Skip to content

Elogio de la Metamorfosis

18/01/2010

Entrada revisada y corregida el 16/02/2012



Un sugerente y ciertamente optimista texto de Edgar Morín, publicado en el diario El País, del domingo 17 de enero, nos propone la figura de la metamorfosis (frecuentemente ejemplificada en la oruga que se autodestruye para convertirse en mariposa) para representar las transformaciones que se están dando en el mundo de hoy.

Subrayo las siguientes ideas:

  • La degradación progresiva de un sistema puede revertirse en la emergencia de un nuevo metasistema.
  • Este es un proceso complejo y simultáneo de expansión y de contracción (lo global se transforma desde el retorno a lo próximo);
  • La radicalidad de la noción de “metamorfosis”, a diferencia del concepto de “revolución”, reside en que la transformación es inseparable de la conservación
  • Las transformaciones supondrían una suerte de “dialéctica orgánica” en la que se superpone continuidad y discontinuidad

Este marco teórico general me llevan a repensar la crisis de las instituciones educativas y de las prácticas profesionales de sus agentes (alumnos, docentes y gestores). En una entrada anterior me refería a ello sugiriendo, de una forma quizá un tanto extrema,  el carácter fallido de los institutos de secundaria. Crisis que se manifestaría, por ejemplo, en la pervivencia de formas tradicionales de aprendizaje y de convivencia escolar, y a su vez en una acelerada difusión de nuevas tecnologías educativas, las cuales, en su aplicación, pondrían en cuestión esas mismas formas.

Se podrían reconocer numerosos antagonismos que posiblemente sean síntoma y a la vez propulsores de ese proceso de metamorfosis que puede estar gestándose en los diferentes ámbitos educativos. Pienso en los siguientes ejemplos:

  • El altísimo nivel que algunos alumnos llegan a tener en competencias digitales, el cual supera con creces el nivel de muchos docentes, y a quienes, no obstante, deben escuchar disciplinadamente en sus clases.
  • Docentes que utilizan las nuevas tecnologías en sus gestiones personales, pero que a la vez tienen serias dificultades para su incorporación didáctica de forma innovadora en el aula; o que si las incorporan lo hacen para reforzar formas tradicionales de enseñanza o posiciones de hegemonía y control sobre los alumnos.
  • Alumnos que viven experiencias de aprendizajes autónomos por fuera del ámbito escolar gracias a la utilización espontánea de las nuevas herramientas digitales, y que al mismo tiempo participan disciplinadamente de dinámicas académicas transmisivas, desarrolladas en un lenguaje que por lo general les resulta ajeno.
  • Institutos que aplican las TIC para la gestión administrativa del centro, e incluso para la circulación de la información, pero que no incorporan en el debate y las programaciones didácticas la utilización de estos mismos recursos.
  • Desarrollo de experiencias colaborativas y en red con un gran valor pedagógico, dentro de un contexto educativo general de trabajo individual, competitivo y dependiente.

Regresando a la perspectiva propuesta por Morín y sobre todo recuperando su posición positiva y optimista, creo que este conjunto de antagonismos, síntomas de una institución con claros problemas de supervivencia, pueden ser muy bien anticipos de nuevas realidades en el mundo de la enseñanza y los aprendizajes. Claro está, que como todo proceso de cambio, éste puede ser promovido o dificultado. Las declaraciones políticas de estos últimos días sobre el “pacto educativo” no resultan muy alentadoras en este sentido.

Fuente: MORIN, E. Elogio de la Metamorfosis

Anuncios
6 comentarios leave one →
  1. joaquim permalink
    18/01/2010 23:03

    hola profe, me he leido el articulo y si me permites dar mi aporte, yo añadiría un punto de desorientación por parte de algunos alumnos, como fue mi caso, que llegamos al batxillerato desinformados y sin metas, desde otro sistema educativo, el de la ESO, en el que nadie te asesora ni te dice que se te podría dar bien con tus capacidades, puede que ahora que hay tantisimas carreras y tantisimas direcciones que tomar, el sistema educativo deberia plantearse tambien el orientar y enseñar a los alumnos que direccion tomar.
    un saludo 🙂

    • AS permalink*
      18/01/2010 23:38

      Totalmente de acuerdo Quim. Gracias por el comentario, y me alegra mucho tenerte por aquí. Un saludo.
      Alejandro

  2. 19/01/2010 13:11

    Carbonilla querido, leí los conceptos de Morín, están muy bien. Al respecto, o mejor dicho, sobre el tema, Horacio González, teórico de la comunicación y la política que en este momento ocupa el sillo de Jorge L Borges en la Biblioteca Nacional, tiene un libro escrito sobre ese tema, se llama “La crisálida” y habla de la la metamorfosis y la dialéctica como dos concepciones, como dos tradiciones, una más juguetona y amorosa, la otra más trágica y duelista. Te recomiendo el libro, pero como sé que no vas a andar por el culo del mundo hasta junio te paso la reseña que hice en la antigua y querida Revista Lore. Un abrazo, fer

    La crisálida de H.G.
    Desde la portada, en que por obra y gracia de un diseñador lógico –pero no por ello menos intuitivo– una variopinta mariposa sobrevuela las tensiones potenciales de conversión entre las palabras dialéctica y metamorfosis, La crisálida de González es una cuña incrustada en las fisuras del pensamiento, una invocación a los dioses y demonios de esa argucia que más de una vez –metamorfosis mediante– ha logrado convertir lo concreto en abstracto, lo subjetivo en objeto de manipulaciones.
    De Ovidio a Heidegger y Lévi Strauss, de Kafka hasta nuestros Del Barco y Rozitchner, La Crisálida es un columpio con que el “horacismo” se hamaca luminoso entre las imbricadas formas del pensar palpando los nervios del tiempo como quien hace manualidades, como el orfebre que convierte dudas y silencios –saberes plebeyos– en vasijas de barro pertinaz.

    En un pasaje memorable del Infierno de la Divina comedia, Dante describe con sublime maestría la metamorfosis de dos hombres que se convierten en serpientes y de otros dos que dejan su cuerpo de reptil para pasar a ser hombres. Así Horacio González pasa de la exuberancia a la profundidad y de la profundidad a la exuberancia con la misma destreza, sin límites; son pases de galantería, verónicas hechas en un territorio que domina y provoca hasta conseguir extraerle lo que ocultaba bajo el camuflaje de lecturas instituidas.
    La palabra de González se abre cancha entre el follaje enciclopédico para interpelar al pensamiento y sus accidentes topográficos, sus onomásticas cifradas, y de ese modo desautorizar remanidas versiones oficiales y mostrar el límite en que una cosa deja de ser lo que es para convertirse en otra (¿qué cosas se pierden en ese pasaje, cuánto de nosotros queda en el camino?), y lo hace como quien muestra el huevo de la serpiente, entregado al ojo humano por sus transparencias irredimibles. Así La crisálida desnuda y escarba la relación de los hombres con la historia y la naturaleza, confiado en que los hechos, “que nunca aparecen despojados de un pathos entregador”, develarán lo que de nosotros había bajo los ropajes de la dialéctica que a la vez muestra y oculta en la causalidad de los procesos del devenir histórico.
    “¿Hay alguna vez una forma que sea justa?”. La metamorfosis y la dialéctica son recuperadas por Horacio como retóricas fundantes del pensar. La metamorfosis como un saber-juego en que las formas se vuelven provisorias y mutables, “hablando en las pausas de la dialéctica, cuando esta disminuye el tono de su voz”. La dialéctica, por su parte, como la sucesión de un proceso perpetuo que enfrenta su propio duelo, el de superar su proceder trágico; y es en ese desafío que de la mano de Horacio uno llega a ver –y discutir– la sombra del viejo Hegel, sobrevolando y construyendo las formas modernas de la dialéctica. Esa es la doble materia prima con la que se elabora la tesis del pensar que domina los seis textos del libro, desde el prólogo al epílogo.
    Difícilmente, el saber triunfante, logre tan merecido ajusticiamiento como el que le propina La Crisálida por medio de la profusión descontrolada y la poesía infinita con que fue escrito, para vengar y revivir una sabiduría escamoteada, nuestra.
    Podría decirse que en este libro, Horacio González confirma con tono personal lo que ya había rubricado en Restos Pampeanos, Arlt, y La ética picaresca: ser uno de los pensadores más singulares, profundos y argentinos de esta Argentina reticente a este tipo de confirmaciones tantas veces conjuradas por la dialéctica profana del acontecer político e indecorosas mezquindades. En el polo opuesto a esa argentinidad acomodaticia, González, desafiante, abre la palabra a un riesgo que asume con su cuerpo, con su vida. Esa es, por suerte no tan incipientemente, ya una escuela; lo que Christian Ferrer con afecto infinito y noble pleitesía llamó el “horacismo”.

    • AS permalink*
      19/01/2010 16:59

      Gracias Fer, tiene muy buena pinta, y espero no tener que esperar hasta julio para leerlo. Abrazo.
      Alejandro

Trackbacks

  1. La niebla como metáfora «
  2. Perfil docente y “segunda formación inicial” |

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: