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Diario de clase 2: qué aprendí hoy

19/03/2010

Pensando en algunos intentos por modificar las dinámicas radiales y la distribución jerárquica del espacio, recuerdo ahora una experiencia realizada durante un curso en Psicología y Sociología, una asignatura optativa de 1º de bachillerato, con un grupo de unos veinte alumnos.

Cada día entraba en el aula y me sentaba en cualquier lugar que pudiera estar desocupado. En cualquiera, menos en el sitio habitual del profesor, es decir, de espalda a la pizarra y enfrentado a las filas de sillas y mesas de los alumnos.

Una vez que me sentaba, todos los alumnos modificaban sus lugares habituales, pero siempre lo hacían tendiendo a mantener la distribución radial; como si, aunque intentase alterar mi posición física no consiguiera modificar mi estatus de profesor y el rol asignado que de dicha posición se derivaba.

Lo que también hice algún día fue ponerme a conversar con cualquier alumno o grupo de alumnos escogidos al azar, mientras los demás seguían hablando libremente puesto que todavía no había dado la señal formal de comienzo de clase. Y en un momento determinado, desde el lugar donde estábamos situados mis interlocutores ocasionales y yo, levantaba un poco la voz e intentaba hacer partícipes a los demás de la conversación que estaba manteniendo en el pequeño grupo, dando por sentado que, aunque no hubiera habido ninguna indicación formal, el trabajo de clase ya había comenzado.

En otras ocasiones, luego de haber preguntado sobre si alguien había pensado una idea relacionada con lo tratado en la clase anterior, y recibir un comentario de algún alumno, he intentado convertir ese comentario en un posible tema de discusión. Entonces le he pedido al autor del comentario que realice la tarea de moderar el debate. Una vez aceptada la tarea, el alumno o la alumna pasaba al frente de la clase y yo me sentaba en su silla.

Pensando en todos estos intentos por “des-formalizar” el encuadre tradicional, ahora recuerdo una clase de hace unos diez días. Era la sexta hora, en un grupo de segundo de bachillerato. Tocaba explicar la Metafísica de Descartes. Los alumnos estaban manifiestamente cansados, después de haber soportado estoicamente cinco clases, no todas seguramente muy entretenidas. Bea hace de portavoz del grupo y manifiesta la dificultad que tiene para poder prestar atención a un seguramente somnífero rollo sobre la filosofía racionalista. No sin cierta ironía le pregunto que porqué, si el tema prometía ser muy interesante. A lo que Bea responde, esta vez imitando mi tono irónico, que ya habían aprendido demasiadas cosas nuevas durante esa mañana.

En ese momento se me ocurrió formular una pregunta a todo el grupo, sin pensar que finalmente se convertiría en la actividad de la clase de ese día. ¿Qué habéis aprendido durante la mañana de hoy? Las respuestas fueron múltiples, dichas todas a la vez, mezcladas con bromas y digresiones varias, en suma, un concierto de voces ciertamente ininteligible. Entonces pedí un poco de atención, esperé en silencio, interrumpido sólo con la mención de algún que otro alumno que se resistía a detener el bullicio. Cuando finalmente todos más o menos habían callado escribí en la pizarra la siguiente frase incompleta: Esta mañana he aprendido…

Seguidamente propuse lo siguiente. Cada alumno en un hoja en blanco podía completar esta frase explicando lo que consideraba más importante entre todo lo que había aprendido durante la mañana. Podía ser un contenido de alguna asignatura, pero también podía ser el resultado de alguna experiencia tenida fuera de clase, en el patio o en los pasillos, al desayunar o al coger el autobús para venir al Instituto. Transcurridos unos diez minutos cualquiera podía comenzar a leer lo que habían escrito y, una vez finalizada su lectura, podía señalar a algún otro alumno para que explicara su aprendizaje de esa mañana. Y así hasta que todos los participantes hubieran leído sus respectivas experiencias.

Antes de comenzar propuse dos cosas: que mientras iban leyendo, cada uno escogiera lo que había dicho otro compañero para que, en una segunda ronda, le pudiera hacer una pregunta sobre por qué creía importante ese aprendizaje, o cualquiera otra aclaración que considerase pertinente. Lo segundo fue preguntarle a Bea, que había sido la portavoz del grupo cuando en el comienzo de la clase expresó su desgana para iniciar el trabajo, si le apetecía hacer de moderadora durante el desarrollo de esta actividad.

Lo que inicialmente pensé como un pequeño ejercicio para distraer y relajar al grupo, se convirtió en un trabajo de diálogo colectivo que duró toda la clase. Dedicamos los últimos minutos a responder a la pregunta ¿Qué hemos aprendido en la clase de hoy?

Algunas observaciones que me llamaron la atención:

  • El cansancio y el tedio inicial de esa sexta hora de clase se convirtió en participación animada y divertida.
  • La mayoría de los aprendizajes comentados se refirieron a cuestiones que tenían que ver con las relaciones personales o con circunstancias vividas fuera del aula, muy pocas al trabajo de clase.
  • Entre estas pocas, casi todas hacían referencia a críticas a los profesores o a dificultades vividas en algunas asignaturas.

Percibí en ese momento el mundo propio y personal de los alumnos como una corriente dinámica y desordenada que corría por fuera de las aulas; y dentro de éstas, un mundo ordenado y ajeno, que transcurría lentamente entre el timbre de entrada y el timbre de salida.

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12 comentarios leave one →
  1. Emilio permalink
    19/03/2010 20:07

    Me llama especialmente la atención con que claridad se produce eso que alguna vez has denominado “pedagogía del imprevisto”. Atinar en la dirección, y en la detección del momento, quizá nos aproxime a un “intersticio” provocado, y al potente resultado que puede surgir al reflexionar sobre lo que “la clase” expresa en ese momento. Debería ser una herramienta didáctica tangible, reconocida y de uso próximo. Gracias Alejandro.

    • 21/03/2010 10:00

      Estoy de acuerdo Emilio. Habría que pensar quizás en todas aquellas cosas que impiden que la “pedagogía del imprevisto” sea una herramienta “tangible, reconocida y de uso próximo”.

      Las más de las veces la preocupación excesiva por la transmisión de contenidos, el cumplimiento de una temporalización estricta o la aplicación de ejercicios de evaluación cuantitativa nos distraen de tal manera, que momentos que pudieran tener una enorme riqueza didáctica ocurren en aula y no nos podemos percatar de ello.

      Como tu bien dices, y permíteme que lo repita: la cuestión sería ser capaz de “atinar en la dirección y en la detección del momento“, aquel que nos aproxime “a un intersticio provocado, y al potente resultado que puede surgir al reflexionar sobre lo que la clase expresa ese momento”.

      Un besico

      Alejandro

  2. 20/03/2010 1:09

    Hola Alejandro,
    Se trata de una experiencia que me ha despertado inquietudes mientras la leía.
    En cuanto a la distribución del espacio, me parece adecuado lo de la distribución radial, invita a una mayor interacción entre los presentes en clase. Creo que varios la practicamos, aunque a veces no se puede hacer.
    Lo del surgimiento del tema de la clase partiendo de una de las conversaciones que tuviste con algunos de los estudiantes muestra algo que uno de los comentaristas del blog menciona como la “pedagogía del imprevisto”. Me gustaría saber más sobre ese tipo de pedagogía y de sus fundamentos.
    Por otro lado, la clase sobre la metafísica de Descartes no fue tal, sino una especie de reflexión grupal sobre las inquietudes y experiencias vitales de los estudiantes. ¿Me imagino que el tema se desarrolló en una siguiente clase o la idea es que los temas vayan desarrollándose espontáneamente a partir de las condiciones de los estudiantes? Si es así, entonces, ya no habría un programa a desarrollar ni tampoco un plan de clase.
    Saludos
    Wilbert

    • 21/03/2010 10:53

      Hola Wilbert.

      Antes que nada no quiero dejar pasar más tiempo sin agradecerte tu seguimiento atento de mis entradas y manifestar todo lo que tus observaciones me enriquecen.

      La entrada que comentas, como habrás vista, la he integrado en una categoría llamada “Diario de Clase”. Esto hace que deliberadamente su contenido intente reflejar tan sólo vivencias tenidas durante las clases o vinculadas a ellas, y no respondan a la intención de formular propuestas u orientaciones concretas.

      En este caso mi intención fue narrar algunas situaciones en las que, de una manera un tanto espontánea, he intentado modificar la gestión habitual del espacio y de las posiciones en el aula, intentando ver cómo se podrían promover formas que son más bien propias de los aprendizajes informales. Naturalmente que, a partir de aquí, sería pertinente valorar la conveniencia de ello y en qué condiciones.

      En cuanto a la cuestión de la llamada “pedagogía del imprevisto”, se trata tan sólo de una actitud o de una “sensibilidad” que nos permita reconocer momentos de gran riqueza didáctica y que suelen darse en los márgenes de las programaciones previstas.

      Esto no quiere decir que haya que abandonar los programas y los contenidos (de hecho a la clase siguiente trabajamos sobre la metafísica racionalista, pero entonces comenzamos relacionando la experiencia de pensar sobre nuestros propios aprendizajes con el cógito cartesiano).

      Más bien se trataría de mantener una no siempre fácil tensión entre lo previsto (aquello que manda la institución) y lo imprevisto (que generalmente suele estar más próximo a la naturaleza del pensamiento filosófico). [ver entrada “Sobre contenidos y planificaciones”]

      Un abrazo

      Alejandro

  3. 20/03/2010 13:34

    ¡Hola Alejandro!

    Lo primero es antes, jejeje… ¡¡¡Encantado de conocerte!!! 🙂

    Y lo segundo, me ha impactado el paralelismo con una de las materias que este año me ha tocado: se llama Proyecto Integrado y es una asignatura de una hora semanal (snif!) del currículum andaluz. Yo la he dedicado a que elaboren un proyecto emprendedor personal, alimentado por los aprendizajes de aula. A que intenten sacarle partido para su futuro profesional a lo que están dando, vamos!

    Y…

    ¡Sorpresa! Coincido contigo plenamente. No consideran útil casi nada formal y la mayor fuente es la informal. No porque no sea válido lo curricular, no, sino por el contexto en el que se produce el aprendizaje. Dice el alumnado que su trabajo es acumular información en las clases, no aprender. Que aprender es algo que harán en el futuro (a lo mejor en su casa, estudiando, o en cursos superiores, o cuando lleguen al trabajo…). Pero casi nadie, después de un dos trimestres de materia, cree que la escuela sea un lugar para aprender directamente. En todo caso, para acumular.

    Y eso que tengo muchos compañeros que creen que enseñan mucho y muy bien, puesto que los alumnos sacan buenas notas…

    Lo que hemos hecho, entonces, ha sido tratar de modificar la idea original. De proyecto emprendedor a PLE. Es decir, a cómo sacar provecho de lo que reciben. A cómo convertirlo en aprendizaje. Y aprendizaje permanente, ¡ojo! Con tIC y si tIC (ya sabes, las minúsculas, jejeje…). Un descubrimiento que el alumnado ha hecho, y que sí les ha impactado, es que para aprender han tenido que desaprender (al menos, cosas técnicas, como el cómo estudiar, etc.).

    Y en esas estamos… 🙂 A ver qué cae en el tercer trimestre.

    Veo completamente paralelo lo que te ocurrió en tu clase con lo que voy descubriendo yo…

    Por cierto. Me encanta cómo has dibujado la clase. Creo que es preciso no sólo contar los productos, sino también qué pasa por la cabeza del docente cuando actúa de un determinado modo. ¡Me has teletransportado a lo Star-Trek!

    Montón de gracias por el post y felicidades por esa clase y por muchas más que habrá por ahí, seguro!

    ¡Seguimos!

    • 21/03/2010 11:14

      Apreciado José L.

      Yo también estoy encantado de poder compartir contigo ideas y experiencias, tanto aquí, en tu blog o en Twitter.

      Te comento que, un poco al pasar, menciono en una entrada anterior la asignatura que tenéis en Andalucía llamada “Proyecto Integrado”, y que parece tener muchos puntos en contacto con el “Treball de Recerca” de Catalunya.

      Me ha sorprendido positivamente la valoración de los alumnos respecto de que su trabajo es acumular información, no aprender, y que aprender es algo que realizarán en un futuro [no se dan cuenta que ya lo están haciendo, muchas veces a fuera o a pesar del Instituto] ; y también lo de que para aprender hayan tenido que “desaprender” muchas cosas.

      No se si me has “tele-transportado”, pero lo cierto es que con tu entrada me ha dado un subidón de entusiasmo.

      Un abrazo.

      Alejandro

      • 21/03/2010 19:30

        Mi objetivo del tercer trimestre es poder contar(me), en el estilo que tú has logrado estupendamente. Estamos con un proyecto de investigación en esa línea (casos de aprendizaje), con gente de la Universidad de Almería. En cuanto tengamos productos te lo haré saber.

        El entusiasmo es también por aquí, eh? 😉

  4. 20/03/2010 14:08

    Querido Alejandro,

    Llevo años realizando algunas de las “tácticas” que comentas, tanto en las clases de Tutoría como en las de Tecnología, estas clases “amapola” me sirven para romper hielos, retomar caminos, introducir temas extracurriculares… pero siempre me han planteado varios inconvenientes, por un lado dejo de “impartir” los contenidos curriculares que tenía previstos para esa clase y por otro lado siempre “saltan” algunos alumnos con divagaciones alejadas de cualquier tema concreto con la intención (no manifestada, pero sí manifiesta) de “perder” horas de clase.
    He de reconocer que prefiero estas clases informales en las que introduzco generalmente temas de actualidad, pero también veo que según en qué materias se pueden utilizar en en según qué otras no.

    Salutacions.
    Lluís Tomàs.

    • 21/03/2010 11:27

      Querido Lluís Tomás,

      Efectivamente, soy totalmente consciente de las dificultades que comporta aventurarse por caminos algo alejados de las rutinas establecidas.

      En el caso de mi asignatura, que es Filosofía, a pesar de los inconvenientes, me parece imprescindible hacerlo. La contradicción entre el adn de la actividad filosófica y dar clases al dictado, o incluso de una manera más o menos dinámica, pero siempre transmisiva, me parece demasiado grande.

      También entiendo que el contexto institucional y nuestra propia formación como docentes nos pone muy difícil salvar esta contradicción. No obstante me parece importante ser conscientes de ello, contener lo contradictorio de nuestras prácticas y aprovechar todas las oportunidades que tengamos para generar autonomía y creatividad en los alumnos. Aquello que se suele llamar “empoderamiento”.

      Por cierto, lo de clases “amapolas” me ha resultado muy divertido.

      Salutacions molt cordials.

      Alejandro

  5. 21/03/2010 17:53

    Hola Alejandro,
    A ti las gracias por compartir las reflexiones y experiencias de la enseñanza filosófica, eso nos permite nutrirnos y pensar sobre mejoras en nuestras prácticas docentes.
    En este caso, creo que la idea de la introducción de la improvisación es atractiva, pues se hace necesaria en algunas de las variadas situaciones de aula, a veces una idea o estrategia no preparada resulta más productiva que una previamente plantificada.
    Seguiré atento a los aportes.
    Saludos
    Wilbert

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