. Trabajamos con adolescentes y ello exige formas muy especiales de orientar nuestro trabajo. Y si no lo sabemos hacer, o no nos apetece reconocer nuestras limitaciones, una posibilidad sería intentar conseguir otra ocupación, pero nunca inventar una condición discente adulta, desplazando su supuesta “indisciplina” al terreno de la responsabilidad moral. Sería algo así como si un médico que ante un caso de neumonía, como no sabe diagnosticarla ni tratarla, optara por decir que el paciente tiene un simple catarro y pretendiera curarla con jarabe y aspirinas.

A partir de este incidente volví  a recuperar una línea de reflexión que me viene pre-ocupando desde hace tiempo: ¿cuáles son las peculiaridades del comportamiento y del pensamiento adolescente, y de qué forma estas peculiaridades afectan a nuestra práctica docente? [digo afectar en un doble sentido:  como circunstancia que genera respuestas en los profesores (muchas veces irreflexivas), y como material consciente para la búsqueda de orientaciones didácticas adecuadas] El campo es amplísimo, y en una entrada anterior intenté aproximarme desde la perspectiva de la identidad adolescente. Ahora, en esta serie de dos entradas, propondré algunas pistas sobre la cuestión de la llamada “indisciplina” y su  relación con el ejercicio de la llamada “autoridad” docente.

Es frecuente el convencimiento de que, para la educación de los adolescentes, es imprescindible poner límites a sus comportamientos. Creo que en no pocas circunstancias esta idea suele significar una coartada para justificar el ejercicio arbitrario de la autoridad  (me refiero a la autoridad que se impone desde una posición de jerarquía o de poder, y no a la que se otorga por el valor de una persona y la calidad de sus conocimientos o de sus acciones)   La consigna de “poner límites” a los alumnos, o aquella, oída últimamente con harta frecuencia, de “recuperar la autoridad de los profesores”,  suele esconder  una  dificultad para reconocer errores propios, y eludir la obligación de argumentar razonablemente el porqué de las “medidas correctivas” que se aplican.

Es indudable que los límites son necesarios, especialmente en esta edad en la cual se vive un sinfín de posibilidades inéditas, y de capacidades cognitivas y emocionales acabadas de estrenar. Los límites delimitan el campo dentro del cual esas capacidades deben ser entrenadas y desarrolladas. Sin embargo, y creo que esta es la idea fundamental, los límites no deberían ser impuesto desde una supuesta autoridad docente, sino que habría que procurar que los propios alumnos los encuentren y reconozcan a partir de la experiencia reflexiva sobre las consecuencias de sus actos. La no imposición arbitraria de las normas implica sustituir el temor al castigo por el aprendizaje razonado y también crítico de las ventajas (o desventajas) de su cumplimiento.

Ahora recuerdo un incidente ocurrido hace un tiempo, protagonizado por una profesora que estaba de guardia y dos alumnas de segundo de bachillerato. El reglamento de régimen interno establece que todo alumno que llegue al Instituto pasado un cierto tiempo no puede entrar en las aulas y debe permanecer en la sala de guardia. Estas dos alumnas llegaron pasado ese tiempo señalado por la normativa y se encontraron con mi compañera  en la entrada, que les impidió entrar en clase. Se daban las circunstancias de que las dos alumnas tenían un examen a primera hora, que habían llegado tarde porque al quedarse estudiando casi toda la noche no escucharon el despertador, y que, además, se sabía que el profesor de la asignatura no pondría ninguna objeción para que las alumnas entrasen en el aula. En un momento en que la profesora se ausentó de la sala de guardia, las alumnas se dirigieron sigilosamente al aula, pidieron permiso para entrar a su profesor, y realizaron el examen con total normalidad. Ese mismo día recibieron la notificación de que habían sido amonestadas. El motivo: incumplimiento de la normativa del centro y desobediencia a la profesora de guardia. Esta medida fue vivida por las alumnas como una gran injusticia, y manifestaron de manera poco tranquila su enfado, lo cual no hizo más que agravar la situación.

Hasta aquí la anécdota. Se podría discutir la cuestión de la flexibilidad o la inflexibilidad que es conveniente tener en la aplicación de las normas, o sobre el significado y la necesidad de preservar la autoridad de los profesores del centro. Sin embargo, este hecho me llevó a reflexionar sobre la cuestión de dónde es necesario buscar la justificación racional de la aplicación de una norma. Pensé entonces en la dificultad de encontrar una racionalidad objetiva y universal en su propia aplicación: siempre o casi siempre —salvo en casos de univocidad evidente;  está prohibido fumar y alguien enciende un cigarrillo, por ejemplo— las normas son enunciados universales, pero que, a pesar de ello, su contexto de aplicación es siempre particular y está mediado por circunstancias diversas. Por esta razón, a los alumnos no les resulta difícil encontrar justificación para su incumplimiento, e incluso no llegar a tener conciencia de haber cometido infracción alguna, o afirmar directamente que la norma es claramente injusta y por lo tanto no está mal saltársela.

Nuestras alumnas de la anécdota habían llegado tarde porque se habían dormido por haber estudiado por la noche para un examen que debían realizar a primera hora. Además el profesor de la asignatura no ponía ninguna objeción a que se incorporasen al examen. Estas razones, desde su punto de vista personal, eran justificación suficiente para considerar injusta la posterior sanción, a pesar de haber infringido claramente una serie de normas.

En síntesis, se podría afirmar que la racionalidad de la norma debería buscarse, más que en los hechos que provocan su aplicación —puesto que su interpretación está sometida a la subjetividad de los intervinientes— en la necesidad previa de que exista la norma. Se podría decir: “Tus argumentos son razonables y tus motivos claramente atendibles; sin embargo, por un momento ponte en la posición de un espectador de lo ocurrido, y piensa en lo que pasaría si esta norma no existiera, o nadie la cumpliese”. Las resonancias próximas al imperativo categórico kantiano son evidentes, salvo que ahora lo importante no es tanto poner el acento en el deber (la necesidad de cumplir la norma por la norma misma) sino en el hecho de que la conciencia de la transgresión y la reflexión sobre su significado pueda tener un efecto real de aprendizaje.

Para que las discusiones con los alumnos lleguen a buen puerto se deberían dar una serie de condiciones, sólo posibles en un contexto escolar democrático:

  • Que los alumnos participen en el debate y la elaboración de las normas
  • Que los adultos tengan una actitud de escucha empática de las circunstancias expuestas por los alumnos
  • Que exista una actitud razonablemente flexible en la aplicación de la normativa
  • Que quien ejerce la autoridad (docente o directivo) tenga también la capacidad de reconocer el error si se da el caso.
  • Que el alumnado pueda ejercer el derecho de apelación cuando el diálogo no lleve a un acuerdo.

Pero, por sobre todas estas cuestiones, es necesario tener en cuenta que un rasgo común en la personalidad adolescente es la pronunciada dificultad para entablar un diálogo o una negociación sobre posiciones enfrentadas, si no hay conexión empática o emocional: por lo general los sentimiento pueden más que las buenas razones (naturalmente que siempre sin excluirlas)

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6 comentarios leave one →
  1. 04/05/2011 0:41

    Estimado Alejandro:

    Estoy de acuerdo en muchas de las cosas que planteas; sin embargo, en ese diálogo racional que habría que establecer para llegar a las normas justas creo que se te olvida algo importante, a saber:
    – Que todos/as deseen aclarar en serio qué es lo justo y no lo que les conviene.
    A veces los profes nos equivocamos, claro que sí. Pero, a veces, los alumnos y alumnas son egoístas y sólo buscan lo que les beneficia, no lo que debe ser. De ahí que a veces una se sienta estúpida al tratar de dialogar, razonar y convencer porque a veces no quieren eso, quieren sólo el 5 y todo lo demás les da igual incluso aunque los humillen.

    Abrazos, Montse

    • 04/05/2011 14:07

      HOla Montse,

      no es extraño que los alumnos busquen lo que les conviene, es para lo que la escuela les ha condicionado desde pequeños. La escuela es un medio que favorece el individualismo por encima de la cooperación y el bien común, fomenta la competitividad con su sistema de premios y castigos en forma de notas, elimina el pensamiento crítico y la propia motivación, etc, etc… Con todo eso hablar de alumnos egoistas parece la consecuencia lógica…Yo creo que lo que plantea Alejandro es una buena manera de empezar a revertir las lógicas consustanciales al sistema escolar e ir sustituyendolas por otras donde prima la propia responsabilidad sobre tus actos, en base a tus verdaderas motivaciones, donde prima lo colectivo y lo comunitario por encima de lo individual, donde no se premie la respuesta correcta sino la pregunta correcta,.. y los maestros (creo) tienen la responsabilidad de empezar dando ejemplo. El tema de la empatía ( o sea, ponerse en el lugar del otro) es fundamental para empezar.

      Saludos

  2. 04/05/2011 22:58

    A mí me pillas reflexionando sobre la vertiente autoritaria de mi acción docente. Me vale este post y me vale mucho.

    Porque es llamativo que coincida que este año estoy más autoritario con que esté recibiendo más presión autoritaria. Y no lo digo por descargar responsabilidad. Pero sí creo que un profesor tiene dificultades para generar entornos democráticos en centros no tan democráticos.

    Esto va más lento de lo que todos suponíamos, me temo…

  3. Grupo BEPAM (Universidad de Santiago de Compostela permalink
    06/05/2011 19:05

    Estimado Doctor Alejandro Sarbach,

    Nos dirigimos a Usted nuevamente el grupo BEPAM de la Universidad de Santiago de Compostela, con motivo de que estamos realizando actualmente un segundo trabajo sobre la formación permanente del profesorado. Para ello estamos elaboramos entrevistas a diversos agentes de la comunidad educativa. Nos complacería contar con su visión sobre este tema. Para ello convenimos que nos enviara su correo electrónico para hacerle llegar el formato de la entrevista.

    Gracias de antemano.
    Un cordial saludo,

    Patricia Da Silva Nieto
    Begoña Rasacado Bugallo
    Marisol Gallardo Merelles
    Ana Tarrío Martínez

  4. María permalink
    08/05/2011 13:09

    A través de la lectura de los diferentes comentarios al de Alejandro, constato lo de siempre, el ideal de la verdadera educación democrática y la realidad con la que nos topamos muchos en el sistema educativo en el que nos movemos. He estado en muchos centros diferentes y me ha ido también de manera diferente con los alumnos y el grupo directivo de los institutos en los que he trabajado. Con respecto a éste último no hay mucha diferencia pero con respecto al alumnado, si. Con algunos la relación ha sido estupenda, y he sentido eso de qué bien que me paguen por algo que me hace disfrutar y que haría gratis si pudiera vivir del aire. Otras, en cambio, cuanto más empática he sido pero me ha ido.Cuando me muestro más autoritaria, me va mejor. Simplemente, los alumnos se toman el aprendizaje más en serio, ser preocupan más . Claro que como he dicho antes, cada centro es distinto y ninguna generalización me vale. Estoy aprendiendo constantemente y lo que intento es no perder ni la fe ni la pasión en lo que hago.

  5. María Fernanda permalink
    09/05/2011 0:33

    Evidentemente l@s estudiantes van a comportarse en una primera instancia en forma egoísta y van a buscar su propio beneficio. Lo contrario sería raro. Son adolescentes, el ‘¡YO!’ está primero y, sí, una sociedad individualista al extremo ayuda un poquito, ¿no?. Gran parte de nuestro trabajo consiste en moverl@s de ese lugar y lograr que consideren la existencia de otros puntos de vista y otras necesidades que no son las de ell@s. La solidaridad y la empatía no surgen espontáneamente, se construyen. Cansa ayudarl@s a construirla (¡si lo sabré yo!). Igual es más cansador tratar con adult@s que nunca las construyeron y no tienen ni la más mínima intención de intentar construirlas. Si nos dedicamos al trabajo con adolescentes, más vale que vayamos tomando conciencia de esa importante tarea que nos corresponde.
    Ahora bien, respecto a si debemos ser @s o democrátic@s… Por un lado, no es lo mismo mostrar autoridad que ser autoritario. Se puede mostrar autoridad con bastante simpatía. Por otra parte, no creo que haya que ser muy democrático en el aula, aunque sí hay que enseñar a vivir en una sociedad democrática. Quizás suena feo, pero… en mi clase mando yo. Igual que los papás y mamás, que con sus niñ@s no deben ser ‘democrátic@s’ a riesgo de que sus retoños les terminen ‘caminando por encima del lomo’. Imaginen: “- A ver chicos, ¿qué prefieren? ¿Hoy estudiamos el imperativo categórico de Kant o se dedican a mandar mensajitos de texto toda la clase, eh?”

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