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La niebla como metáfora

01/07/2010

Es posible que la reflexión propuesta en esta entrada no se corresponda del todo con el sentido que Néstor Alonso le ha querido dar a su como siempre genial viñeta, titulada “Niebla”. Sólo me permitiré comentar los recuerdos y sensaciones que me evoca dicho título, y que curiosamente se juntan con el ánimo vivido en estos días de final de curso. Una licencia que también tiene que ver con los calores estivales sobrevenidos de repente, y con que las perspectivas emocionales se permiten desplazar a la racionalidad utilitarista de programaciones y resultados.

Viví un año completo, hace ahora veintiséis, en la plana de Vic, comarca de Osona, en la Catalunya central (que algunos también llaman “profunda”). Entonces fue cuando, después de haber aprobado las oposiciones a una plaza de profesor de Filosofía en secundaria, me asignaron al Instituto Jaume Callís para hacer mi primer año como funcionario en prácticas. Aún recuerdo las explicaciones de inspiración algo freudianas que un joven colega decía haber encontrado para dar cuenta de muchas de las cosas que ocurrían en Osona. Se refería a un característico fenómeno meteorológico de la región,  la niebla ( la boira en catalán).

Uno de los efectos perceptivos de la niebla es la pérdida del sentido de la profundidad: cuando esa densa concentración húmeda, causada por la “inversión térmica” atmosférica, cubre pegajosamente todo lo que habita el valle, la distancia entre el sujeto y los objetos se disuelve,  creando una curiosa sensación de irrealidad. Pero el fenómeno no queda aquí: parece ser que el sujeto, en su resistencia a disolverse como tal, necesita mantener esa distancia. Y como la densidad de la niebla impide que el espacio se despliegue hacia el exterior, no tiene más remedio que replegarse hacia la propia subjetividad. Según mi joven colega, ésta era la causa de dos fenómenos tan frecuentes en las tierras vigatanas: el misticismo religioso de una sociedad en la que abundan los clérigos y las iglesias, y la depresión de una parte de la población, tan proclive, parece ser, a las fantasías suicidas.

[Un breve paréntesis, efecto inercial quizá del repaso para las pruebas de acceso a la Universidad que acaban de terminar. Descartes, cuando define la regla de la evidencia en el Discurso del Método (p.7), advierte que para iniciar el camino de la racionalidad, se habrá de aceptar únicamente como verdadero aquello que, a la luz de la razón, aparezca de manera clara y distinta, es decir evidente. La claridad sería aquella propiedad de una representación que permite la identificación de lo que algo es; la distinción, la que no permite confundirlo con otra cosa, es decir, determinar con certeza sus límites. La regla de la evidencia podrá ser aplicado a todo, menos así misma. Para justificar la no evidencia de la propia evidencia, Descartes necesitará demostrar la existencia evidente de un Dios que, en su suprema perfección y bondad, no le esté permitido engañar a sus criaturas. Argumentación viciosa que más de un alumno suele describir como manifestación de una densa niebla mental, efecto probable de un exceso de tiempo libre; y que yo más bien me inclinaría a vincular con las profundas transformaciones de las relaciones sociales y del pensamiento, ocurridas en una época que marcó el inicio de la modernidad. Dos maneras de explicar el racionalismo del siglo XVII, tan difíciles de conciliar, como lo son tantas otras perspectivas que alejan mi mirada de la de los adolescentes con los que convivo en el aula.]

Siguiendo con la cuestión inicial (y al margen de la consistencia que pudieran tener los comentarios de mi colega sobre la subjetividad de sus paisanos), bien podría considerarse la niebla como metáfora atmosférica de las transiciones. Nada puede sustraerse al cambio. Sin embargo, hay cambios tan profundos o decisivos, respecto de los cuales parece que no sólo no podemos sustraernos a ellos, sino que tampoco podemos evitar la conciencia de su despliegue. Y esto parece darse, sobre todo cuando estamos viviendo una transición: el paso de una era a otra diferente, una auténtica transformación o cambio de forma, una metamorfosis.

¿Por qué la niebla como metáfora? Porque cuando se dan estos períodos críticos, la claridad y la distinción cartesianas desaparecen. Porque, además, la ausencia de evidencia, tan propia de los mediodías despejados, provoca la necesidad de crear certezas subjetivas o, de lo contrario, sucumbir a la desesperación de la ausencia de referencias. Dos estados anímicos que suelen alternarse en los períodos de crisis: la euforia ante realidades y proyectos que por no ser más que emanaciones subjetivas no conocen de limitaciones fácticas, y la depresión que se hunde en la ausencia irremediable de sentidos.

El mundo educativo, o al menos una parte del mismo, parece que comienza a cubrirse por una densa niebla, a la que, con fina ironía, en la citada viñeta se identifica como “niebla 2.0”. Epifenómeno de una metamorfosis social inevitable, que incluye todas las formas de representación, de expresión y de comunicación; y también todas las estrategias de dominación o de exclusión.

Los contornos se desdibujan, y la presencia de recursos tecnológicos infinitamente poderosos nos permite soñar con un mundo de interacciones, en el cual todas las formas tradicionales de transmisión del saber, indudablemente en crisis, son sustituidas por  novísimos paradigmas. Todo se expande, o se silencia, o se construye, o se conecta. Y la euforia nos mantiene “subidos”, hasta que alguna arista irreductible nos hace tropezar, o sospechar que la confusión cartesiana entre la realidad del sueño y la vigilia no es muy sostenible. Las aristas de un claustro, de una sesión de evaluación extraordinaria, de una reclamación adolescente, en suma, y por suerte, de un final de curso.

La confusión nos hace libres; aunque también nos prepara, a fuerza de “morados”, para reconocer el determinismo de las evidencias que puedan sobrevenir cuando la inversión térmica se disuelva. Ahora sólo nos queda disfrutar de la euforia; y, cuando el desánimo nos invade, echarle toda la culpa a la densa niebla.

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4 comentarios leave one →
  1. MonVall permalink
    04/07/2010 17:38

    Qué bien traído el ejemplo, Alejandro!! Te felicito por tu claridad de mente! Comparto contigo la descripción de la situación educativa actual.

    Por cierto, vivo y trabajo en la Plana de Vic desde hace años y he oido las más variopintas explicaciones sobre el por què de la idiosincracia vigatana. Nunca antes había oido esta. Está bien eso de culpar a la niebla. Pero la realidad de Vic, como la de tantos otros lugares, es algo más compleja y necesita de unos cuantos matices. Algunos estudios sobre el vigatanismo así lo ponen de manifiesto.

    Saludos

    MonVall

  2. 11/07/2010 10:22

    Gracias Mónica, y disculpas por el retraso en contestar.

    Estoy de acuerdo que la realidad humana de cualquier lugar es mucho más compleja que una sencilla explicación “meteorológica”. Por descontado que no doy la menor credibilidad a las supuestas consecuencia de la niebla en la personalidad de los habitantes de la Plana. Sólo que la explicación de aquel antiguo compañero de instituto me hizo tanta gracia como para que después de 27 años aún la recuerde. Ahora surgió a partir de la genial viñeta de Néstor Alonso.

    A propósito de todo esto, también recordé un comentario de la jefa de seminario que tuve en el Instituto Picasso de Torre Baró, allá por el año 1989: “Alejandro, ¡qué idealista que eres!” Aquello no era ningún elogio, sino más bien una crítica en toda regla. Hacia referencia a mi tendencia a dar por real aquello que mejor se adecuaba a mis deseos o incluso a mi ideología. Aprendí mucho de aquella compañera, sobre todo a moderar esas euforias (y también depresiones) fruto de las dificultades para convivir con el mundo real.

    Creo que, siguiendo en la línea propuesta por la entrada, todo esto suele estar bastante presente en el mundo educativo, agudizado en épocas de cambio, tanto para bien como para mal.

    Un saludo, y seguimos…

    Alejandro

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