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Diario de clase 1: sentido y significado

05/03/2010

Alberto es una de esas personas que da gusto tener como compañero de trabajo. No lleva mucho tiempo en la profesión docente y, sin embargo, parece moverse con naturalidad y eficacia en el enjambre de relaciones en que este trabajo nos sumerge. No he presenciado nunca ninguna de sus clases. Sin embargo, a tenor de su actitud general, no me resulta difícil intuir cuál es su estilo. Sabe escuchar, generalmente está alegre, sus comentarios sobre los alumnos suelen ser positivos y, sobre todo, muestra una gran curiosidad y deseos de aprender de la experiencia de los demás.

Junto a siete profesores más, Alberto y yo compartimos el Departamento de Sociales. Hoy, antes de que sonara el timbre, me mostró unas hojas en las que sus alumnos de segundo de la ESO habían escrito lo que pensaban sobre la forma de hacer sus clases y sobre la asignatura de Geografía en general. Luego de leer algunas le comenté que me parecía muy  importante conocer lo que pensaban los alumnos sobre cómo hacíamos nuestro trabajo y sobre nuestra asignatura. Sin embargo creía, agregué, que podíamos dar un paso más.

Alberto había permitido –lo que no es poco- que los alumnos expresaran lo que pensaban sobre su trabajo y sobre la materia. Sin embargo, en este esfuerzo por promover la expresión del pensamiento de los alumnos, la figura del docente seguía ocupando el centro: les estaba preguntando sobre lo que pensaban, pero no lo que pensaban sobre sus propios pensamientos.

Enseguida Alberto manifestó interés por lo que acababa de decirle, y pidió que me explicara un poco mejor. Estuve un momento en silencio, sin saber muy bien qué contestarle: no era cuestión de dar una conferencia en ese breve tiempo de descanso que tenemos entre clase y clase. Se me ocurrió entonces un ejemplo muy sencillo.

Supongamos que tienes que explicar accidentes geográficos, por ejemplo, qué es una bahía y qué es una península. Podrías exponer una definición precisa, semejante a la propuesta por el manual, luego buscar ejemplos y, finalmente, hacer un ejercicio práctico que consista en dibujar un mapa. Pero también podrías hacer algo diferente: decir a los alumnos que seguramente ellos ya saben lo que son estos accidentes, y que ahora se trata de escribir una historia, un sentimiento o alguna otra idea que aparezca en sus mentes asociadas a las palabras “bahía” y “península”. Podrían escribir lo que se les fuera ocurriendo en sus libretas, no más de diez o doce líneas. Luego leer y comentar los escritos de cada uno. Mientras tanto podrías ir apuntando algo de lo que se fuera diciendo en la pizarra, y agregar al lado el nombre del alumno o la alumna que lo ha dicho.

[Ciertamente que si contáramos con una pantalla digital, y cada alumno con un portátil conectado a Internet, utilizando Twitter, todos podrían compartir en tiempo real aquellas ideas que las lecturas de sus compañeros les fueran sugiriendo. A continuación me invento una historia]

Narración de un alumno Supongamos que un alumno lee algo así: Las palabras “bahía” y “península” me recuerdan unas vacaciones de hace unos tres veranos en la playa. Íbamos con mis padres a bañarnos a una bahía en la que había muy poca gente y el agua estaba muy limpia y tranquila. Un día decidí dar un paseo. Tenía curiosidad por ver qué había en el extremo de la bahía. Luego de caminar un buen rato llegué a una península formada por una gran roca que se sumergía en el mar sin que hubiera a su lado nada de arena. En lo alto de la roca había un faro que durante la noche aún se encendía y cuya luz alcanzaba a divisar desde la pequeña casa que habíamos alquilado.

El alumno entonces se queda en silencio. No ha escrito nada más, aunque quienes le escuchabais tuvisteis la impresión de que la historia no había terminado. En lugar de pedirle que defina lo que es una bahía o una península, a partir del ejemplo que ha puesto, tú lo animas a que continúe con la historia. Te responde que no tiene nada más que contar. Entonces le dices que no es importante que lo que cuente realmente haya sucedido, que intente imaginar un final para su historia.

Luego de un momento continúa: En el faro vivía un señor mayor que justo cuando me acerqué estaba pescando. Mi primera reacción fue la de marcharme por temor a molestarle, pero el señor sonrió y me preguntó si sabía pescar. Le dije que no. Entonces, sin ahorrar detalles, me explicó cómo lo hacía, indicando los elementos que necesitaba y los pasos que debía seguir. Cuando regresé nuevamente con mis padres les conté lo que me había sucedido. Con su ayuda monté un pequeño equipo de pesca y me inicié en una actividad que me mantuvo ocupado el resto de las vacaciones.

Le pides finalmente que intente sacar una conclusión de su relato: Las penínsulas sirven para pescar porque se adentran en el mar, y éste se hace profundo enseguida, cosa que no ocurre si nos ponemos a pescar desde una bahía. Además, las personas cuando no están en la ciudad o están de vacaciones parecen más amables.

Luego de esta experiencia narrativa, continué diciendo, seguramente que los conceptos que se habían propuesto fueron integrados de una manera mucho más consistente y especial que si se hubiera transmitido una definición y luego se hubiera ordenado hacer un mapa.

¿Por qué lo crees?, me preguntó Alberto. Le respondí que de esta forma  habría conseguido convertir un contenido expositivo en un saber narrativo: En las narraciones, aunque los significados puedan ser ajenos u objetivos, al integrarlos el narrador en una trama, se los apropia. Además de aprender su significado, les encuentra un sentido.

¿Qué diferencia hay entre significado y sentido?, me preguntó Alberto. El significado es aquello que compartimos y que permite comunicarnos, el sentido en cambio sería algo así como una “coloración” que, de manera personal e intransferible, le damos al significado. El sentido es una construcción subjetiva que utiliza de manera privilegiada los materiales emocionales o estéticos que el entorno experiencial nos provee.

Pero también, agregué, en la realización de esta experiencia, el alumno habría conseguido algo más: pensar en su propio pensamiento, ejercitar la experiencia auto-consciente de pensar. El punto de partida no fue explicar un par de accidentes geográficos o pedirles a los alumnos que lo hicieran después de haber leído el libro de texto. Se habría partido del supuesto de que ellos seguramente algo ya sabían sobre la cuestión, y se les propuso que escribieran o que explicaran no lo que sabían, sino las ideas, los recuerdos o los sentimientos,  que el hecho de pensar en lo que ya sabían podía suscitarles. Naturalmente que al convertirse esta experiencia en algo compartido con los demás compañeros esta dinámica narrativa y creativa podía enriquecerse notablemente, pudiéndose desarrollar algo así como una “geografía filosófica”. [Que bien pudiera ser una biología o una física filosófica]

El timbre ya había sonado y yo tenía que entrar en una clase de segundo de bachillerato para explicar la filosofía empirista de Hume. Con el contenido de la charla mantenida con Alberto aún en mi mente entré en el aula preguntándome de qué forma podía convertir la “crítica a la idea de causalidad como conexión necesaria” en una experiencia de auto-conciencia narrativa. Debía ser lo más claro posible y no entretenerme demasiado porque la semana que viene son los exámenes trimestrales y es importante cumplir con la programación si pretendía que los alumnos fueran bien preparados a las pruebas de acceso a la universidad.

La institución educativa no sólo permite a los alumnos expresar los pensamientos propios únicamente entre clase y clase, en los pasillos, en los “intersticios”; también lo hace con los profesores. Aunque en nuestro caso, quizá debamos preguntarnos si  aquello que nos lo impide hacerlo en el aula no será también todo lo que de la institución llevamos dentro. Los profesores nos hemos socializado de una determinada manera, actuamos en consecuencia, y nos cuesta bastante modificar nuestra práctica docente.

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6 comentarios leave one →
  1. Yo también quiero un profesor así. permalink
    25/09/2013 20:51

    Hola, he encontrado este enlace por “casualidad” en la red mientras buscaba la diferencia entre significado y sentido, y vaya ¡Qué sorpresa! Primero, gracias y segundo que me ha gustado bastante entrada.
    Pienso que nunca viene mal dar ánimos.
    Sasha C.

  2. Francis Meyer. permalink
    29/01/2014 15:59

    Soy docente de filosofía del nuevo colegio del prado, y los temas de mis clases siempre las asocio a la praxis de manera tal, que sean los estudiantes quienes encuentren el significado. éste es el que le da sentido a la cosa en sí.

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