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Diario de clase (4): filósofos con peluca

30/04/2010

 

David Hume

 

Entre clase y clase Alberto volvió a preguntarme sobre la forma de llevar a la práctica aquellas orientaciones que comentamos la vez anterior: proponer en clase el trabajo sobre las referencias propias de los alumnos y, sobre todo, intentar articular discursos narrativos que permitan cargar de sentido –además de significado– a los contenidos, esto es, personalizarlos.

Alberto hace broma y dice: ¡es que ya no sé ni cómo explicar qué es una bahía o una península!

En ese momento recordé una clase anterior con uno de los grupos de segundo de bachillerato. Tocaba hacer un repaso de Hume dado que al jueves siguiente les pasaría un control de lectura del “Abstract”. Para ello se me ocurrió entrar en Internet y conectar mi portátil al televisor (en mi aula tengo conexión wi fi, pero aún no han instalado pantalla digital, ni video proyector) Entonces bajé una presentación sobre Hume, realizada por la profesora Concepción Pérez, que previamente había “embebido” desde Slideshare en la web de la asignatura.

Una vez más comprobé que con las presentaciones, al menos en mi caso, lo único que consigo es que los alumnos se aburran soberanamente, participen menos, y la centralidad de mi discurso quede totalmente fortalecida (en realidad habría que decir la centralidad del aparato) A veces pienso que, una vez pasado esta suerte de “sarampión TIC”, volveremos a recuperar las bondades de la tiza y la pizarra. Por supuesto que cada alumno tendrá su ordenador, pero de alguna forma habrá que limitar este impulso intrusivo y controlador que la tecnología refuerza en los profesores. Para ello se me ocurre la consigna: “el ordenador para los alumnos, para el profesor sólo pizarra y tiza”, o bien, “ordenadores sí pantallas digitales no”. ¿No serán las pantallas digitales la versión 2.0 de las antiguas tarimas? En fin…, que continúo (y que no me hagáis mucho caso).

Por suerte, en medio del sopor powerpointiano, apareció una diapositiva con las imágenes de seis filósofos, tres racionalistas y tres empiristas. Muy monos ellos, con sus pelucas empolvadas tal como se llevaban en aquella época. Risas generalizadas. Luego vinieron los comentarios: Hume en realidad es una mezcla de Núria la de Física y Carlos el de Naturales, Spinosa es igual que Monfort, el de Catalán, y tu profe te pareces a Descartes, pero sin peluca. Y así un buen rato.

Mi primer impulso fue a poner orden y continuar con el repaso. Sin embargo, enseguida intuí que quizá aquella algarabía podía ser de alguna manera reconducida y aprovechada. Es así como no sólo no interrumpí las bromas sino que yo mismo di mi opinión sobre las posibles semejanzas entre los ilustres filósofos y los miembros del claustro de profesores del instituto.

Pasado un rato hice la siguiente propuesta: por qué no intentamos buscar alguna relación entre los diferentes filósofos y ya no el aspecto de los profesores sino el contenido de las asignaturas que imparten. No fue difícil, por ejemplo relacionar a Descartes con las Matemáticas o a Hume con la Física, a Spinoza con la Geometría o con la Óptica y a Locke con la Psicología. El power point se había quedado congelado en la galería de retratos, y los alumnos estaban embarcados en una animada discusión sobre la conveniencia y los porqués de las posibles relaciones entre sus teorías y las diferentes asignaturas que se dan en el Instituto.

Una vez más, una situación imprevista y no muy “ortodoxa” me había salvado de seguir con una clase francamente aburrida. Y yo me sentí contento de haberlo podido aprovechar. Todo esto venía a cuento porque Alberto me decía que quizá era fácil inventar una historia para explicar lo que es una bahía o una península; pero cómo hacer para desarrollar una didáctica narrativa y construir “sentidos próximos” en el tema de, por ejemplo, las dinastías de los faraones o el crecimiento demográfico. Aunque no resulte muy elegante ponerse a sí mismo como ejemplo, le respondí que de manera casi fortuita creía que yo lo había conseguido con los filósofos racionalistas y empiristas: sólo a partir de pelucas empolvadas y profesores calvos.

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5 comentarios leave one →
  1. 01/05/2010 22:28

    ¿Sabes que yo tengo la misma sensación con el power point? De pronto la atención se centra en la proyección y los alumnos se quedan tan mudos y ausentes como ante cualquier conferencia o discurso que les es ajeno. Yo siempre hago muchas preguntas durante las clases, relacionando los temas con la vida cotidiana de cada quien, y eso como que rompe un poco el marasmo y los saca de onda porque como que ellos ya están hechos a la idea de que si hay power point va a ser bla bla bla del maestro y no tienen que mover ni un pelo. De hecho por mi lado también experimenté eso de que una sola imagen sacó más participación y cosas interesantes que todo un “choro” apoyado con un excelente power point.
    Algunos de mis alumnos traen su laptop a clase, normalmente aquí no se les permite, pues los maestros y directivos dicen que “se distraen”, pero yo si los dejo, pues creo entender que atienden más facilmente a lo que están escuchando mientras “hacen” algo y frecuentemente pasa que buscan en internet algo de lo que estamos hablando que no entendieron y lo comparten con la clase, haciendo más rica la clase, aun cuando también tienen conectado el msg y el fb… No sé, también soy de la idea de que vale más experimentar con situaciones “poco ortodoxas” que seguir con el sistema del maestro que “da” la clase… (bla bla bla, ya sabes).
    Ah! me rei mucho con la anécdota de los filósofos y sus pelucas…
    Gracias. Saludos.

    • 02/05/2010 10:27

      He vuelto a visitar tu sitio y a releer la última entrada sobre “Las aulas del siglo XIX en el siglo XXI” y veo que más o menos seguimos en la misma línea de reflexión.

      Todo un tema. Alumnos “socializados” en un modelo educativo cuestionado desde hace mucho tiempo pero aún vigente, y docentes también formados y reproductores de ese mismo modelo. ¿Qué sucede cuando alumnos y profesores nos ponemos a ensayar nuevos modelos? Tanto ellos como nosotros intentamos reproducir antiguos esquemas: los alumnos resistiéndose a desarrollar una autonomía creativa, y los profesores utilizando las nuevas tecnologías para reforzar más aún su posición de control.

      Creo que es inevitable, y también involuntario. Por ello me parece importante además de reconocerlo no culpabilizar a nadie. Ser conscientes de que es muy difícil cambiar y compartir en el aula esa conciencia.

      Aunque parezca un poco extraño yo intento a veces compartir con los alumnos la reflexión pedagógica y debatir con ellos aquellas cosas que favorecen o dificultan los aprendizajes.

      Los ya tradicionales, pero por esto no menos progresivos, modelos de “investigación-acción” deberían ser aplicados de manera cooperativa con los alumnos. Ya no sería sólo el docente quien investiga sobre su práctica, y a partir de ella retro-alimenta la investigación, sino docentes y alumnos, de manera conjunta, quienes compartes las dificultades y limitaciones para realizar aquello que también de manera compartida se proponen.

      Me parece que esto daría para seguir en otra entrada. ¿Nos animamos Ana?
      Un saludo.
      Alejandro

  2. Liliana permalink
    03/05/2010 1:29

    Hace poco entre en contacto con su Blog y sus anécdotas y comentarios me han sido muy útil. Muchas gracias por expresar tan claramnete mis ideas tan confusas.

  3. 03/05/2010 3:36

    Hola Alejandro!
    Muy, pero muy bien esa cintura!!! Tú disculpa que me meta con pocos elementos, solamente lo que publicas y el comentario de Ana Cristina. En mi pueblo decían al vaciar la tina, no tires al chico junto con el agua sucia.

    Las TICs son herramientas. Tú no clavas un clavo golpeádole con un destornillador, porque para eso es mejor el martillo. De la misma manera que es necesario construir un uso posible de acuerdo a la tecnología disponible (esto que Barbero define como tecnicidad), también es necesario presentar los contenidos de otra manera. Gramaticalizar pensando en que los pibes de hoy están atravesados por lenguajes transmediáticos.

    En tiempos deYouTube, ppt quizás, no sólo es el destornillador en lugar del martillo, sino que si el relato está construído con la lógica de la comunicación modelo Gutenberg, no hay modo de que no se aburran. De eso no es responsable la tecnología.

    En todo caso, es muy buena tu cintura para recrear y volver a ponerlos a ellos como sujetos en el centro de la escena. Toda la educación universal, como dice nuestro querido Rancière, está basada en la respuesta a la pegunta ¿qué piensas?.

    La tecnología no hará esa pregunta si los profes no la hacemos. La tecnología ayudará, si los profes la hacemos, a que los pibes la perciban más cercana a ellos. No importa si se trata de describir un fiordo o hablar sobre las isobaras… ¿no te parece?
    Un abrazo desde Rosario!

    • 03/05/2010 18:09

      ¡Hola Daniel!

      Además de estar totalmente de acuerdo contigo, tu comentario creo que permite precisar alguna idea de la entrada que, por su ambigüedad, puede llevar a malos entendidos. Está claro el caracter instrumental de la tecnología; y que ésta no puede formular la pregunta “¿qué piensas?”; pero por sobre todo, es incapaz de escuchar su respuesta.

      Respecto de gramaticalizar el discurso de manera “transmediática” para que los chicos no se aburran y entren en los contenidos, tengo mis dudas. Hay formas textuales de los jóvenes que a los adultos nos cuesta mucho adoptar. Esto no debería significar un inconveniente real si el esfuerzo está puesto no tanto en adaptar o modificar nuestro discurso como en permitir que se exprese libremente el discurso de los alumnos, en todas sus formas y con todas sus mediaciones.

      De esta forma es como la escucha, además de dispositivo didáctico facilitador, se convierte en un medio de aprendizaje para el docente. Aprendo de lo que me dicen los alumnos y de la forma en que me lo dicen. E incluso permito que ellos cuestionen o se rían con mis formas cervantinas o tipo gutenberg, aquellas que después de casi treinta años de trabajo escolar tanto me cuesta modificar.

      Con ello retomo el hilo de mi respuesta al comentario de Ana Cristina: quizá la clave de la innovación en el aula esté no sólo en hacer de los alumnos sujetos de sus propios aprendizajes, sino además en compartir con ellos la reflexión sobre la misma innovación. Son capaces de sintonizar con el lenguaje de las actividades de aula porque llegan a ser co-partícipes en su diseño y gestión.

      Seguimos y gracias!

      Un abrazo

      Alejandro

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