Skip to content

Cuando los estudiantes escriben

25/01/2011

1. Escribir para pensar

Platón, en su célebre narración del mito de Theuth, parece argumentar sobre los inconvenientes que comporta la acción de escribir. La escritura nos alejaría de la auténtica sabiduría, aquella que nace de nuestro interior, para convertirse en el registro exterior de un saber aparente, que finalmente se olvida. La literalidad del texto es enormemente provocadora: la memoria –que en Platón hay que entender como “reminiscencia”– está del lado de la reflexión y la sabiduría, es decir de la autonomía intelectual; y la escritura, de la “externalización” de algo que ya no es saber sino información, es decir, del registro pensado como auxiliar de la memoria, pero que no hace más que producir olvido –que en Platón habría que entender como “no-reminiscencia”, como el engaño de las apariencias. El texto dice así:

Pero, cuando llegaron a lo de las letras, dijo Theuth: “Este conocimiento, oh rey, hará más sabios a los egipcios y más memoriosos, pues se ha inventado como un fármaco de la memoria y de la sabiduría.” Pero él le dijo: “¡Oh artificiosísimo Theuth! A unos les es dado crear arte, a otros juzgar qué de daño o provecho aporta para los que pretenden hacer uso de él. Y ahora tú, precisamente, padre que eres de las letras, por apego a ellas, les atribuyes poderes contrarios a los que tienen. Porque es olvido lo que producirán en las almas de quienes las aprendan, al descuidar la memoria, ya que, fiándose de lo escrito, llegarán al recuerdo desde fuera, a través de caracteres ajenos, no desde dentro, desde ellos mismos y por sí mismos. No es, pues un fármaco de la memoria lo que has hallado, sino un simple recordatorio. Apariencia de sabiduría es lo que proporcionas a tus alumnos, que no verdad. Porque habiendo oído muchas cosas sin aprenderlas, parecerá que tienen muchos conocimientos, siendo, al contrario, en la mayoría de los casos, totalmente ignorantes, y difíciles, además, de tratar porque han acabado por convertirse en sabios aparentes en lugar de sabios de verdad.[1]

Creo posible reconocer una dimensión diferente de la escritura, sin por ello contradecir el juicio platónico. Es más, seguramente el propio Platón participó de esta visión opuesta, refrendada ya no desde su discurso expreso puesto en boca de Sócrates, sino desde su práctica vital: llevar su pensamiento al registro escrito, cosa que, por otra parte, sabemos que su maestro no hizo. Se plantearía entonces la disyuntiva entre la escritura como apunte de lo que otro dice, o bien como momento en el que el pensamiento encuentra la mediación necesaria para hacerse reflexivo; la escritura como medio de transmisión, o bien como vía de producción creativa.

Recuerdo un viejo amigo que hace ya mucho tiempo –cuando aún escribíamos sólo con plumas estilográficas o con bolígrafos– solía decir: el tiempo que transcurre entre la definición mental de una idea y su escritura es justo el necesario para producir una idea nueva. Con ello parecía afirmar que mediante la práctica de la escritura con frecuencia se recupera un saber que no somos consciente de poseer o que poseemos de manera implícita. (Sería justamente la idea opuesta a la desarrollada en el Fedro: la escritura no sería causa de olvido sino justamente de reminiscencia) Esto podría vincularse también con la perspectiva hermenéutica de Gadamer cuando nos dice que todo saber que se hace autoconsciente deviene un saber diferente: cuando escribimos algo, nos obligamos a pensar en lo que estamos pensando, y mientras lo hacemos surgen nuevas ideas.

Pero esto último no siempre ocurre así. Cuando se escribe al dictado, o para registrar lo que el docente quiere que los alumnos recuerden mediante los apuntes tomados durante una clase magistral, o cuando se escribe el resumen de un tema leído en un libro de texto para preparar un examen, o cuando se escribe durante un examen, en ninguno de estos casos el acto de escribir produce saberes nuevos. Por el contrario, tal como el Rey decía a Theuth, en todos estos casos se está escribiendo, mucho para olvidar y muy poco para aprender.

En nuestros Institutos de secundaria se utiliza principalmente el discurso oral (y desde no hace mucho tiempo también el audiovisual) para transmitir conocimientos. La escritura predomina en las actividades de evaluación, a la vez que se utiliza poco para la producción creativa. O mejor dicho, quizá sea la misma producción creativa la que está poco presente en nuestras escuelas e institutos. A esto se suma el hecho de que los docentes tampoco escribimos demasiado. Y si lo hacemos, el sentido de nuestra escritura es de alguna forma especular respecto de la escritura de los alumnos: ellos escriben para repetir lo que nosotros explicamos o lo que memorizan de un libro de texto, nosotros escribimos para ordenar y recordar aquello que tenemos que explicarles, que por otra parte tampoco suele ser de producción propia. En ambos casos se trata de una escritura destinada a la repetición y al olvido.

Suele ser una preocupación frecuente en el profesorado la dificultad que los alumnos tienen para expresar oralmente sus propias ideas –y ni qué decir de forma escrita–. Con la intención de ayudar a resolver en parte esta dificultad, cuando algún alumno manifiesta una idea, luego de haber concluido le pido por favor que vuelva a repetir lo que ha dicho, pero ahora intentando “mejorar la redacción” (Que hable enlazando sujeto, verbo y predicado, que relacione las diferentes ideas con conectivas adecuadas , que intente proponer en primer lugar sus puntos de partida y después sus conclusiones) Mientras desarrolla la “transcripción” de su discurso oral le voy ayudando, como lo podría hacer un apuntador en una representación teatral: en voz muy baja, sólo lo imprescindible, dando el pie nunca sustituyendo. Mi intención inicial es tan sólo mejorar la construcción del discurso hablado. Sin embargo descubro con frecuencia que, como resultado de este esfuerzo por “re-escribir” lo que se dice, aquello que finalmente expresa el alumno o la alumna suele tener un contenido nuevo; entonces procuro dejar constancia expresa de ello. Para que esta reescritura tenga este efecto reflexivo tiene que darse la condición fundamental de realizarse a partir de un pensamiento propio. Si lo es a partir de un texto (oral o escrito) que sólo reproduce un contenido externo se consigue mejorar en algo la sintaxis, pero prácticamente nada las habilidades de pensamiento.


2. Escribir para desvelar un secreto.

Hace ahora un par de cursos, un sábado por la noche (en realidad, ya domingo de madrugada) al regresar de una salida con amigos, entré en Internet y me encontré en el foro de la web de filosofía (un chat que compartimos para hacer debates sobre los temas que trabajamos en clase) una concurrida discusión sobre la existencia de Dios, la muerte y el sentido de la vida. Mi sorpresa se fue desplazando sobre varias cuestiones. Primero la pregunta de si en realidad estos chavales no tendrían que estar divirtiéndose con sus amigos, charlando de sus cosas o sencillamente durmiendo, dado lo avanzado de la noche. Luego me tranquilicé pensando que se trataba de una situación excepcional y seguramente poco generalizada. Sin embargo, hubo algo que me llamó la atención y que me hizo reflexionar: los participantes en el debate eran alumnos que habitualmente no hablaban mucho en clase, y las ideas que expresaban yo no se las había escuchado decir antes. La virtualidad de un foro se manifiesta en que el medio de expresión no deja de ser la escritura. Es verdad que se trata de una escritura muy próxima a la oralidad cotidiana; pero, de todos modos, la mediación de la escritura entre el pensamiento y su transmisión, aunque con una “distancia” muy corta, estaba allí presente.

Esta mediación se suele poner de manifiesto con una contundencia mucho mayor cuando se trata ya no de un intercambio “a tiempo real”, sino de una producción escrita, como puede ser la redacción de una investigación o simplemente de una reflexión personal. En estos casos la dificultad de los alumnos es muy grande. No suele gustarles escribir. “¡Profe…, no me sale nada!” dicen ante la hoja en blanco. O “¿Qué extensión debe tener el trabajo?”. Suelo responder que lo que importa es encontrar una buena idea para explicar, y que será esa misma idea la que nos pedirá una extensión determinada: no necesitamos de la misma cantidad de palabras para indicar dónde está la parada del autobús, que las que necesitamos para transmitir un sentimiento o convencer a alguien de las bondades de un proyecto. Alguna vez se me ha ocurrido comparar el inicio de una redacción con un bote de aceitunas: lo abrimos, lo ponemos boca abajo y no cae ninguna; sólo basta que saquemos una para que rápidamente caigan todas las demás.

Esa primera idea que debe caer para que salgan las demás debería ser muy propia, muchas veces de aquellas que no pueden decirse pero sí escribirse, que pertenecen al saber implícito o inconsciente y que necesitan de un cierto esfuerzo, también de un distancia y algo de soledad para reconocerlas. Una buena pregunta, una idea inconclusa, una paradoja, una provocación prudente, una narración inacabada, un texto que genere identificación, pueden ayudar para que esto ocurra. Como dice María Zambrano también se escribe para desvelar un secreto que la voz no puede decir.

Mas las palabras dicen algo. ¿Qué es lo que quiere decir el escritor y para qué? ¿Para qué y para quién?

Quiere decir el secreto; lo que no puede decirse con la voz por ser demasiado verdad; y las grandes verdades no suelen decirse hablando. La verdad de lo que pasa en el secreto seno del tiempo, en el silencio de las vidas, y que no puede decirse. “Hay cosas que no pueden decirse”, y es cierto. Pero esto que no puede decirse, es lo que se tiene que escribir.

Descubrir el secreto y comunicarlo, son los dos acicates que mueven al escritor.[2]



3. Escribir para compartir.

Muchas veces se escribe aquello que no se puede decir. Pero esta afirmación también tiene su reverso: se escribe y se escribe diferente cuando se hace para ser leído. Necesitamos que los demás se enteren de aquello que pensamos y que no podemos decir, pero también que nos digan lo que piensan. Esta situación se da con frecuencia en la relación dentro de los grupos de adolescentes. Sin embargo, como el recurso de la escritura suele estar ausente (a nadie se le ocurre escribir una carta a un amigo para expresar lo que no puede decir de viva voz), se acude a la expresión gestual o sencillamente a la incomunicación.

Posiblemente algo de todo esto esté cambiando a partir de la difusión de las nuevas tecnologías como medios de comunicación entre los jóvenes. Lo que sí es seguro es que el salto del “anonimato analógico” a la “difusión digital”, puede significar un auténtico incentivo para la escritura en los estudiantes. Si alguna utilidad pueden tener los blogs, foros, chats y redes sociales, tanto en los profesores como en los alumnos, es que mediante ellos todo lo que se escribe puede ser socializado, compartido, ser merecedor de devoluciones, enriquecido por aportaciones de otros lectores. El destinatario de aquello que los alumnos escriben ya no es el docente en exclusiva, ni su finalidad es conseguir su aprobación. Existe un destinatario colectivo que puede llegar a conformar una auténtica “comunidad de escritura”[3], formada por todos los pares del propio grupo clase o de otras clases u otros institutos. Destinatario que es capaz de devolver reconocimiento y generar construcción de identidades.

Don Finkel, en su libro que  ya he comentado con anterioridad, escribe lo siguiente:

Estos cambios alteran de verdad el ambiente intelectual en el aula. Toda la vida los estudiantes han escrito a sus profesores, y sólo a ellos. De repente se encuentran que están escribiendo para una audiencia más numerosa, una audiencia genuina: sus amigos y compañeros de estudios. Como son personas que participan con ellos en una indagación común, ellos son la audiencia a la que tiene sentido dirigirse; son sus colegas. Su preocupación por que la profesora apruebe sus escritos, naturalmente no desaparece; pero ahora se encuentra acoplada, y en cierto modo ensombrecida, por su igualmente seria preocupación por la recepción de sus ensayos entre sus pares. Estos colegas se comprometen a estudiar los mismos materiales y a pensar sobre los mismos problemas; sus juicios importan.


[1] PLATÓN, Fedro (275a).

[2] ZAMBRANO, M: Del artículo Por qué se escribe, Revista de Occidente, junio de 1934.

[3] DON FINKEL (2000) Dar clase con la boca cerrada, Universitat de València (2008) pp. 142/147

Anuncios
2 comentarios leave one →
  1. 31/01/2011 22:38

    Acabo de conocer su blog a través de Facebook y me parece muy interesante. Enhorabuena, lo seguiré.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: