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Diario de clase (3): Aprender y estudiar

09/04/2010

Entrada revisada y corregida el 28/05/2012



Celia es una alumna de segundo curso de bachillerato. Es seguidora fiel de Carbonilla y, como se sienta junto a Héctor en la primera fila, a veces comentamos, antes de comenzar la clase, alguna cuestión relacionada con el blog, o con los comentarios de Facebook, o simplemente sobre lo que hacemos en nuestras vidas de cada día. También procuro en estos primeros minutos, mientras va llegando el resto, desplazarme y hacer lo mismo con otros alumnos.

Celia hasta ahora no ha puesto ningún comentario debajo de una entrada. Lo que si ha hecho fue enviarme por Facebook una reflexión sobre el sistema educativo, a propósito de la entrada Diario de Clase (2).  Todo lo que dice me pareció muy interesante, y por esto le pedí autorización para transcribirlo en una entrada.

Este fue el mensaje:

¡Hola Alejandro!

A veces leo tus reflexiones del blog y la verdad es que nunca te comento por falta de tiempo.

He leído tus experimentos pedagógicos y la verdad es que en clase, muchas veces me fijo en la distribución que haces de la hora que tienes con nosotros, así como de los ejercicios y de las rondas de intervenciones que nos propones.

Quería decirte que, muchas veces los alumnos no manifestamos nuestros pensamientos sencillamente porque no nos han enseñado a pensar, sino a estudiar. Muchas veces me pregunto por qué no hay más profesores que no sigan un temario estrictamente con la finalidad de que se estudie, sino de que se aprenda. Los alumnos tienen miedo (no me incluyo porque no es mi caso) a expresarse y a que su opinión sea rechazada por el resto, incluso por el profesor. El miedo al fracaso obstaculiza el aprendizaje y personalmente, creo que deberían enseñar a que ese miedo desapareciera porque no nos beneficia en ningún sentido, sino que nos perjudica. A veces pienso incluso, que es una pérdida de tiempo hablar porque la mayoría de las veces no se valoran nuestras opiniones, pese a ser escuchadas.

Además, muchos profesores valoran al alumno por sus resultados, no como persona y, por este tema he tenido varias discusiones con algún profesor, por haber juzgado y subestimado a un alumno por su falta de interés en su asignatura, por ejemplo, o por tener notas inferiores que el resto.

Pienso que hay muchas incoherencias en este sistema educativo y tendría que cambiar mucho para que la situación mejorara.

Sé que soy muy joven, pero en mi caso, he aprendido mucho más de la vida fuera de los centros que en las aulas.

Espero no haber sido demasiado pesada.
Un abrazo,

Celia.

Procuraré no modificar ni quitar nada de lo que Celia dice; sólo subrayar y comentar aquellas ideas que me parecieron especialmente interesantes; algunas de ellas leídas entre líneas.

Celia recupera lo que denomina mis “experimentos”: distribución del tiempo de clase, ejercicios, ronda de intervenciones. Aquí pone un punto y seguido. Luego intenta justificar por qué los alumnos no manifiestan su pensamiento.

Creo percibir que entre una frase y otra, escondidas en ese punto seguido, hay tres ideas:

  1. El reconocimiento de un cierto esfuerzo por parte de un servidor por facilitar le expresión del pensamiento de los alumnos.
  2. La comprobación de que ese esfuerzo no siempre tiene buenos resultados.
  3. La razón de ello puede estar en que las innovaciones (“los experimentos”) en parte no son exitosos por darse de manera aislada: les rodea todo un sistema, del cual formamos parte tanto profesores como alumnos, que nos lleva inercialmente a promover “el estudio” y no “el aprendizaje”.

Parecería que Celia no termina de aclarar qué diferencia hay entre estudiar y aprender. Incluso podríamos preguntarle para qué otra cosa estudiamos si no es para aprender; o si considera que son dos ideas opuestas o excluyentes, y en consecuencia deberíamos dejar de estudiar para poder aprender. Dejaré que sea ella misma quien, en otra oportunidad,  nos aclare estos interrogantes. Sólo agregaré una perspectiva personal que quizá podamos compartir:

Decir aprendizaje es decir mucho más que decir estudio. Estudiamos para aprender pero no siempre aprendemos estudiando. Aquello que caracteriza a los aprendizajes –y con ello no afirmo nada nuevo– son sus efectos, los cuales implican necesariamente la modificación de los comportamientos, es decir, de la propia persona.

Para que esto ocurra, un aprendizaje debe ser una auténtica experiencia vital:

  • El aprendiz es el protagonista efectivo. No puede haber aprendizaje si quien aprende es tan sólo un observador (o receptor) pasivo de contenidos. En este sentido el objeto de aprendizaje debería de alguna forma ser construido o producido por el propio aprendiz.
  • La experiencia ha de estar “teñida” emocionalmente de manera positiva. Cuanta menos indiferencia afectiva haya, mayor facilidad tendremos para aprender algo. Por descontado que la dificultad será máxima cuando esa “coloración” resulte negativa; como cuando se le coge manía a una materia (“… es que la filo se me ha cruzado”), o al profesor, o al entorno de trabajo.
  • Lo que se aprende no sólo debe ser comprendido, sino también tener sentido. Ya comentaba en otra entrada la diferencia entre significado y sentido. El significado es compartido y nos permite comunicarnos; en cambio el sentido es personal e intransferible. Se trata de aquella perspectiva, valor, o incluso utilidad que, desde las experiencias, intereses y afectos del aprendiz, éste reconoce e identifica en el objeto de aprendizaje.

Cuando los alumnos realizan un examen suele aprobar sólo aquel que es capaz de escribir significados correctos; naturalmente que también pone un sentido en lo que escribe, pero generalmente es un sentido mucho más próximo al del profesor que al suyo propio. Escribe aquello que el profesor desea leer, no lo que auténticamente él desearía escribir. Por ello suelen ser tan importantes los apuntes de clase: en el libro de texto podrá aprender significados, pero en los apuntes podrá incorporar el sentido del profesor o de la profesora. Con el libro de texto puede aspirar a aprobar, si complementa con los apuntes puede aspirar a notable o excelente. No obstante, en todo caso, aquel sentido que le es propio e intransferible suele quedar fuera de lo escrito, a riesgo de sacar menos nota o incluso de suspender.

Aunque Celia no haya terminado de precisar la diferencia entre estudio y aprendizaje, y yo me haya atrevido a agregar mi punto de vista al respecto, en las líneas siguientes de su mensaje esta diferencia emerge implícita: El estudio parece estar ligado al miedo y a la penalización, y el aprendizaje a la confianza tranquila que permite equivocarse sin temor alguno. Y aquí Celia pone la razón principal por la que muchos alumnos no se atreven a expresar sus propios pensamientos: el temor a equivocarse y a ser rechazado tanto por los compañeros como por el profesor. La penalización del error estaría vinculada al estudio, la pérdida del miedo a equivocarse sería una condición fundamental para el aprendizaje. (Se estudia para aprobar, pero quien decide el aprobado o el suspenso siempre es otro, no el estudiante. Se aprende para saber más, o para hacer o ser mejor, y esto sólo lo puede realizar el aprendiz)

Celia agrega una razón más para explicar la poca participación de los alumnos. Los profesores pueden llegar a escuchar lo que los alumnos dicen pero, por lo general, no lo reconocen y valoran. Detrás de ello –y esto soy yo quien lo agrega– se pondría de manifiesto una cierta “mercantilización” de la relación profesor-alumno: el alumno no vale por lo que es, por lo que desea o por lo que piensa, sino por lo que “produce”, es decir, por los resultados alcanzados; el profesor evalúa el rédito que obtiene de su esfuerzo (inversión) al transmitir un conocimiento que sólo él posee. Estudiar es ser capaz de responder repetitivamente  a ese esfuerzo. La nota mide cuantitativamente el volumen y la calidad de esa respuesta.

Al final de su mensaje, una magnífica frase sintetiza todo lo que muchos podemos querer decir cuando hablamos de aprendizajes informales invisibles, abiertos,ubicuos o expandidos: “Sé que soy muy joven, pero en mi caso, he aprendido mucho más de la vida fuera de los centros que en las aulas.” Por lo poco que Celia me ha contado de su vida personal parece ser que esto es verdad. Pero tanto en su caso, como en el de todos los demás alumnos, esos aprendizajes vitales quedan fuera, porque al Instituto se viene a estudiar. Es más, creo que en el Instituto suele no ser posible hacer otra cosa más que estudiar, o hacer como que se estudia, al menos durante las horas de clase.

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5 comentarios leave one →
  1. 10/04/2010 15:55

    “Porque cuando las escuelas se apartan de las condiciones educativas y eficaces del medio extraescolar, necesariamente sustituyen un espíritu social por un espíritu libresco pseudointelectual. Los niños van indudablemente a las escuelas para aprender, pero aún no se ha demostrado que el aprender se realice más adecuadamente cuando se hace de él un asunto separado conscientemente. Cuando se le trata de ese modo, tiende a eliminar el sentido social que prodece a participar en una actividad de responsabilidad y valor comunes, y el esfuerzo consagrado a un aprender intelectual aislado contradice su propio fin”.

    John Dewey, (Democracia y Educación) 1916

  2. 10/04/2010 16:23

    Gracias Josu por la cita. Me parece magnífica.

    Lo que hoy se plantea como un reto -hacer porosos los muros del aula- Dewey lo proponía en 1916!

    Un saludo

    Alejandro

  3. vicent permalink
    10/04/2010 19:36

    Celebro la oprtunidad que brindas para llevar la vida a la escuela. Esta entrada nos revela una práctica de ese aprendizaje informal, expandido… usable por Celia, por sus compañeros, por mi…El pensamiento expresado por una, interpretado por otro, sistematizado, evocado por una cita más. Un montón de conceptos sobrevuelan la historia para dotar de sentido las prácticas en el aula. Garcia Márquez decía que a los tres años abandonó su educación para ingresar en la escuela.
    Por otra parte, pienso que no es tarea fácil lo que llevamos entre manos, no está tan mal producir si lo que se produce son estas cosas, estas reelaboraciones, si uno se interesa por la calidad de lo que hace. Yo hablo de disponibilidad, de estar atento, de dar valor a lo que se hace, de una actitud amateur, en el sentido de amar lo que hacemos. En fin, no puedo sistematizar estas ideas del modo en que Alejandro lo hace pero agradezco mucho la oportunidad de que convivan con las suyas y con las de Celia, al producir este espacio.

Trackbacks

  1. Algo más que un curso… «

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